Literatura

David Grossman, A Horse Walks into a Bar, Alfred A. Knopf, New York, 2017, 194 pp.


Adriana Lozano

Cuando encuentras en el catálogo de Netflix un stand up nuevo, lo más probable es que sea pasablemente bueno. Cuando menos el comediante no quedó en ridículo y el especial se pudo vender a una empresa. Sabes que hay todo un equipo detrás, que no va a haber fallas de audio ni de iluminación, que la audiencia reaccionó bien a los chistes o por lo menos no estorbó demasiado, que fue grabado en una gran ciudad, que se eligió al performer por una razón, etcétera. Es un producto terminado, editado y autorizado. Ver una rutina en vivo, de una producción local, es una experiencia completamente distinta; existe el (gran) riesgo de toparte con un mal comediante y un público, digamos, no muy receptivo. Pocas situaciones puedo imaginarme más incómodas que esta. Independientemente de los detalles, siempre termina por notarse en las expresiones de todos, incluidas las del comediante, que las cosas van mal, pero la persona en el escenario no puede terminar su rutina antes de tiempo y la audiencia tiene que elegir si se queda o no hasta el final. Muchos, en mi experiencia, se van.

     Esta es la decisión que el lector debe tomar con A Horse Walks into a Bar, de David Grossman. Desde la perspectiva de un miembro de la audiencia, el autor presenta de principio a fin la rutina de noventa minutos de Dov Greenstein, una mezcla (desfavorable) de Don Rickles, Woody Allen, el hombre del subsuelo de Dostoievsky y Groucho Marx. Hay chistes, y algunos son buenos, pero la prioridad de Dov G en su monólogo es exhibirse, mostrar la imagen de sí mismo menos favorecedora y más real que pueda transmitir. Intenta hacer reír, porque es su trabajo y las personas que están en el bar escuchándolo pagaron por eso, pero poco a poco parece ir perdiendo la cordura y el control de la situación; entrelazar su confesionario con su repertorio cómico se vuelve más difícil y forzado conforme avanza la noche, sobre todo después de golpearse hasta sacarse sangre, romper sus lentes, pasar casi de las lágrimas a las risas, etcétera. El público, el que está frente a él en Netanya (pequeña ciudad de Israel en donde se lleva a cabo el stand up) y el que está conformado por los que lo leen, debe preguntarse: ¿qué tanto estamos dispuestos a ver, escuchar, leer?, ¿lo hacemos por morbo, empatía, entretenimiento?

     Las personas de Netanya debieron sospechar desde un principio que no estaban en un show regular, que algo había pasado con el comediante ese día que lo hizo cruzar una línea que, por lo general, no traspasamos en público y en frente de desconocidos. “His hand circles in front of his face as if seeking out the spot that will hurt the most. People watch the hand, fascinated, as the fingers spread apart and ripple back together. This makes no sense, I think. This doesn’t happen, people don’t just hit themselves like that” (p. 30). Algunas razones empiezan a surgir en los primeros minutos: es su cumpleaños número cincuenta y siete, necesita dinero para pagar la pensión alimenticia a tres ex esposas, mantiene una mala relación con sus cinco hijos y tiene cáncer de próstata. Aun con esta información, las cartas no están sobre la mesa y la audiencia no ha decidido, hasta ese momento, si el stand up de Dov G los satisface o no. “The crowd laughs. A big held-in breath that bursts out in laughter. They laugh in part, I think, to save the man onstage from his own hands. What sort of peculiar contract is emerging here, and what is my role in it?” (p. 34). Existe, todavía, el beneficio de la duda en el público y, debajo de este, hay un poco de morbo.

