Cine

Francis Lee, Tierra de Dios, Reino Unido, 2017.


Isabel Sánchez

Francis Lee, en una entrevista on line, dice unas palabras reveladoras sobre su ópera prima Tierra de Dios. Al ser preguntado por sus influencias cinematográficas, reconoce que no es muy cinéfilo, y explica que sus referentes son las películas románticas americanas de los 80. Nombra en concreto tres: Oficial y caballero, Pretty Woman y Armas de mujer. Y añade que son películas en las que los personajes descubren lo que es el amor y las relaciones. Después expone que en lo formal, en el estilo de rodar, sus influencias son otras. Le interesan cómo cuentan y ruedan sus historias tanto los hermanos Dardenne como Jacques Audiard.

Y efectivamente Tierra de Dios es una película sobre un personaje que descubre lo que es enamorarse y lo que esto supone. Y el director británico lo hace desde el distanciamiento respetuoso de los Dardenne (Rosetta), pero con toda la importancia en lo físico y lo sensorial del cine de Audiard (De óxido y hueso). Además, añade mucha autenticidad y verdad, así como una conexión especial con la naturaleza y el paisaje. Hay personalidad y alma en esta obra cinematográfica, ya que el director conoce bien esa tierra de Dios donde rueda y ese ambiente rural duro y silencioso del condado de Yorkshire. Lee filma en el paisaje de su infancia, donde su padre cuidaba ovejas en la granja familiar.

Así cuenta una historia de amor con todos los ingredientes de un gran romance hollywoodiense, pero con un estilo totalmente genuino y especial. Porque otra cosa que tenía clara este director es que quería contar un romance haciendo más hincapié en lo visual, y rodeándolo de sonidos naturales, los que se escuchan en esa tierra de Dios: el viento, el mugido de las vacas, el balido de las ovejas, el chapoteo del agua… De hecho sus personajes apenas hablan, les cuesta compartir sus emociones. Es más importante un gesto que una palabra.

Tierra de Dios cuenta la historia de amor entre un joven granjero, Johnny Saxby (Josh O’Connor), con un trabajador rumano, Gheorghe Ionescu (Alec Secareanu), que ha contratado su padre para que le ayude durante una semana a asistir el parto de varias ovejas. Johnny se siente atrapado en la granja, de la cual tiene que encargarse desde que su padre sufrió un derrame cerebral. En la granja, aislada del mundo, viven el padre amargado (Ian Hart) por no poder trabajar y que no deja de exigirle; la abuela (Gemma Jones), una mujer que la vida ha hecho dura, pero que quiere a los suyos a su manera; y Johnny, que trata de canalizar su rabia y frustración entre el alcohol y los escarceos sexuales con desconocidos.

La llegada de Gheorghe Ionescu supone un antes y un después en la vida de Johnny. En un principio es absolutamente hostil al nuevo inquilino (al que no dejan entrar en la casa familiar, sino que duerme en una caravana), provocándole siempre que puede. Pero cuando están los dos trabajando en lo alto del páramo durante varios días con las ovejas, el combate se va transformando en amor y ternura. Después de un primer encuentro sexual brutal, luchando entre el frío y el barro, Gheorghe poco a poco va guiando a Johnny hacia el amor, la delicadeza y el cariño. Su transformación va siendo gradual, consciente no solo de las emociones que le despierta el visitante, sino exteriorizando algo más el cariño que siente hacia su padre y su abuela, y hacia la dura tierra que les rodea. Pero como en todo romance que se precie hay obstáculos: no solo el miedo al compromiso total, sino también el recrudecimiento de la enfermedad del padre que sufre otro derrame. Ese miedo al compromiso hace que Johnny no solo pierda otra vez el rumbo, sino que haga daño a Gheorghe, que además sufre también la hostilidad de unos habitantes de la aldea. Este abandona la granja, se marcha. Tiene claro, pues tiene experiencia, que no quiere sufrir más.

Y en ese momento, el joven protagonista se replantea su vida, con la complicidad silenciosa de su padre y su abuela, pues ambos han visto lo que ha sacado Gheorghe de él. Así que como en una buena película romántica que se precie, este sale en su busca para decirle que tiene claro que quiere estar con él…

Frances Lee no tiene miedo de mostrar los cuerpos de dos personas que se aman, ni sus expresiones de felicidad o éxtasis. Sobre todo es significativo en todos sus personajes el empleo de las manos. Las manos acercan a un padre y a un hijo en la cama de un hospital o en una bañera. Con las manos Johnny trabaja, examina el cuerpo de sus animales y también recorre el del ser que ama. Con las manos la abuela hace la comida caliente, limpia y plancha, y también expresa ternura hacia su hijo enfermo u ofrece una nota importante para el futuro de su nieto. Con las manos Gheorghe come, cocina, asiste los partos de las ovejas y revive a los corderos con problemas, hace quesos y, sobre todo, cuida a Johnny.

Lo que pone de manifiesto Tierra de Dios no son solo sus cualidades formales y la manera de rodar con sensibilidad, y centrándose en lo físico y sensorial, un enamoramiento, sino que deja en evidencia que en este siglo XXI el cine romántico más puro se encuentra en las historias LGTBI. Durante tanto tiempo se ha silenciado en el cine la riqueza de los géneros y las orientaciones sexuales que ahora se ha dado cuenta de que todavía quedaban muchas historias por contar. Si en el amor heterosexual se buscaba la transgresión y lo prohibido, tirar tabúes, traspasar límites y fronteras, así como analizar lo transformador y liberador del amor, ahora el camino se ha abierto mucho más y las posibilidades del romanticismo se han diversificado, enfrentándose el espectador a savia nueva y renovadora.

