Literatura

Han Kang, The Vegetarian, Portobello Books, London, 2016, 208 pp.


Adriana Lozano

Pocos usarían la palabra controversial para describir la decisión de Yeong-hye, protagonista de The Vegetarian de la autora surcoreana Han Kang. En los últimos años, dejar de comer carne, al menos en Occidente, parece responder más bien a una ola de concientización que a un acto de rebeldía o insubordinación. Menos aún asociarían una acción de este tipo, en apariencia inofensiva y de carácter pacifista, como el catalizador de una historia violenta y perturbadora. Sin embargo, dentro del contexto cultural e histórico de Corea del Sur, donde se lleva a cabo la novela, sí lo son. Los hombres de The Vegetarian perciben inmediatamente una clara amenaza en la primera y única convicción que la protagonista defiende de manera activa. Carol Adams, autora de The Sexual Politics of Meat, les diría que están en lo cierto. El vegetarianismo de Yeong-hye, similar al de personajes como Beth Phail y Marian MacAlpin, simboliza autonomía y rechazo al control masculino y a la violencia.

La transformación de Yeong-hye a lo largo de la novela ha hecho que muchos lectores comparen la novela con La metamorfosis y Un artista de hambre de Kafka, pero creo que Han Kang sigue más bien la tradición de Margaret Atwood, Mary Shelley y Marge Piercy. Estas autoras, como muchas otras feministas y teóricas del siglo pasado, relacionaron el acto de comer carne con la dominancia masculina, la violencia sexual y la guerra. Esta asociación entre masculinidad y consumo de carne animal no era arbitraria, está presente tanto en la mitología griega, cuando Zeus decide comerse a Metis después de haberla violado, como en libros de cocina victorianos y publicidad estadounidense actual. No me extraña, por lo tanto, la decisión de Kang de utilizar dos narradores masculinos en The Vegetarian, ya que son ellos los que resaltan las normas sociales que Yeong-hye rompe con su nueva alimentación y los que, indirectamente, la motivaron a tomar esta decisión.

La novela está dividida en tres partes: “The Vegetarian”, “Mongolian Mark” y “Flaming Trees”. La primera sección está narrada por Mr. Cheong, esposo de la protagonista, quien se sintió inicialmente atraído a ella debido su sumisión: “Before my wife turned vegetarian, I’d always thought of her as completely unremarkable in every way […] The passive personality of this woman in whom I could detect neither freshness nor charm, or anything specially refined, suited me down to the ground” (pp. 10-11). Todo eso cambia, no obstante, cuando se encuentra a su esposa frente al refrigerador dispuesta a deshacerse de casi toda la comida dentro; en contra de su voluntad, Yeong-hye deja de comer carne: “In any other case, it was nothing but sheer obstinacy for a wife to go against her husband’s wishes as mine had done” (p. 21). La protagonista deja de ser el objeto-esposa que Cheong deseaba en su casa, lo que lo lleva a actuar de manera violenta, tanto sexual como psicológicamente.

Cuando Cheong se da cuenta que no puede controlar a su esposa, decide explicarle esta situación a su suegro, un ex militar imponente y anciano. Este inmediatamente siente la necesidad de disculparse por la actitud de su hija. “It shocked me to hear this patriarchal man apologize – in the five years I’d known him, I’d never once heard such words pass his lips. Shame and empathy just didn’t suit him” (p. 36). Juntos organizan una intervención, disfrazada de reunión familiar, en la que el padre intenta forzar a Yeong-hye a comer carne. Al encontrar resistencia, el padre recurre a golpearla hasta que esta abra la boca para poder obligarla. “He’d hit her so hard that the blood showed through the skin of her cheek. Her breathing was ragged, and it seemed that her composure had finally been shattered” (p. 46). No es la primera vez que lo hace, otros personajes dejan entrever la relación conflictiva que mantenían padre e hija; sin embargo, en esta ocasión la protagonista se niega a seguir sus instrucciones e intenta suicidarse.

