Literatura

Jenny Offill, Weather, Knopf, Nueva York, 2020, 207 pp.


Jan de la Rosa

Día 28 de aislamiento social. Probable fin de los tiempos. Lo público nunca había sido tan privado. A pesar del bombardeo de información, de opiniones de todas las vertientes haciéndose notar en el alud de voces, nuestra vida se reduce a 70 m2; esto si tenemos el privilegio de poder reducirla. Nunca las minucias de lo cotidiano habían sido tan mayúsculas. Nunca la disparidad social y económica tan visible.

Ya no nos mezclamos en las calles, así que afuera están los que se quedarían sin adentro. La rutina, esa que incluía traslados, sudoración y tráfico, ha volado por los aires y solo nos queda la espera. No nos han dicho cuánto tiempo más. El Covid19 llegó con tal ímpetu que la forzada solidaridad global solo hizo más obvias nuestras diferencias. Es lamentable que sea una pandemia la que nos permita alcanzar este grado de empatía y, a la vez, ser jueces y parte de un colapso sin precedentes. ¿De qué? Aún no lo sabemos.

Leer Weather de Jenny Offill (Massachusetts, 1968) en el marco de esta realidad es una experiencia singular. La obra de Offill, desde su laureado trabajo anterior Dept. of Speculation (2014), me persigue y seduce con su domesticidad y, al mismo tiempo, con su capacidad expansiva de ruptura. Es esta combinación la que hace de su prosa algo tan quebradizo, tan frágil; si la autora no fuera capaz de moverse entre esos dos puntos, Weather no podría existir ni lidiar con la crisis climática sin mencionarla. El tema central del libro es: ¿Cómo vivimos a pesar de saber que estamos en el fin del mundo? ¿Cómo continuamos con nuestras vidas, cuidamos a nuestras familias, nuestro trabajo, y creemos en el amor desde el obvio desplome del Antropoceno?

Lanzada apenas el 11 de febrero en Estados Unidos, escasas semanas antes de la pandemia que paraliza el mundo, Weather es una novela que el Covid19 resignificó. Descrita inicialmente como Cli-Fi, aborda este enigma como Ian McEwan en Solar y Barbara Kingsolver en Flight Behavior, quienes reducen la catástrofe a escala humana al hacer del cambio climático el telón de fondo de un drama personal, mientras que las novelas de ciencia ficción especulativa, como la trilogía MaddAddam de Margaret Atwood, The Windup Girl de Paolo Bacigalupi y America Pacifica de Anna North, lidian con mundos tan intrincadamente extraños y recargados que se regodean en la exageración.

Más cercana a la microficción de American Housewife de Helen Ellis y las historias cortas de Lydia Davis, Offill maneja el ingenio, la curiosidad y los saltos de párrafo para obtener el máximo impacto con la menor cantidad de caracteres. Weather se desarrolla después del 2016 y la histórica elección de Trump, en un Nueva York invadido por un “zumbido en el aire” como el que siguió al 11 de septiembre, y trata sobre cómo navegamos en esta sensación de fatalidad que podemos palpar mientras vivimos en espacios mínimos, desde donde experimentamos una catástrofe que nunca se define, con consecuencias desastrosas que nunca se describen pero que incluyen desde lo más mínimo y cotidiano hasta la inmensidad geológica de nuestro planeta implotando bajo nuestros pies.

Su protagonista y narradora en primera persona, Lizzie Benson, hila la historia en párrafos apretados, mínimos, en presente, y cada uno lleno de observaciones peculiares y humor negro. Es una bibliotecaria sin estudios específicos en la materia, que dejó una prometedora carrera y PhD, cuyo verdadero interés está en saberlo todo, y que se define a sí misma como una “terapeuta falsa”. Lizzie lidia en estas pocas páginas con su matrimonio y su hijo pequeño, así como con el resto de su familia, en especial su hermano Henry, quien, como adicto en recuperación, nunca está del todo bien.

Para tener algo de dinero adicional, Lizzie comienza a trabajar para Sylvia Liller, su mentora, cuyo podcast “Hell and High Water”, la vuelve una celebridad. Así, Lizzie contesta el correo electrónico que recibe Sylvia respecto al programa, donde se encuentra con preguntas que tienen dos principales sabores: izquierdistas preocupados por el cambio climático y derechistas consternados por el declive de la civilización occidental. Mientras pasa más y más tiempo trabajando para Sylvia, Lizzie acumula consejos de supervivencia: cómo encender fuego con una envoltura de chicle y una pila; cómo pescar solo con tu camisa y algo de saliva, cómo hacer una vela con una lata de atún (y comerte el atún después). Decide que construirá un refugio en una colina para protegerse de las inundaciones y defenderse de intrusos y que, además, lo rodeará con un foso.

