Literatura

Harold Bloom, The Daemon Knows. Literary Greatness and the American Sublime, Spiegel & Grau, Nueva York, 2015, 524 pp.


Casandra Garza

Hasta la mañana de invierno, en New Haven, en que conocí a Harold Bloom, solo lo había visto en fotografías o videos filmados hace más de quince años (las entrevistas con Charlie Rose, por ejemplo). La imagen que vi ese día distaba mucho de la del crítico obeso y de mirada cansada que todos conocemos: frente a mí tenía a un hombre anciano, con más de ocho décadas de vida a cuestas, leyendo atentamente (Paradise Lost, si mal no recuerdo). La sala estaba atiborrada de libros y en la mesa del comedor se advertían diversos frascos de medicina, así como un andador al lado de la silla donde Bloom típicamente se sentaba. Inmediatamente comprendí esa sentencia de El canon occidental (1994): “poseemos el canon porque somos mortales y nuestro tiempo es limitado” (p. 40). La puerta de su casa permanecía abierta durante el fin de semana, días que Bloom dedicaba a tomar té y galletas con sus alumnos matriculados en los dos cursos de literatura que continúa impartiendo en la Universidad de Yale: uno sobre Shakespeare y otro sobre la influencia poética, es decir, las obsesiones de Bloom durante décadas. Como se sabe, el crítico estadounidense defiende la idea de que Shakespeare, además de situarse en el centro del canon occidental, es también quien nos inventó a nosotros (nuestras emociones, nuestra psicología, la percepción que tenemos de nosotros mismos como individuos). No es de sorprender que, en cada lectura que hace de una obra posterior al Bardo, Bloom busque las huellas que este ha dejado (ejercicio que, por cierto, realiza una y otra vez en The Daemon Knows). El segundo tema predilecto de Bloom, la influencia poética, es un esfuerzo por trazar una suerte de genealogía de los grandes poetas que la literatura nos ha concedido (cabe aclarar que, para Bloom, el término “poeta” refiere a los escritores en general). De acuerdo a su visión agonista del arte, cada nuevo poeta experimenta la angustia de las influencias (“the anxiety of influence”) al desear superar, en el terreno de la creatividad y la originalidad, a un poeta que le precede. Para conquistar su ansiedad, el poeta lee erróneamente (“misreads”) al precursor: una mala interpretación o lectura es lo que lo desvía del camino de este y le permite encontrar el propio.

De las profecías que trazó en El canon, estoy convencida de que esta, desafortunadamente, es ya una realidad: “todas las instituciones de enseñanza tendrán su departamento de estudios culturales, un buey al que no conviene sacrificar, y florecerá una estética subterránea, que restaurará en parte el romanticismo de la lectura” (p. 25). Su posición en Yale lo comprueba: a pesar de ser un profesor Sterling (el más alto rango académico en dicha universidad), no pertenece al departamento de Inglés, que abandonó en 1977, y, curiosa e irónicamente, es el único profesor en el departamento de Humanidades. En los últimos años, debido a su estado de salud, imparte clases desde su casa y en ellas no hay más de quince alumnos inscritos. Pero desde su solitaria trinchera, el crítico literario continúa defendiendo la supremacía del valor estético y la inevitable cualidad agonista de la literatura. Mientras la mayoría de las clases de literatura en Yale se enfocan en lecturas feministas, poscoloniales, estudios culturales, etcétera, es decir, en toda la gama de teorías políticas o sociales que Bloom bautizó como “la escuela del resentimiento”, en las suyas (y en las de un puñado de profesores) aún se fomenta el análisis literario, estético y filológico de los textos. Solo por poner un ejemplo —y comprobar que no exagero—, mientras estaba en Yale se resolvió una polémica que llevaba cerca de un año debatiéndose en el departamento de Inglés: ciento sesenta estudiantes habían firmado una petición a favor de “descolonizar” los requisitos para obtener el major en literatura inglesa. Hasta entonces, los alumnos debían tomar obligatoriamente dos cursos de “Major English Poets” pero, en aras de la corrección política y ante la queja de que el programa incluía en su mayoría “hombres blancos y muertos”, los miembros del departamento acordaron que de ahí en adelante sería opcional tomar dichos cursos. Las consecuencias serán, por supuesto, catastróficas: un alumno podrá estudiar cuatro años de literatura inglesa en Yale sin tener que pasar necesariamente por Shakespeare, Milton, Blake, Wordsworth, etc.

