Literatura

Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, Seix-Barral, Barcelona, 2012.


Pablo Sol Mora

Para empezar, una confesión: tardé en convertirme al vilamatismo. Hoy, como suele ocurrir con los conversos, soy un apasionado defensor de la causa, pero no siempre fue así. Los primeros libros suyos que leí (entre ellos, la celebrada Historia abreviada de la literatura portátil) me dejaron algo frío y no lo frecuenté más hasta que El mal de Montano se me atravesó en el camino y me tumbó del caballo. En mi defensa quiero pensar que mi indiferencia inicial no se debió solo a mi ceguera; la obra de Vila-Matas experimentó en ese periodo un vertiginoso proceso de profundización y desarrollo. Hoy, no me cuesta ningún trabajo afirmar –con toda la imperiosa y subjetiva certeza que asumo como propia de la crítica– que es él, en mi opinión, el mejor novelista en lengua española de la actualidad, el que mejor ha comprendido la evolución del género (como Philip Roth y J. M. Coetzee lo han hecho en otros lares) y el que le ha abierto nuevos caminos (habrá, sin duda, otros narradores dotados, quizá más dotados que él, pero que se empeñan, una y otra vez, en la misma anquilosada forma novelística, verbigracia, los despojos de la novela realista, y que en el mismo momento en que escribo estas palabras están haciendo salir marquesas a las cinco).

            Artista de la ligereza y la lentitud, dandy literario y metafísico, Vila-Matas se tomó su tiempo en convertirse en Vila-Matas (y es que no es fácil, como sabemos desde Píndaro, llegar a ser el que se es). Dejada aparte la prehistoria (de En un lugar solitario hasta Impostura), digamos en términos algo bastos que hay una primera etapa de su obra que iría de la Historia abreviada de la literatura portátil (1985) hasta antes de Bartleby y compañía (2000). Las tres novelas anteriores a esta última (Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical) son representativas de ese Vila-Matas que todavía no acaba de ser Vila-Matas (cosa que no ocurrió hasta que no se decidió, resueltamente, a ser los otros y, por lo tanto, genuinamente él mismo): novelas divertidas, de tramas desaforadas, plagadas ya de referencias a otros autores y obras, pero que aún no acaban de hacer de la literatura el núcleo mismo de la obra. Esto sucede, precisamente, a partir de Bartleby y compañía y a lo largo de El mal de Montano, París no se acaba nunca, Doctor Pasavento y Dublinesca. Es éste, qué duda cabe, el mejor Vila-Matas.

            El fenómeno –literario, editorial, comercial, académico– al que su obra ha dado lugar en los últimos años no deja de ser paradójico. He aquí un autor esencialmente minoritario –pues Vila-Matas, como diría Borges, está podrido de literatura y solo los que están tan podridos como él pueden comprenderlo cabalmente, y éstos nunca han sido mayoritarios– que hoy está traducido a más de treinta lenguas, que vende miles de ejemplares y que es una verdadera celebridad en el mundo real y virtual (baste echar un ojo a su sitio, enriquevilamatas.com). Hay, sin duda, una moda Vila-Matas, que, a veces, más estorba que facilita la apreciación de su obra. En primer lugar, está lo que denominaría la manía posmoderna, esto es, etiquetar la totalidad de su obra con ese adjetivo fantasmal y admirarla o rechazarla por esto. Suele oponerse lo posmoderno a lo clásico; pues bien, este novelista posmoderno es, en realidad, clásico, o sea, un heredero directo de Rabelais, Cervantes y Sterne. Quienes, alabándolo o criticándolo, solo ven en su obra una ocurrencia posmoderna, pasan por alto la tradición en la que se inscribe, que no es otra que la tradición cervantina. Otro aspecto poco favorecedor de la popularidad del autor (y de la que él mismo no es del todo inocente) es una suerte de vilamatismo light que le ha acarreado una legión de devotos e imitadores. Abundan los aspirantes a shandys y oblomovs que no se toman la molestia, por ejemplo, de leer a Sterne y a Gonchárov, o los que creen que basta jugar un poco con la identidad en sus ficciones, mencionar dos o tres autores y desperdigar unas cuantas citas para alcanzar la profundidad literaria de Vila-Matas (él ha intentado ahorrarles el trabajo con una lapidaria boutade: “nadie escribe como yo”). Y digo que el autor no es del todo inocente porque hay en él, a veces, una tendencia a regodearse en sus aspectos más superficiales y sus recursos más fáciles; a parodiarse, involuntariamente, a sí mismo. Hay momentos (por ejemplo, en este Aire de Dylan) en el que uno tiene la impresión de no estar leyendo a Vila-Matas, sino a un imitador no muy afortunado de Vila-Matas.

