Literatura

Luisa Reyes Retana, Arde Josefina, Literatura Random House, México, 2017, 152 pp.


Celina Garza

La salud mental, la psiquiatría y el tabú social en torno a ellos es un tema que ha suscitado un gran interés en la actualidad. En un mundo en el que cada vez se diagnostican más niveles y variedades de depresión, autismo y otros trastornos, ha habido una proliferación de información y esfuerzos por entenderlos mejor. La enfermedad mental es el punto de partida de Arde Josefina de Luisa Reyes Retana, que recibió el tercer Premio Mauricio Achar / Literatura Random House en el 2017. Es la primera novela de la joven mexicana, abogada de formación.

La historia gira sobre la relación entre un par de hermanos, Juan y Josefina, nacidos en Inglaterra, pero criados en México. Sus padres, Jonathan y Holly, son empleados de una empresa británica que está a cargo de la construcción de la carretera México-Pachuca. La caracterización de los personajes y la ambientación de la novela pone de relieve la infancia opresiva que viven los niños, algo que la autora asocia con la procedencia inglesa de los padres. La familia habita una casa en Lindavista que refleja su dinámica familiar; una casa fría, sombría y silenciosa, en donde los niños tienen que andar a tientas y las pertenencias de los padres están protegidas por estantes, de manera que Josefina se siente como intrusa dentro de su propio hogar

Jonathan y Holly pasan la mayoría del tiempo en Pachuca, dejando a Juan y Josefina a cargo de Ramona, su nana, quien es la primera en notar la enfermedad de Juan. El niño es violento y su humor volátil; pronto lo diagnostican con esquizofrenia. El estado mental de Juan trastoca una relación familiar que desde un inicio era forzada, afectando principalmente a Josefina, quien se siente responsable por él. La narración alterna dos tiempos: los capítulos pares describen la vida temprana de la familia en la Ciudad de México, mientras en los nones vemos a una Josefina adulta que visita a Juan en un sanatorio con las mismas características opresivas de la casa de su niñez. De nuevo, vemos lo británico (los edificios del sanatorio se llaman Mckenna, Canterbury, Royal Crown y Town Hall) asociado a la rigidez y frialdad. Con los tiempos intercalados aprendemos sobre los tormentos del pasado de Josefina y cómo influyen en su presente.

El deseo y la sexualidad se imponen incómodamente en la adolescencia de Josefina, quien nunca logra separarse emocionalmente de su hermano. El momento definitivo de su vida es un primer encuentro sexual envenenado por la presencia inescapable de Juan; un incesto sugerido, aunque no consumado, permea el resto de la novela y altera la relación entre Juan y Josefina irrevocablemente. La situación de la familia empeora: los padres terminan de abandonar a sus hijos y Josefina se ve obligada a abandonar a Juan en el sanatorio. La muerte, el suicidio, la culpa y la desesperación siguen a Josefina durante el resto de su vida.

La locura y la salud mental se encuentran entre los grandes temas de la literatura: podemos pensar en los locos más conocidos de la literatura mundial, como Don Quijote o Hamlet, quienes presentan la ambigüedad que Reyes Retana parece intentar, sin éxito, en el personaje de Josefina. Otro referente más reciente y de la literatura mexicana es Matilda Burgos, protagonista de Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza, quien, por cierto, formó parte del jurado que le otorgó el premio a Arde Josefina. Sin embargo, en contraste con estos ejemplos, la locura en esta novela se trata de manera superficial, y Reyes Retana no logra la complejidad que exige el tema. La enfermedad de Juan y su desarrollo en la adultez es predecible; la novela termina por caer en el lugar común de los traumas de la infancia sin ninguna perspectiva llamativa o que nos lleve a alguna reflexión más interesante. Los incendios a los que alude el título, tanto psicológicos como literales, son gratuitos y agregan poco a la novela. De la misma manera, el lenguaje es simple, sin mayor esfuerzo formal, y la lectura fácil y rápida, pero por su falta de complejidad.

Una oportunidad perdida por la autora es el desarrollo que le pudo haber dado a Holly y Jonathan. Hacia el final de la novela, aprendemos un poco sobre el pasado miserable de los dos protagonistas ingleses, algo que pretende iluminar la relación que mantienen con sus hijos como una especie de continuación cíclica o repetición de la historia: la madre de Holly también la abandonó, aunque de una manera distinta, y la enfermedad mental parece prevalecer en la familia. Así, la autora explora el concepto de la herencia y la salud mental, cuestionando si este tipo de situaciones son predeterminadas por la genética o causadas por circunstancias desfavorables.

La disyunción entre padres e hijos, de haberse desarrollado más sutilmente, pudo haber dado más peso a la novela. Encontramos indicios de que Jonathan no es tan apático como parece, y la relación de la familia se describe de la siguiente manera: “Al final, prevalece la distancia. Es la única forma de relacionarnos con la que estamos comprometidos. Nos desquiciamos recíprocamente y la sensación flota en el aire. Nos vemos en la necesidad de establecer separaciones artificiales. Caras largas, audífonos, libros abiertos y puertas cerradas se instalan en el tiempo y el espacio que antes nos separaban” (p. 58). Esto, sin embargo, no se desarrolla lo suficiente, y la caracterización de los padres –como el resto de los personajes– resulta plana. Los otros personajes de la historia, Terry, el compañero de escuela que protagonizó el primer encuentro sexual de Josefina, y Anne, su psicóloga, tienen poca profundidad y, en el caso de Anne, más bien entorpecen la trama. Tal vez Josefina, el personaje, arde, pero la novela, no; se lee sin dificultades, pero es una llamarada poco memorable.

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