Literatura

Eleanor Catton, The Luminaries, Little, Brown and Company, New York/Boston/London, 2013, 834 pp.


Arturo Cárdenas

Así como en la astrología la palabra “luminaria” se refiere al sol y la luna, ésta es una novela en la que los opuestos se unen, se enfrentan y confunden. The Luminaries es apenas la segunda novela de la neozelandesa Eleanor Catton, pero gracias a ella ganó uno de los reconocimientos más importantes de las letras inglesas, el Man Booker Prize, convirtiéndose en  la autora más joven en la lista de laureados.

        Más allá de su contenido temático, la novela en sí misma es el choque armonioso entre dos opuestos, pues es simultáneamente una obra (pos)moderna y una novela decimonónica. Bien es cierto que esto último parecería imposible para un escritordel siglo XXI, pero la autora no escatima esfuerzos en crear la ilusión de lo contrario, llegando al extremo de reproducir con lujo de detalle los modos de la época y hasta usar grafías que se abandonaron hace mucho (“connexion” en lugar de “connection”). Asimismo, el propio formato sugiere una publicación antigua gracias a detalles como los pequeños subtítulos explicativos al principio de cada capítulo y el uso de guiones para censurar maldiciones (d ̶ mn, f ̶ ck, etcétera). A pesar de todo, existen irremediablemente factores que delatan la verdadera edad del libro, como el apego a las normas de corrección política modernas cuando el discurso que se desea imitar suele ser inherentemente racista. No obstante, esto se atenúa gracias a que la novela reconoce su propia modernidad, abrazándola especialmente en lo que se refiere a su estructura.

         Lo que más llama la atención en una primera ojeada son los mapas astrológicos que marcan el principio de cada sección. Si bien parecen enigmáticos y quizá requiera un poco de investigación entenderlos, una vez empezada la lectura se vuelve claro que los planetas y constelaciones que se muestran en ellos representan a los personajes, o más bien al revés: que la acción es paralela a los movimientos celestes. Sumado a esto, las doce secciones están matemáticamente calculadas para que cada una tenga la mitad de palabras de la anterior, imitando a la luna en su ciclo menguante. Es a partir de este complejo molde que se cuenta una historia en la que todo parece girar sobre la oposición entre diferentes tipos de verdad. El abogado Walter Moody, al igual que el lector, es un extranjero entrando por primera vez al mundo en que se desarrolla la novela: el pueblo minero de Hokitika, Nueva Zelanda. Su visita es resultado de sus intenciones de escapar de su familia y de aprovechar la fiebre del oro para crear fortuna; sin embargo, al llegar a su hotel irrumpe accidentalmente en una reunión secreta que, si bien no cambia sus planes, los aplaza. Pronto, gracias a sus conocimientos legales, Moody (y a través de él, el lector) es incluido en la discusión y se entera de una serie de acontecimientos extraños ocurridos en un mismo día: la desaparición del joven magnate Emery Staines, la muerte del ermitaño Crosbie Wells, el descubrimiento de una fortuna en la cabaña de éste  y, finalmente, el presunto intento de suicidio de la prostituta opiómana Anna Wetherell. Poco a poco se dan a conocer las diferentes versiones de los integrantes de la asamblea en un intento de llegar a la verdad detrás de todo, pero como bien dice el abogado  “there are no whole truths, there are only pertinent truths”, aforismo que  cobra más relevancia conforme avanza la novela y lo que empezaba a desarrollarse como una intriga policíaca pasa a segundo plano para traer a la luz una historia de amor que estuvo subyacente todo el tiempo.

        Quizá esta transición sea lo más interesante del libro, pues la trama amorosa no se crea a partir de nuevos acontecimientos, sino de los mismos que los personajes dan a conocer a través de sus testimonios. Para ello, el narrador empieza a hacer saltos del presente al pasado, mostrando de primera mano las cosas tal como ocurrieron. Al hacerlo, también se confrontan los dos tipos de verdad de los que habla Moody pues, si bien los personajes solo pueden decir las verdades pertinentes, el narrador omnisciente puede mostrar las escenas en el momento que ocurren y desplegar ante el lector la verdad completa. Todas las demás oposiciones parecen desarrollarse en función a ésta, pues confrontar el pasado con el presente, la intriga policíaca con el drama amoroso y demás, parecen simples excusas para traerla a la luz. Más allá de The Luminaries, Eleanor Catton ha mostrado tal dinamismo que sus dos obras publicadas parecen en sí mismas participar de un juego de contraposiciones pues, aunque en The Rehearsal, su primera obra, también hay una obsesión con la naturaleza de la verdad, es diametralmente opuesta en todos los demás sentidos. No me atrevería a decir que una novela es mejor que la otra, pero sí cabría señalar que la propia rigidez estructural de The Luminaries obliga a la autora a tender trampas, como cuando extiende los subtítulos de los capítulos (al punto que llegan a ser más grandes que el cuerpo del texto) con el único fin de no pasarse del número de palabras establecido. The Rehearsal, por el contrario, si bien es menos ambiciosa que su hermana, tiene una estructura mucho más flexible que permite más libertades.

        Finalmente, destacaría de The Luminaries el esmero con que se apega a sus propias reglas, tan complejas que podrían funcionar en su contra si no fuera porque Catton las sigue con tal naturalidad que, de no haber mapas astrológicos u otras pistas que delataran que están ahí, pasarían desapercibidas sin que por ello se nublara el brillo de la obra.

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