     Quizá la actuación de Dov hubiera seguido su curso normal —burlarse de sí mismo, de las complejidades sociales y políticas del Israel actual, de los puntos de control del ejército, de las profesiones de sus conciudadanos, del botox, del Holocausto, etcétera— de no haber sido por la presencia dos personas conocidas entre el público: una mujer que interrumpe su serie chistes simplones y groseros para reclamarle (aunque de manera amable) que no se está comportando como el niño gentil y sensible que era cuando fueron vecinos; imagen que contrasta con la del hombre cínico, cruel y a veces grotesco que estaba en el escenario. Es ella quien cuenta, frente a todos, que Dov acostumbraba andar en sus manos por las calles de Jerusalén y las ocasiones en las que la consoló de pequeña inventando historias que los incluían a ambos. Por más que Dov intenta distraer al público después de la “aportación” de la mujer, el daño ya está hecho. “The hurricane of incitement doesn’t seem to have helped him overcome what that tiny little woman did to him. I can sense it. The crowd can sense it” (p. 59). El personaje que construyó para el escenario, y quizá para su vida cotidiana, está empezando a flaquear.

     La segunda persona es el narrador, un amigo de la infancia que Dov G buscó para que lo “juzgara” durante noventa minutos y le contara, detalladamente, qué había visto en él. “’That thing’, he said softly, ‘that comes out of a person without his control? That thing that maybe only this one person in the world has?’ The radiance of personality, I thought. The inner glow. Or the inner darkness. The secret, the tremble of singularity” (p. 64). Se trata de Avishai Lazar, un juez retirado y viudo de la misma edad de G que fue, sin saberlo, testigo del día que más ha atormentado al comediante. Esto parece haber sido suficiente para que Dov decidiera salirse del “libreto” y compartir cómo fue que supo de la muerte de uno de sus padres y asistió a su primer funeral. Una anécdota que ni siquiera el narrador había escuchado antes, pero que sucedió cuando ambos tenían 14 años y estaban en un campamento paramilitar. El lector descubre entonces que ambos personajes cargan con lo que el autor describe en entrevistas como “the gravity of grief” y que lo que Dov G busca abordar en su confesión (que tiene tintes de elegía, de redención y de acto destructivo, dependiendo del momento) es cómo la tentación de dejarse caer ante este peso marcó su vida y lo convirtió en el hombre que es.

     Nosotros, entonces, también debimos sospechar que detrás del velo del stand up y la comedia, Grossman analizaría cómo reaccionan los seres humanos al duelo, las vidas paralelas que nacen con la muerte de un ser querido y la culpa. El autor es, a fin de cuentas, conocido por obras como To the End of the Land (2008), publicada poco después de que Grossman perdiera a su hijo Uri en batalla (tan solo dos días antes de que la Segunda Guerra del Líbano terminara) en 2006, y Falling out of time (2014). La primera, escrita cuando Uri estaba todavía vivo, trata sobre una mujer que decide viajar por todo Israel porque tiene la firme creencia de que si lo hace su hijo no podrá morir en la guerra ni la podrán encontrar para darle la noticia de su muerte. Dov G en su adolescencia también se enfrenta a un trayecto que lo llevará al funeral de uno de sus padres (no sabe de quién, porque nadie se tomó la molestia de decirle y solo lo subieron a una camioneta) y que, mientras dura, lo mantiene todo estático; será huérfano hasta que llegue a su destino, mientras no. Para ambos se trata de esperar, y postergar, que la realidad los alcance.

     Mientras que los espectadores ficticios pierden interés en la (fallida) rutina del comediante y se van del bar, la novela cobra fuerza y exige la atención, y empatía, del lector. Me recordó a una de las entrevistas de Grossman, en la que explica que después de un suceso como la muerte de un hijo tienes que tomar la decisión de seguir viviendo y responder ciertas preguntas: “How much do you need to forget in order to continue your everyday life… how much can you forget without killing, and how much can you remember without dying from it?”. Con estas palabras en mente, la confesión de G parece mucho más fuerte. ¿Qué significa entonces para Dov recordar y contar, por primera vez con tanto detalle e intensidad, el momento más traumático de su vida? Dice, cuando ya todos excepto el narrador han dejado el bar: “Show’s over, Caesarea!… That’s all I have to give you. There’s no more Dovaleh being given out today, and there won’t be tomorrow either. This concludes the ceremonials. Please be careful on your way out. Pay attention to the ushers and security personnel. I’m told there’s heavy traffic at the exits. Good night, everyone” (p. 193).

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