Si bien es cierto que desde los años sesenta ya se contaban buenas historias de amor protagonizadas por homosexuales, una vez iban cayendo las censuras y la apertura social era cada vez más evidente, hasta ahora no habían desplazado a las historias heterosexuales ni asumido totalmente el lenguaje del cine romántico y del melodrama. No olvidemos joyas como La calumnia (1961) de William Wyler, La escalera (1969) de Stanley Donen, Los chicos de la banda (1970) de William Friedkin, Muerte en Venecia (1971) de Luchino Visconti, Mi hermosa lavandería (1985) de Stephen Frears, Mi Idaho privado (1991) de Gus van Sant o Cuatro bodas y un funeral (1994) de Mike Newell. Pero el pistoletazo de salida a una historia de amor homosexual ofreciendo nuevos caminos al cine romántico fue sin duda Brokeback Mountain (2005) de Ang Lee, donde dos vaqueros se enamoran, pero han de ocultar su amor durante años en una sociedad homófoba. A partir de este momento, las historias más románticas y potentes en todas las cinematografías parten del colectivo LGTBI.

No es de extrañar que en estos últimos años el cine romántico que llega al público es entre personas del mismo sexo, y poco a poco también están surgiendo los argumentos con protagonistas transgénero (Una mujer fantástica de Sebastián Lelio). Se deja en evidencia que hay muchos otros caminos que todavía quedan por explorar e indagar con romanticismo. Así ahora lo romántico y lo subversivo, la caída de tabúes, la búsqueda de la libertad, o los primeros amores están presentes en recientes obras cinematográficas cuyos protagonistas son del mismo sexo. La bellísima Retrato de una mujer en llamas de Céline Sciamma, reseñada en estas mismas páginas, sobre dos mujeres en el siglo XVIII que durante unos días pueden vivir la libertad de su amor y después perpetuarlo con un lenguaje secreto que han creado a través de la pintura y la música. También dos mujeres de los años cincuenta inmersas en un buen melodrama, a lo Douglas Sirk, son las protagonistas de Carol de Todd Haynes. La alegría, el descubrimiento y el desengaño del primer amor son las claves de Call me by your name de Luca Guadagnino. Nos rompe el corazón la historia de amor en silencio que vive un joven afroamericano, que no ha tenido una vida fácil,  con un compañero de clase en Moonlight de Barry Jenkins. Nos sigue entusiasmando cómo nos cuenta este tipo de historias Pedro Almodóvar más romántico que nunca en Dolor y gloria, y esa historia de desamor que relatan Salvador Mallo (Antonio Banderas) y Federico Delgado (Leonardo Sbaraglia). Nos emocionamos con Solo nos queda bailar de Levan Akin y el amor entre dos bailarines jóvenes, espontáneos y lozanos, de danza georgiana, donde uno de sus maestros les dice rotundo: “La danza georgiana se apoya en lo masculino. Aquí no hay espacio para la debilidad”. Y así un largo etcétera…

Por otro lado, otra huella que deja Tierra de Dios de Frances Lee es la importancia de la naturaleza y el paisaje a la hora de contar una historia de estas características. Como la naturaleza hace surgir los instintos más primarios, despojados de caretas. El campo lo envuelve todo de vida, sensualidad y sonidos. La hierba que se mece, el sonido del viento y la textura del barro acompañan a la pasión y exteriorización de los sentimientos. El paisaje y sus colores expresan muchas veces el alma y el tsunami emocional de los personajes. Y aquí se rastrean varios pasos tanto en la literatura como en el cine. Por una parte, hay toda una generación de autores británicos donde la presencia de la naturaleza era imprescindible y vital para empaparse de las pasiones que contaban. Así ocurre cuando uno se hunde en las páginas de las hermanas Brontë, D. H. Lawrence o Thomas Hardy, como también se refleja en las películas que han adaptado sus novelas (y en los diferentes remakes) como Cumbres Borrascosas, Jane Eyre, El amante de Lady Chatterley, Mujeres enamoradas, Lejos del mundanal ruido… También hay tradición cinematográfica en el Reino Unido en buscar en la naturaleza un aliado para contar sus historias. Tal como se puede ver en algunas producciones de David Lean como La hija de Ryan, en las de Michael Powell y Emeric Pressburguer como Corazón salvaje o Sé adónde voy o en la delicada Kes de Ken Loach. Películas donde la vida rural está en el centro del relato y el paisaje es otro personaje más que complementa el alma de sus protagonistas. Pero esto también es visible en las grandes películas del Oeste americano, así muchas críticas en el momento de su estreno equiparaban Tierra de Dios con Brokeback Mountain, solo que en la película británica los protagonistas no salen de ningún armario, sino que lo que aprenden es a amarse y relacionarse.

Johnny y Gheorghe viven una historia de amor que como en Oficial y caballero o Pretty Woman tiene su secuencia final de encuentro exaltado donde dos personajes que tenían miedo a amarse se comprometen a vivir juntos para siempre. En este caso en una granja de Yorkshire…, en la tierra de Dios, como la llaman los lugareños.

 

 

 

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