Cine

James Gray, The Lost City of Z, Estados Unidos, 2016.


Pedro Cascos

A menudo, las grandes historias del papel han tenido poca fortuna en la pantalla (cuando se han podido llevar a ella). Claro ejemplo es Don Quijote, con la que fracasaron desde Orson Welles hasta Terry Gilliam. De la tentativa del primero quedó un filme inacabado, con la mayor parte del metraje rodada entre 1957 y 1969, y que terminó de montar y estrenar el cineasta español Jesús Franco en 1992, siete años después del fallecimiento del propio Welles.

De la aventura fracasada de Gilliam resultó el documental Lost in La Mancha (2002), un estupendo reflejo de cómo todo se puede poner en contra para terminar una película: desde el estado físico de los actores hasta la adversidad meteorológica, pasando por los ruidos inverosímiles de la aviación militar. Si nada lo impide, en 2018 se estrenará el nuevo intento del ex miembro de los Monty Python por sacar adelante El hombre que mató a Don Quijote, que por fortuna ya se encuentra en fase de postproducción. Para otra obra cumbre de la literatura en español, Cien años de soledad, ya en su momento dijo su autor que nunca permitiría que la novela se llevara a la gran pantalla. Una vez fallecido García Márquez, y con el paso de los años, habrá que ver qué ocurre.

Éxito dispar han tenido las adaptaciones de Shakespeare, pero han sido tantas y tan variadas que difícil sería no encontrar algunas que merezcan la pena. De George Cukor a Baz Luhrmann pasando por Orson Welles –quien también se atrevió con Kafka–, Akira Kurosawa o Kenneth Branagh, la categoría de estos directores ya indica que algunas de las adaptaciones del maestro inglés han sido de mérito. Otra cuestión es que, como apuntó Helen Mirren, a Shakespeare sea mejor verlo que leerlo.

Quizá por todo ello, sabedor de que cualquier obra maestra de la literatura difícilmente podría emularse en el ámbito audiovisual, Alfred Hitchcock recurrió a trabajos menores cuando se propuso trasladarlos a imágenes. Así bebió en Daphne du Maurier para firmar Rebeca (1940) y Los pájaros (1963); en Cornell Woolrich para La ventana indiscreta (1954); en Pierre Boileau y Thomas Narcejac para Vértigo (1958), o en Robert Bloch para Psicosis (1960).

En esa línea parecería moverse The Lost City of Z, al adaptar una novela de David Grann, más conocido hasta la fecha por sus artículos que por sus novelas, y que sin embargo supo urdir con su primera narración larga –The Lost City of Z: A Tale of Deadly Obsession in the Amazon (2009)–, un best seller convertido en película siete años después. Luego le han seguido otros dos libros: The Devil and Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness, and Obsession (2010) y Killers of the Flower Moon: An American Crime and the Birth of the FBI (2017), siendo la singladura de Grann –actualmente en el equipo de The New Yorker–  aún mucho mayor como periodista que como novelista.

Z, la película, es el resultado de las obsesiones de tres hombres: Fawcett, Grann y Gray. El primero fue el coronel inglés Percival Harrison Fawcett, quien a principios del siglo XX realizó varias expediciones a la selva amazónica para concluir que existía una mítica ciudad, a la que llamó Z, pudiendo tratarse de una suerte de El Dorado o, según otras fuentes, de los restos de una antigua colonia con orígenes en la desaparecida Atlántida. El empeño de Fawcett por dar con ese lugar terminó con su desaparición y posible muerte, sin que haya una versión consensuada de lo que realmente ocurrió en su último viaje a la Amazonia, entonces conocida como el infierno verde.

En su obstinación por esta historia también perseveró David Grann. En febrero de 2005 realizó un viaje siguiendo los pasos de Fawcett. En septiembre de ese año relató su aventura, junto con las vividas por el explorador británico y quienes trataron de encontrarlo después, en un artículo publicado en The New Yorker. Y finalmente escribió su libro sobre el mismo tema en el año 2009.

La tercera obsesión fue la del director James Gray, quien declaró que “mientras The Lost City of Z realizaba su largo y arduo viaje a la gran pantalla, el filme se convirtió en una especie de obsesión”. Quizá tenga que ver con el hecho de que la película se rodó en 35 mm, algo que resultó “especialmente complicado en mitad de la selva”, donde tuvieron que enfrentarse a “un buen número de problemas, desde serpientes a brotes de fiebre del dengue”. Y añade: “Lo remoto de las localizaciones obligaba a llevar volando la película expuesta miles de kilómetros para procesarla y montarla, lo que significaba que no veíamos lo filmado cada día hasta una semana más tarde. Aún así, creo que la autenticidad de esos exteriores hizo que todo mereciera la pena”. Damos fe de ello: el esfuerzo por rodar en cine revierte en beneficio del resultado final, de la calidad de las imágenes, de la impresionante fotografía.

