Literatura

Laia Jufresa, Umami, Random House, México, 2015, 240 pp.


Frida Conn

Laia Jufresa (Distrito Federal, 1983) fue seleccionada en 2014 como uno de los veinte autores mexicanos menores de cuarenta años que conformarían la antología México20. Con Umami (2015), su primera incursión en la novela, demuestra que el reconocimiento no fue en vano. La obra en cuestión ofrece una propuesta arriesgada. Tiene indudables aciertos –la estructura narrativa, por ejemplo–, pero no escapa a cierta artificiosidad, propia de quien intenta proclamar su originalidad en tiempos de crisis.

     A modo de novela coral, Umami cuenta la vida de los habitantes de la privada Campanario en la Ciudad de México. El duelo y la pérdida son los hilos que unen las mundanas existencias de un antropólogo viudo especialista en alimentación prehispánica, una niña sabionda con pretensiones de agricultora, la hermana pequeña y sus dudas escatológicas, la amiga cuyo rasgo más destacable es su nombre y la vecina con problemas alimenticios y de irritante tendencia a inventar colores: “Agarra la toalla verde, es la que usa menos. Verduffy, piensa, y es su primer color bilingüe: el verde fluffy de la toalla que no usa”.

     En palabras de Jufresa, su trabajo es “menos una literatura de actos y más una literatura de personajes”. El esquinista (2014) recopila algunos de sus cuentos escritos entre 2004 y 2010; Umami, de hecho, fue inicialmente una serie de relatos cortos. Tanto en la antología como en la novela hay un estilo conciso; lejos de pretensiones, Jufresa apuesta por la concisión, y con ello consigue acentuar la carga emotiva que busca imprimir en sus historias. “El esquinista” –quizá el mejor logrado de la colección a la que da nombre–, es un cuento que explora el terreno de lo fantástico; en “La pierna era nuestro altar” se entremezclan lo ordinario y lo maravilloso; “Los engañamos, Fifí” podría catalogarse como onírico; “Eusebio Moneda” se refugia en la vida cotidiana.

     Umami gira alrededor de la muerte, la pérdida y la superación. El mérito de Jufresa recae en la narración misma, conceptos e ideas toman forma en tanto que, más que aportar algo nuevo, invitan a reflexionar sobre la ausencia en toda la gama de formas que puede adoptar: las implicaciones de ser la hija abandonada, la mujer sin hijos, la madre de una niña muerta, la hermana que sobrevive, el esposo enlutado. “Nadie te explica eso pero los muertos, algunos, se llevan con ellos costumbres, décadas, barrios enteros. Cosas que creías compartidas pero eran de ellos. Y está bien, digo yo. Cuentas claras, duelos largos”. Jufresa, además, hace evidente que su tarea no es develar secretos, sino reproducir un hecho inherente a la vida desde diferentes perspectivas. Los personajes de Umami se saben víctimas de su propia desgracia, no buscan respuestas, solo consuelo. Ana con la milpa, Marina con sus clases de inglés, Alfonso abocado a su tarea de recuperar a Noelia a fuerza de recordarla y escribirla: “La variedad finita de preguntas retóricas que genera el duelo (¿por qué?, ¿por qué a mí?, ¿por qué a Noelia?, ¿por qué no yo?) las elimino de un clic”.

     El logro más destacado de Jufresa en esta novela es la configuración estructural del relato: Umami es una  novela que cuenta una historia “en reversa”. El libro se divide en cuatro secciones, que a su vez se agrupan en diferentes años que van del 2000 al 2004, intercalados sin seguir un orden cronológico. Durante este periodo ocurren los acontecimientos que alimentan la trama: Chela abandona a su hija Pina, Luz muere ahogada, Noelia fallece de cáncer, Marina llega a la privada Campanario, Ana decide plantar una milpa en el patio trasero, Chela regresa después de tres años para volver a desaparecer. Pero el orden en el que se muestran los eventos no sigue una secuencia lineal, ni tampoco son narrados por el mismo personaje. En Umami, la composición caleidoscópica, con sus saltos temporales y el dinamismo de las voces narrativas, supone una renovación de los mismos viejos temas. Jufresa introduce elementos en apariencia superfluos que terminan siendo rasgos distintivos de cada habitante de la privada y ayudan a matizar con mayor claridad cuál de las caras de la pérdida representan; el libro es como un gran rompecabezas que debe armarse con base en indicios y frases sueltas. Por ejemplo, “las nenas” que se mencionan en el primer fragmento de Ana Walker resultan ser, cerca de las últimas páginas, un par de muñecas de apariencia perturbadoramente humana. Las nenas son el último recurso de Noelia y Alfonso, un matrimonio feliz que tardó demasiado en reconocer la ausencia de hijos como su única desgracia. La condición de deshijada de Noelia Vargas adquiere una dimensión más profunda; los sucedáneos de bebés son, tras su muerte,  la manifestación de la completa soledad a la que Alfonso se ve condenado, así como su arrepentimiento más íntimo. Que la novela esté “tejida al revés” contribuye a mantener el interés en una historia por lo demás cotidiana. Las piezas perdidas se van uniendo y cada acto se resignifica a la luz de los recuerdos recuperados: la pelea de Marina y Linda Walker, madre de Ana, la ocasionó el papel que jugó Marina en el segundo escape de la irresponsable Chela; los nervios de Linda se crispan con la canción Peces de la ciudad porque la pequeña Luz murió ahogada creyendo que podría convertirse en uno; el énfasis en el aspecto físico de Marina la define y es el eje de su narración.