La maestra de meditación de Lizzie, quien cree en la reencarnación, explica que en su espacio hay “cushions for the strong, chairs for the weak”, pero Lizzie nunca sabe dónde sentarse, ni puede unir su energía con la del universo porque le duelen las rodillas. Asiste intermitentemente tanto a la iglesia como a las clases de meditación, pero se siente igualmente aterrorizada ya que sabe que la muerte es inevitable, y no solo la suya, sino también la de todos los que ama.

La vida de Lizzie comienza a imitar esta tensión en el tejido social y psíquico cuando su hermano se convierte accidentalmente en padre, Sylvia huye al desierto (donde desaparece, mientras las preguntas siguen inundando su correo), ella comienza a tener un affaire y su marido se lleva a su hijo cuando se descubre incapaz de criarlo, ante la expectativa del mundo derrumbándose. Henry, su hermano, quien recae en las drogas y alcoholismo, fantasea con todas las formas en que podría lastimar accidentalmente a su hija recién nacida, cosas que escribe en un diario que lee a Lizzie para evitar llevar los escenarios a la praxis: la imagina quemada, asfixiada, estrangulada, desollada. El ejercicio funciona para disipar su ansiedad, pero ¿que no le ha hecho exactamente eso al futuro de su hija, de los hijos de todos?

Las situaciones limítrofes de Lizzie se vuelven cada día más representativas de todo lo que sucede a su alrededor. Estos personajes llenos de empatía, sinceridad y miedo están paralizados por el capitalismo tardío, el colapso de las instituciones y la innegable realidad de que siguen naciendo niños en estas condiciones. Tanto ella como todos los que la rodean no hacen más que preocuparse, principalmente por el cambio climático: cómo les afectará, qué deben hacer al respecto y qué tipo de preparativos a largo plazo deben llevar a cabo. Sin embargo, lo único que se logra es perder el sueño: “But still, everyone I know is trying to sleep less. Insomnia as a badge of honor. Proof that you are paying attention”.

No es a través de un resumen de la trama que la singular experiencia de leer a Offill se traduce de forma más efectiva. En solo 207 páginas hace gala de su estilo, ritmo y estructura híper económica, fragmentada y armada con narración, diálogo e información casi epigráfica organizada con deliberación milimétrica, misma que encierra estruendosos estallidos de realismo. De nuevo, siempre sin perder la belleza; siempre sosteniendo una ansiedad y una tensión que se niega a dejar de sonreír a pesar de las mil y un formas que los personajes, el lector y el mundo tienen para imaginar un final absoluto. La estructura fragmentaria de Offill evoca una intensidad emocional insoportable: algo en el centro de la historia que no puede ser narrado directamente ni tocado por una cronología lineal, porque hacerlo nos empujaría a un abismo sin remedio.

Todo esto se siente muy real y cercano en estos momentos. No hay ningún elemento reconfortante en el libro, solo hechos terroríficos sobre desastres abstractos, fascismo y múltiples conversaciones trascendentales que no llegan  a ninguna parte. Es, en pocas palabras, exactamente como nuestras interacciones sociales ahora mismo:
“‘How it was like a wartime romance. Minus the war. Minus the sex. She looks at me.’ / ‘So nothing happened?’ she says”.

Weather cuenta la simultaneidad de la vida cotidiana y la crisis global, y lo que significa para una mujer ser todas estas cosas al unísono: una esposa aburrida pero ahogada en ansiedad, enamorada de un extraño; una madre empacando la mochila de su hijo y guardando los juguetes babeados del perro; una hermana con un hermano adicto en recuperación; la tía de su hija pequeña; una ciudadana en un planeta condenado que podría ser un lugar muy diferente para el hijo cuya mochila está empacando, y el de la sobrina que no sabe si empacará una mochila dentro de décadas. Mientras, debemos lavarnos las manos: “ ‘Why did you wash your hands for so long?’ / ‘They were very dirty’ ”.

No me molesta que sea ella quien narra cómo termina el mundo y cómo vivimos el que quedará en su lugar. Pese al vértigo de moverse entre la claustrofobia del descontento interno post aislamiento social y el horizonte increíblemente vasto de la catástrofe global, Offill nos deja con una nota de esperanza: una invitación a seguir adelante para encontrar nuevos amores, más decepciones y, acaso, la felicidad antes de que todo se esfume.

 

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