            Aire de Dylan no es una obra maestra ni de sus mejores novelas (como sí lo son Bartleby y compañía, El mal de Montano o Chet Baker piensa en su arte). Es inconfundiblemente vilamatiana: humorística, ligera (nunca light), archiliteraria. En ella, el joven Vilnius, que guarda un asombroso parecido a Bob Dylan, intenta descubrir a los asesinos de su padre, el escritor Juan Lancastre, cuyo fantasma, hamletianamente, pide venganza. Vilnius y su novia Débora recurren un escritor, el narrador de la historia, para que reconstruya las memorias de Lancastre, pero, en realidad, preferirían no hacer nada, pues están convencidos de la inutilidad de toda acción y por eso fundan la sociedad Aire de Dylan, una asociación de lo infraleve: “lo que les permitiría imaginarse a sí mismos como una gota de cristal que contendría la esencia de su época, el aire de su tiempo, del nuestro, de un tiempo ligado en arte al mundo de Bob Dylan, creador escurridizo y hombre de tantos personajes y personalidades”. Mientras leía esta novela pensaba en la Historia abreviada, pues tienen, en efecto, una misma atmósfera, y después  he visto confirmada mi impresión en el texto de una conferencia de Vila-Matas titulada “La levedad, ida y vuelta”, donde él mismo observa esa conexión. Aire de Dylan es entonces, en sentido estricto, un retroceso en la obra vilamatiana, una vuelta a atrás. Naturalmente, nadie se baña dos veces en el mismo río y todo regreso tiene algo de ilusorio, eso Vila-Matas lo sabe bien. Sería fácil criticar esta regresión, pero implicaría una lectura algo errada pues Aire de Dylan se quiere, deliberadamente, una novela leve, infraleve: un divertimento, en el sentido más noble esa palabra. El problema no es ese: el problema es que este divertimento parece a ratos construido con prisa y hasta con cierta incuria. Los giros de la trama (disparatados y audaces, como todo lector de Vila-Matas sabe) no engarzan adecuadamente esta vez y la novela queda algo deshilachada. El lector tiene una impresión semejante a la del narrador cuando, tras una serie de acontecimientos inesperados, se interroga sobre los trastornos del autor que escribe el guión de su vida. Por otro lado, me pregunto hasta qué punto un escritor de la talla de Vila-Matas puede pretender volver atrás, en la forma que sea. A un lector tan agudo de Kafka no hay que recordarle el aforismo: “a partir de cierto punto ya no hay retorno: ese es el punto que hay que alcanzar”. Ese punto lo alcanzó Vila-Matas hace tiempo: no hay vuelta atrás. Hago votos porque en el futuro próximo se adentre en el lugar donde dejó las cosas en el magistral Chet Baker piensa en su arte.

            Concluyo con una observación general: el arte novelístico de Vila-Matas es un arte típico de un periodo crepuscular, epigonal y epilogal, como el que hoy vive la novela (por lo menos, la de aquellos autores con una mínima conciencia histórica y artística; la de los demás, la inmensa mayoría, es irrelevante). Él es –lo ha dicho muchas veces y de diversas maneras– el que llegó después. Pero habrá, sin duda, quienes lo sucedan y todo epílogo es, en realidad, el prólogo a otra cosa. En la historia de la novela en lengua española, su incontestable mérito será haber hecho, de un final, un principio.

  • Publio Octavio Romero says:

    Le mando a Pablo Sol Mora un emocionado(sí, ese es el adjetivo) abrazo y con él mi reconocimiento al crítico que se merece Vila-Matas.

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