     Ahora, como novela coral, Umami hace un buen trabajo en lo que al mimetismo de la voz narrativa se refiere. El caso de Luz Walker, la hermana muerta de Ana, es de particular interés porque se cuenta una parte de la historia desde su visión. Ya que en Umami los muertos no hablan, la estructura facilita el acceso al pasado desde la perspectiva de la niña de cinco años que ya murió cuando Ana abre el relato: “Como si no estuviéramos todavía empantanados en el río de mierda que dejó la muerte de Luz en la casa. Solo que ni siquiera a río llega, nuestra tristeza; es agua estancada. Desde que Luz se ahogó, hay algo siempre ahogándose en la casa”. Ana es, por cierto, quien mejor sobrelleva la pérdida; como la niña que es, sus recuerdos derivan de las cuestiones prácticas del impacto de la muerte de Luz en su vida. El duelo de la madre consiste en retirarse del mundo, el de los hermanos en regresar al lugar donde Luz falleció, el de Ana en plantar una milpa y recordar cuántos dulces jamoncillos, pepitorias y palanquetas comió gracias a los regalos de los parientes acongojados –la ironía de regresar a las raíces mexicanas cuando de muerte se trata– o el uso que daría al cuarto libre que dejó la hermana pequeña. Alfonso, en cambio, es la contraparte de Ana, pues se aferra al pasado; es quien retrata con mayor fidelidad el duelo, vive a merced de la añoranza, el arrepentimiento, la incertidumbre y el peso de su soledad. Para sobrellevar la pérdida, el antropólogo decide escribir sobre Noelia. Cuando Alfonso narra, la historia retrocede a décadas anteriores a los eventos presentes, el esposo viudo conversa en recuerdos con la esposa muerta y en el camino se ve obligado a reconocer verdades no formuladas durante la vida conyugal.  En este sentido, se podría decir que la composición anacrónica y hacia atrás de Umami asemeja una parte importante del proceso del duelo, pues quien sufre una pérdida se convierte en un individuo para quien pasado y presente se funden.

     Umami es, además, una novela lúdica. Desde la distribución geográfica de las casas de la privada Campanario, que corresponden al que se creía el mapa de los sabores de la lengua humana (cada casa lleva uno por nombre: Amargo, Dulce, Salado, Ácido y Umami) hasta el sarcasmo con el que los personajes se mofan de su propia situación: “¿Está usted seguro de querer borrar esto que es la puritita verdad sobre cómo se encuentra usted por dentro: medio podrido, medio caído, como la casa después del 85?”. Cinismo y humor son necesarios para aligerar la atmósfera que de otro lado sería deprimente. Lo lúdico se explora también a través de la experimentación lingüística. La misma Jufresa ha reconocido que su relación con el lenguaje es “muy rítmica, muy de soniditos”, y sus personajes lo reflejan. Es comprensible que para Luz, por ejemplo, insoportar sea un verbo; incluso que Noelia denomine a su condición de mujer sin descendencia o hija sin hijos, hijitud, después de todo, por más vasto que sea, un idioma no siempre alcanza para traducir una realidad dada. Pero lo que se vuelve poco menos que intolerable hacia la mitad del libro, es la afición de Marina por inventar nombres de colores. Si bien es la forma en la que expresa la insuficiencia de las palabras para transmitir su sentir, el recurso se vuelve abusivo: “Verdaje es el color del discurso ecológico: el verde chantaje […] Róxido es el rojo de lo oxidado. Hospitache es el verde pistache de los hospitales. Aceitiris es el color complicado de las manchas de aceite en el pavimento, ¿lo ubicas?” Eso sin olvidar el moradicomio  (el morado de las batas del hospital que no era manicomio pero se sentía como uno), el blansible (el “blanco de lo posible”), el blanfil (“la luz filtrada por el Tafil”) y la lista sigue. A veces el juego funciona: “Soy una mujer hermosa y productiva, soy una artista. Soy una foca fogosa y reductiva, soy una artista. Soy una arista. Soy una mosca arisca. Soy autista. Soy autómata”, dice Marina. La deformación de las frases en boca de este personaje permite asomarse a su interior, el de una joven anoréxica que trata de conectar con el mundo como puede.

     Los personajes de Jufresa “resisten como mejor pueden los embates de la vida cotidiana”. Umami explora la relación entre tragedia y esperanza, muerte y vida, pérdida y consuelo. Burlarse de la desgracia propia es una cura para la miseria personal, muerte y humor se complementan y dan lugar a una serie de contradicciones en una actitud, por cierto,  muy mexicana. Como el sabor umami, que puede ser salado un momento,  dulce al siguiente, la novela de Jufresa juega con la versatilidad e inestabilidad de las emociones que evocan una clase de tristeza y nostalgia que necesita de la risa para sentirse con plenitud. Ahora bien, pese a sus méritos, Umami se siente a ratos como una excusa para hacer gala de la pericia estilística de la autora. Consigue adentrar al lector en el terreno de las emociones, pero se queda a un nivel más bien superficial; los personajes, por más peculiares que sean, no dejan de ser esbozos. La historia de Umami, sostenida solo por los alfileres del estilo, termina resultando algo floja, como si fuera un cuadro con un hermoso marco, pero un lienzo casi vacío.

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