Literatura

Julie Schumacher, The Shakespeare Requirement, Doubleday, Nueva York, 2018, 308 pp.


Casandra Garza

El estudio riguroso de las obras literarias es cada vez más una preocupación menor –tanto para estudiantes como profesores– en los departamentos de literatura estadounidenses (una tendencia que, tristemente, se ha ido extendiendo a otros países). En aras de la inclusión, la diversidad y un supuesto sentido de justicia social, el valor estético de una obra está siendo reemplazado como principio rector en los estudios de literatura por consideraciones que nada tienen que ver con la capacidad del ser humano para la creación artística: su género, sus preferencias sexuales, su etnia o su color de piel.

La mayoría de las figuras canónicas de la literatura inglesa (Chaucer, Shakespeare, Milton, Blake, etc.) son considerados varones blancos, y esta pequeña fatalidad ha forzado a muchos departamentos de literatura inglesa a retirarlos de sus cursos obligatorios para complacer tanto a quienes exigen su “descolonización” como a quienes encuentran poca relevancia en el estudio de autores fallecidos hace más de un siglo. Esta estrategia es a su vez de carácter económico: una maniobra desesperada de los departamentos para aumentar su humilde matrícula y evitar ser desplazados por las sobrepobladas carreras de ingeniería, ciencias y negocios.

Como resultado ocurre lo que Dennis Cassovan, personaje de The Shakespeare Requirement, piensa al enterarse que Shakespeare, el último autor en sobrevivir a la purga del plan de estudios de literatura inglesa, también será eliminado de los requisitos: “… the outcome was, for the students, an irresponsible freedom […] To allow an undergraduate English major to earn a diploma without studying Hamlet and Lear, and either Julius Caesar or Anthony and Cleopatra, was, on the part of the faculty, an abdication: Read whatever you like! We aren’t here to offer intellectual guidance! Our field is a come-what-may experience. Anything goes!”.

Julie Schumacher, profesora de literatura y escritura creativa en la Universidad de Minnesota, comenzó en 2014 su sátira sobre la penosa situación actual de los departamentos de literatura inglesa en las universidades estadounidenses con la publicación de la novela epistolar Dear Committee Members, que es, en su mayoría, una colección de cartas de recomendación que Jason T. Fitger, también profesor de literatura y escritura creativa, escribe para alumnos, colegas e incluso completos desconocidos. A través de la lectura de las cartas se va perfilando Fitger: un hombre de mediana edad, divorciado, detractor de la tecnología, estancado en su carrera como escritor y frustrado con su trabajo como profesor de planta en la ficticia Payne University (universidad mediocre que comparte el destino de muchas universidades en la actualidad: instituciones kafkianas lideradas por la burocracia y una visión empresarial). Hay que puntualizar que dicha frustración no se debe a su labor como docente, sino a las circunstancias en que ocurre: el departamento de literatura inglesa está arrinconado en el sótano de un edificio que se encuentra en plena remodelación de su segundo piso, lugar en que residirá el lujoso departamento de economía. Por si fuera poco, un sociólogo ha sido asignado como el nuevo director de literatura inglesa. Si bien Fitger recurrentemente se lamenta de su fallida carrera literaria, no se da cuenta de que su verdadera vocación reside en la composición de cartas de recomendación, pues cada una es una breve pero ingeniosa dosis de sarcasmo e ironía con la que se revela el destino de estudiantes de escritura creativa –la aplicación a puestos de trabajo irrisorios– y académicos –la espera eterna para obtener una planta que otorgue prestaciones básicas–.

En The Shakespeare Requirement se narran las vicisitudes personales y laborales a las que se enfrenta Fitger en su primer año como director del departamento de literatura inglesa en Payne, luego de la súbita deserción del sociólogo. De estas, la más urgente es conseguir la aprobación del Statement of Vision por parte de todo el profesorado, documento exigido por la universidad para financiar los departamentos (entre los cuales, los de humanidades son lo que más carecen de fondos). Schumacher dejó atrás el género epistolar y optó por una narración omnisciente que lamentablemente no alcanza a replicar el humor refinado y sarcástico de las cartas de Fitger en la novela predecesora. El humor aquí se limita a varias situaciones cómicas –unas mejor logradas que otras– y juegos de palabras que resultan exagerados y forzados hacia el final de la novela (como la confusión de letras del antagónico director de economía al nombrar a dos grandes donantes de su departamento).

La novela tiene sus mejores momentos cuando describe la gama de académicos que integran el departamento de literatura inglesa, sus áreas de especialización, sus excentricidades y los problemas diarios a los que se enfrentan como profesionistas infravalorados: la saturación de trabajo, la preocupación por proveer a sus familias con el mísero salario de profesor universitario, el miedo al despido, la lejana jubilación, etc. La autora se burla de todo ellos, pero también los compadece. El único profesor que está dedicado en cuerpo y alma a su labor (enseñar, leer, escribir) es Dennis Cassovan (también es el único que Shcmachuer no ridiculiza, más bien lo retrata con solemnidad), especialista en Shakespeare: “Cassovan had published only two monographs, but in both instances it was as if he had wrested from the earth the hunks of clay with which he was laboriously sculpting his own psyche: his two books were more completely Dennis Cassovan than were his hobbies (of which he had none) or his face or body, now so vitiated with age. Cassovan’s research was not flashy or groundbreaking but it was precise, as thorough and intricate as an ivory carving, and it was the result of decades of meticulous philological work.”

Cassovan siembra (o más bien, agrava) la desunión y el enfrentamiento entre los profesores del departamento al negarse rotundamente a eliminar a Shakespeare de los cursos obligatorios para la obtención del grado en literatura inglesa, demorando así la conclusión del Statement of Vision y, por lo tanto, la asignación de fondos. Schumacher no parece tomar partido sobre la permanencia o expulsión de los autores canónicos de los requisitos de graduación; por el contrario, tan solo se limita a plasmar un dilema ya bastante generalizado en las universidades, y que Cassovan y Fitger representan a la perfección: “ ‘We don’t have a budget, Dennis. You might not appreciate the fact that I’m fighting here for the department’s existence.’ ‘Perhaps you should also fight for its soul’ ”.

A pesar de que la caracterización de varios personajes raya en lo arquetípico y en lo caricaturesco, The Shakespeare Requirement cumple con representar acertadamente en lo que se ha convertido el estudio de la literatura en Estados Unidos y con lo que se pretende su supervivencia: una oferta de optativas compuesta mayormente de cursos sobre temáticas que están a la moda o en los que la teoría posmoderna, en su absurdo intento por exhibir instancias de control hegemónico en los textos canónicos, impera sobre las ideas del autor. Basta con revisar la oferta de cursos de cualquier universidad –Ivy League incluida– para concluir que Schumacher, a través de Dennis Cassovan, no siempre está exagerando con fines cómicos: “Upcoming classes included Aliens and Outlaws, Marxism 2.5, The American Soap and the Telenovela, and the Literature of Deviation. How was a student to make any sense of it?”. Al terminar el libro, la risa irremediablemente da paso a la tristeza para quienes tienen la fortuna de pertenecer a la academia.

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