El padre es responsable del rechazo que Yeong-hye siente hacia la violencia y la proteína animal. La narración de Cheong se interrumpe cuando su esposa se corta las venas y se ve bañada en sangre; le sigue la voz de la protagonista que relata, en primera persona, la historia de la muerte del perro familiar. Como castigo por morder a su hija, el padre lo tortura amarrándolo a su motocicleta. “Constantly groaning through its damaged throat, the dog is dragged along the ground. At six laps, the dog vomits blackish-red blood, trickling from its mouth and open throat. As blood and froth mix together, I stand stiffly upright and stare at those two glittering eyes” (p. 49). Una vez muerto el perro, lo convierten en un platillo y Yeong-hye debe comerlo para curarse. “The saying goes that for a wound caused by a dog-bite to heal you have to eat that same dog, and I did scoop up a mouthful for myself” (p. 49). Años después, la protagonista se siente atormentada por el daño que le ha hecho a incontables animales al consumirlos.

La segunda parte, “Mongolian Mark”, está narrada por J., el cuñado de la protagonista. Yeong-hye ha perdido la razón, en su afán de alejarse por completo de la violencia. Para lograrlo, tiene que deshacerse de su condición humana, por lo que quiere convertirse en un árbol. Deja de comer, de dormir y de hablar. “Whether human, animal or plant, she could not be called a ‘person’, but then she wasn’t exactly some feral creature either – more like a mysterious being with qualities of both” (p. 95). A pesar de su estado catatónico, la protagonista despierta en su cuñado una obsesión erótica por conservar todavía una marca azul que muchos bebés tienen durante la infancia, pero que se desvanece durante los primeros años de vida. Su cuerpo se convierte entonces en el enfoque principal de la narración de J. Su cuñado inicia el proceso que describe Carol Adams de objetivación y fragmentación al que son sometidos tanto animales como mujeres para su ‘consumo’.

Finalmente, en “Flaming Trees” es la hermana quien describe el declive mental de la protagonista. Es la primera vez en la novela en la que el lector tiene una mejor perspectiva de quién era Yeong-hye antes de ser vegetariana. Construye la niñez, juventud y matrimonio de la protagonista y la contrapone a su propia historia. In-hye, descrita como “the kind of woman whose goodness is oppressive” (p. 72), está lejos de cortar los lazos de responsabilidad y compromiso que mantiene con su entorno y la sociedad, como está dispuesta Yeong-hye; pero es hasta que su hermana es hospitalizada, después de ser golpeada por su padre, abandonada por su esposo y utilizada por su cuñado, que se percata del impacto que estas constricciones tienen en su vida. “She’d been […] unable to forgive that magnificent irresponsability that had enabled Yeong-hye to shuck off social constraints and leave her behind, still a prisoner. And before Yeong-hye had broken those bars, she’d never even known they were there” (p. 148).

Durante las primeras páginas de The Vegetarian creí estar leyendo una novela más dentro del chic noir, género que ha ganado popularidad desde Gone Girl y How to Be A Good Wife. Aunque hace algunas de las mismas preguntas (¿qué tan bien conoces a la persona con la que vives?, ¿cuáles son los límites de tu relación?, ¿cómo reconoces dinámicas destructivas?, etcétera), la novela se enfoca más bien en el análisis de la existencia de la bondad y la inocencia  en un entorno violento y opresivo. Dejar de comer es, en el caso de la protagonista, reflejo de una profunda desesperación y decepción ante la naturaleza humana. Las relaciones que rompe Yeong-hye son colaterales; su verdadero interés está en encontrar un estado pacífico en el que no ejerza ni reciba ningún tipo de violencia. Renuncia, por lo tanto, a todos sus roles. Como explica Hang Kang, “the gesture of refusal also holds within itself an attempt to recover –narrowly, with great difficulty – dignity through a self-destructive action”.

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