No es Gray un realizador de los que se arredren ante retos difíciles. Las comparaciones son odiosas, pero, como Welles, dirigió su primer largometraje a los veinticinco años, Little Odessa (1994), dando muestras de sobrado talento para un thriller con el factor étnico como aspecto decisivo. Luego vendrían La otra cara del crimen (2000), La noche es nuestra (2007), Two Lovers (2008) y El sueño de Ellis (2013).

Las dos primeras siguen la senda del drama criminal y refuerzan a Gray como director de thrillers. Sin embargo, con Two Lovers da un giro a su filmografía y nos regala un melodrama en el que Joaquin Phoenix –su actor fetiche hasta Z– se debate entre el amor de dos mujeres. Aclamada por la crítica como una de las mejores películas de 2008, quizá sirviera como acicate para una nueva incursión de Gray en el género, ya que cinco años después rodó El sueño de Ellis, esta vez un filme de época con los ingredientes de la inmigración y la prostitución, dando un toque distinto al conjunto –de hecho, el título original es The Immigrant–, pero sin llegar a las cotas alcanzadas con su anterior trabajo.

Y así llegó The Lost City of Z, proyecto del que un año después de la publicación del libro de David Grann ya se decía que Hollywood estaba preparando su adaptación de la mano de Brad Pitt y con él mismo como protagonista. Al final no fue así, como es habitual en estos casos, “por problemas de agenda”, pero Pitt permaneció como productor ejecutivo. También se habló de Benedict Cumberbatch —The Imitation Game— como uno de los posibles candidatos para el papel que finalmente encarnaría Charlie Hunnam. Hasta la fecha, las interpretaciones más reconocibles de éste habían sido sendos protagónicos en las series Hijos de la Anarquía y, con solo 19 años, Queer as Folk. También apareció en los largos Cold Mountain, Hijos de los Hombres o Pacific Rim, pero su papel en Z, mezcla de hombre contenido y a la vez aventurero, parece haberle colocado en otro escalón justo antes de su último rol más sonado como Rey Arturo, en la versión del inefable Guy Ritchie.

En la sólida interpretación como Percy Fawcett le acompañan otros tres actores que rayan a gran nivel: su mujer, la siempre interesante Sienna Miller –Casanova, Interview, Foxcatcher–; su primer compañero de expediciones, el ya adulto Robert Pattinson –La saga Crepúsculo, Maps to the Stars, Life–, y su hijo Jack, el joven Tom Holland antes de su gran papel en Spider-Man: Homecoming, y que antes había destacado por Lo imposible, Mi vida ahora y En el corazón del mar. Un cuarteto de altos vuelos, secundado por Angus Macfadyen, Edward Ashley, Ian McDiarmid y Clive Francis, en un reparto coral que, salvo por algunas escenas algo deslavazadas en la Royal Geographical Society, siempre deja un buen sabor de boca.

A nivel narrativo, The Lost City of Z pone sobre la mesa cuestiones como la ambición o, simplemente, la realización personal. Cuando a Fawcett se le propone realizar la misión de cartografiar el área de la selva amazónica entre Bolivia y Brasil, parece una tarea menor para un oficial del ejército británico con otras aspiraciones. Sin embargo, en ese trabajo en apariencia poco relevante, el protagonista de esta historia encontrará la razón de su vida, hasta el punto de cruzarse en ella la Primera Guerra Mundial y proseguir con la búsqueda después para alcanzar su fatídico destino.

Otra línea argumental nada despreciable, según apunta el mismo director –que a su vez escribió el guion adaptado–, es la relación de Percy con su familia, por la que se evidencia una profunda devoción, pero a la vez la necesidad de soltarla cada vez que inicia una nueva aventura en la selva, excepto en el último episodio, en el que a través de su hijo Jack ambos mundos se integran para reflejar en imágenes lo que tiempo atrás vivieran el auténtico Percival Harrison Fawcett; los otros tantos que en diversas expediciones fueron tras sus pasos –incluyendo al periodista y escritor David Grann–, y lo que de algún modo debieron de padecer el cineasta James Gray y su equipo, quienes en sus propias palabras rodaron “las escenas de la Amazonia en lo más profundo de la selva tropical de Colombia”.

De nuevo las tres obsesiones, maceradas en la película por un ritmo suave, que nos lleva a las 2 horas y 21 minutos de metraje, sin que resulten pesadas; por una puesta en escena que se desenvuelve mejor en medio del Amazonas que en las escenas institucionales de la Royal Society, pero se le perdona, y que cuenta con una acertada música envolvente, bajo la batuta de Christopher Spelman, para un nuevo trabajo de este director al estilo Coppola y al que merece la pena seguir la pista: James Gray.

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