Literatura

Ángel Vargas, Antibiótica, Fondo Editorial Tierra Adentro, Ciudad de México, 2019, 86 pp.


Pablo Rodríguez

Es la búsqueda de todos los días, es el cuerpo quien nos obliga a ir detrás de otros cuerpos hasta saciar nuestro deseo: es Afrodita Pandémica guiándonos hacia las tempestades de la carne, cueste el cuerpo que cueste. Pero también es Afrodita Celeste: esa condición de espíritu que nos ciega después de tanto amor fallido y, al mismo tiempo, nos inaugura una ciudad de mármol y esculturas donde inmortalizarnos con el amor. En medio de Pandémica y de Celeste, siempre al filo de las sensaciones y experiencias que bien nos pueden desgastar o complacer, surge Antibiótica, libro de Ángel Vargas que refresca la atracción que se vive entre cuerpos y su construcción y desuso. Dividido en tres apartados −“Pandémica”, “Celeste” y “Antibiótica”− este libro es una cartografía de las heridas juveniles que rodean a la devoción por el placer, las obsesiones y el desarraigo que nos liberan u obstruyen de nuestros amantes.

Este libro inaugura, desde su primer apartado, un cuerpo homosexual visibilizado, desalojado de sí mismo, que se desgasta en un continuo entregarse, pero que sobrevive, sin importar las huellas que alguien más dejó en él. Poemas como “También eso era”, “Pulsión” o “GPS” recrean la incomodidad y desgaste de un cuerpo que, si bien no pudo congeniar con el ajeno, tuvo la valentía de ofrecerse, aunque se derrumbara, sin que nada lo sostuviera. Los amantes, o lo que queda de ellos, nos vislumbra Vargas, son sepultados por el silencio de su alcoba; los amantes guardan silencio porque el cuerpo es pasión y arrojo pandémico, pero también es culpa, arrepentimiento y soledad: “Dos cuerpos que reposan / en plena oscuridad / y sin tocarse / deben tener más cosas que decirse”. Estamos frente a una poética concentrada en revivir las angustias que evoca nuestra carne.

O qué decir de “Navidad en Roma”, bitácora de un rompimiento donde el cuerpo se encapsula y, para llegar a él, “hay que pasar a tientas / por los muros que otros / dejaron tras de sí”. La búsqueda de perdurar en los amantes se trata de respuestas que llegan a destiempo, cuando ya hemos dolido y derrumbado más de lo necesario. Visitar Roma, ondear el lenguaje por sus ramas, llorar juntos a estatuas distintas, descubrir el deseo de cuerpos extranjeros en un mausoleo del placer es aceptar que la pasión también destruye. Pero el cuerpo, como una ciudad, se reconstruye y necesita habitarse después de cada batalla: en la poesía de Ángel el deseo por el otro se convierte en una realidad que tarde o temprano vuelve a salir. Soportamos que la gente se vaya o que regrese porque eso, al final, simboliza un acto de amor.

Este libro también advierte una madurez. Si bien en Límulo (FETA, 2016), Vargas escribió una poesía de experimentación sonora y de revelación poética mediante la transfiguración de la realidad, en Antibiótica hay un gran trabajo por invocar la voz homoerótica del poeta español Jaime Gil de Biedma en la actualidad de un sujeto homosexual. En así que leemos una poesía que, valiéndose de su carácter intimista, nombra lo contemporáneo: hay un cuerpo masculino que se enorgullece de todos sus matices, de sus altibajos, de los cuatrocientos cuerpos que visitó noche tras noche. De igual modo, hay indagaciones rítmicas y semánticas que amplían cadencias musicales como la presente en “A Young Homeless Man”: “da envidia / la belleza / que no puede mirarse / en un espejo / para guardar / su antes”, o bien juegos verbales que nos recuerdan a las voces y a los árboles que maduran, arden y queman en la poesía de Xavier Villaurrutia.

Por otra parte, hay una voz que replica al oficio, como en el apartado “Celeste”. Desde una visión desenfadada de los procesos de escritura surge “Diferencias estéticas”, poema que somete la pasión con la que Ricardo Castillo babeaba por el trasero femenino. O bien un “Trastorno Obsesivo Compulsivo”, donde el poeta da evidencia de su fervor por una poesía que madure por sí sola. Con el mismo ímpetu de quien apetece un cuerpo con la belleza de todas sus imperfecciones no aceptadas por los cánones de la belleza, Vargas busca “dejar que el agua sea / con el tiempo / lo que vaya limpiando” al poema de todo elemento que le sobre, y que no sea la mano aséptica de su creador quien le dote de vida, porque los poemas también merecen morir.

En “Terapia intensiva”, el autor cuestiona por qué en lugar de llevar a nuestros textos a un sinfín de especialistas en supuestos consultorios poéticos −también llamados talleres−, les preguntamos a nuestros poemas si quieren morir solos o acompañados. Lejos de toda genérica medicina reaviva-creatividad, Antibiótica habla de la apropiación, la fragilidad y el desecho del lenguaje, permitiéndose compararlo con la salud de nuestras relaciones: cuando se acaba la atracción, cuando se nos muere el deseo, ¿qué nos acerca más al amor?, ¿soltar lo que ya está muerto o formar un museo con nuestros fracasos e ilusiones?

En “Antibiótica”, apartado que cierra el libro, Vargas vislumbra nuestra intimidad como un arma que consuela, embellece, cicatriza o enferma al cuerpo y a su memoria. Aquí encontramos ángeles eróticos que se instalan en nuestra carne, amantes que pueden ser el amor que uno necesita, pero que no respondieron a las pistas que les dejamos, o bien un placer sexual que, aunque lo neguemos, puede instalarse entre nosotros. El cuerpo, nos dice Vargas, busca un cielo donde reventarse. El cuerpo necesita de un amor e irracionalidad que le produzca “otro estallido / para volver / a abrirse”. El cuerpo: incertidumbre que no mide las consecuencias en su devenir carnal.

Antibiótica, libro que le valió a Vargas el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino en su emisión del 2019, nos provoca una lectura en voz alta, pero también un susurro. Antibiótica: mapa de nuestras fisuras y reconstrucciones. Antibiótica: espejo donde uno puede ver, pero también romperse.

 

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