The Daemon Knows (2015) presenta doce escritores estadounidenses (reunidos en pares) que, de acuerdo a Bloom, son los creadores de lo “sublime americano”. Estos son: Walt Whitman y Herman Melville; Ralph Waldo Emerson y Emily Dickinson; Nathaniel Hawthorne y Henry James; Mark Twain y Robert Frost; Wallace Stevens y T. S. Eliot, y William Faulkner y Hart Crane. Bloom los eleva a una categoría cuasi-divina: constantemente se refiere a ellos como “seers” o “sages” y afirma que “these writers represent our incessant effort to transcend the human without forsaking humanism” (p. 3). Desde el inicio, deja en claro que esta selección no aspira a convertirse en el canon de la literatura estadounidense. Lo que estos autores poseen en común, además de la nacionalidad, es haber estado bajo el influjo del daemon, que no es sino la misteriosa fuente de la inspiración poética, la raíz del poder creativo o, en palabras del propio Bloom en una entrevista reciente, “it’s the notion that there’s a god within us, and the god speaks. The deamon is the sublime inspiration”.

A ratos, The Daemon Knows se torna repetitivo (no solo vuelve sobre las mismas ideas de un capítulo a otro, sino que Bloom se repite a sí mismo con respecto a sus anteriores publicaciones) y su autor no teme en incluir citas increíblemente largas y apenas comentarlas. También abundan las extensas digresiones sobre autores distintos a los tratados en los capítulos o sobre los comentarios de otros críticos (M. H. Abrams, Angus Fletcher, Kenneth Burke) que, sin embargo, más allá de ser un defecto, es una costumbre de Bloom que se presenta tanto en su obra como a la hora de impartir clases.

La lectura para Bloom ha sido, principalmente, una actividad individual y solitaria, y The Daemon Knows posee ese tono personal de quien lee para sí mismo, de quien sabe que “el yo individual es el único método y el único criterio para percibir el valor estético” (El canon occidental, p. 33). El valor estético surge de la memoria, pero también, siguiendo el pensamiento de Bloom, del dolor de renunciar a “placeres cómodos”. Ya lo dijo Shelley, a quien el crítico estadounidense cita: “the function of the sublime was to persuade us to abandon easier for more difficult pleasures” (p. 496). En The Daemon Knows, las páginas dedicadas a Moby-Dick (sobre todo la reflexión en torno a la blancura de la ballena y la exploración de este motivo en otros autores) y Huckleberry Finn están entre las mejores del libro. Le siguen los estudios sobre los que él considera los mejores poemas de Whitman y las relaciones que traza entre Emily Dickinson y Shakespeare. Pero al mejor Bloom lo atisbamos en cuanto comienza a meditar sobre su propia labor como crítico literario y lector. Afirma poseer “a firm conviction that true criticism recognizes itself as a mode of memoir” (p. 49), y este libro justamente lo es: se trata, en efecto, de las memorias de las lecturas que lo han acompañado a lo largo de décadas, desde sus incursiones infantiles en las bibliotecas de Nueva York.

Concuerdo con Juan Villoro —quien asistió en calidad de oyente a la clase de Bloom sobre Shakespeare en los noventas, cuando fue maestro invitado en Yale— cuando reitera que, aunque Bloom invita a sus estudiantes a intervenir en la discusión, lo interesante es oírlo a él: oírlo recitar, por ejemplo, los monólogos de Hamlet de memoria (aunque en las últimas clases que tomé con él, reveló que, siendo un maestro octogenario, el personaje shakesperiano con el que más se identificaba era el rey Lear). Unos pocos días antes de que el semestre terminara, Bloom sufrió un accidente que lo obligó a suspender su labor docente, misma que retomó este año. Su determinación de seguir impartiendo cátedra a sabiendas del esfuerzo físico que le implica solo puede explicarla el propio Bloom: “Certain mornings in midwinter my wife asks me: Why at eighty-four continue teaching full-time? It is fifty-eight years since first we courted but fifty-nine since I commenced full-time teaching in the Yale faculty. I mutter that I fear breaking the longest continuity of my life. Is that my deeper motive? What can I know? The daemon only knows how it is done” (p. 27).

  • rafael reyes aboytes says:

    Qué buena reseña. Tiene la misma virtud que los libros de Bloom, da ganas de seguir leyéndolo a él y a los autores de los que habla.

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