Literatura

Kazuo Ishiguro, The buried giant, Alfred A. Knopf, New York, 2015, 317 pp.


Arturo Cárdenas

No debería ser inesperado que un autor que en una de sus mejores obras juega con elementos de ciencia ficción haya decidido, finalmente, escribir lo que muchos llamarían una novela de género. The Buried Giant tiene todos los elementos de una narración de fantasía: caballeros, dragones, ogros, duelos de espada, etcétera; sin embargo, Ishiguro ha mostrado cierta resistencia a que se le categorice como tal, haciendo declaraciones que los adeptos al género han considerado ofensivas y condescendientes. Las críticas se basan en que parecería que el escritor desprecia la fantasía basándose en la fama que esta ha adquirido en décadas recientes. Novelas como Harry Potter, Juego de tronos y otras sagas juveniles se han vuelto éxitos comerciales y existe la idea de que un autor “serio” no escribe este tipo de cosas. A pesar de la polémica, es posible que su propósito no haya sido menospreciar este tipo de literatura, sino expresar un verdadero miedo a la incomprensión de la intención de su libro. The Buried Giant se desarrolla en un lugar y un momento específicos de la historia en los que las criaturas mágicas fueron reales, o al menos lo eran para quienes vivieron entonces, de manera que, más que un mundo de fantasía, The Buried Giant intenta hacer una reproducción histórica de la Inglaterra medieval y su visión del mundo, poblada de elementos mágicos y fantásticos.

     Las novelas de Ishiguro, por lo general, siguen una forma básica: un personaje que se encuentra en lo que podrían ser los últimos años de su vida emprende un viaje para reencontrarse con alguien del pasado; la historia se construye a partir de las memorias que estimulan los pormenores del trayecto. En el caso de The Remains of the Day, esto se ve en Stevens, un mayordomo anciano que recorre las carreteras de la Inglaterra rural para reunirse con su excolega la Sra. Kenton. En Never Let me Go, Cathy hace lo mismo para encontrar a la directora de su antiguo internado. No es de sorprender, por tanto, que después de una década sin escribir, la novela con la que el autor vuelve al panorama literario empiece con Axl y Beatrice, una pareja de la tercera edad que decide abandonar su hogar para reunirse con un hijo que no han visto en años. Sin embargo, además de la ambientación, hay algo que desde que se lee la nota de la contraportada parecería separar a The Buried Giant de las otras novelas, y es que uno de los problemas del universo en que se desarrolla es una amnesia colectiva (causada, fantásticamente, por el aliento de un dragón). Sin memorias, la narración tendría que ser construida de forma diferente a la de obras anteriores; sin embargo, Ishiguro rompe las reglas que él mismo estableció. Los personajes principales tienen problemas para recordar, pero no son incapaces de hacerlo en la mayor parte de las ocasiones. Esto implica que gran parte de los acontecimientos se den a conocer de la misma forma que en sus obras anteriores y la niebla solo sirva para entorpecer el  recurso, pues ahora en lugar de permitir el flujo natural de las ideas, el autor debe justificarlo. A esto hay sumar que, a pesar de que la amnesia sea generalizada, parece en realidad solo afectar a algunos personajes; los demás dicen tener problemas para recordar, pero en general tienen memorias vívidas sin mayor esfuerzo.

     La inconsistencia es un problema claro en el nivel de la trama, pero va más allá. En otro de los aparentes intentos de romper con sus propias costumbres, Ishiguro opta por un narrador en tercera persona en lugar de su habitual en primera. Desde un principio parece tener problemas para manejarlo, pues obstruye demasiado con apelaciones directas al lector, aunque esto pueda considerarse como un intento de darle un sabor arcaico a la forma de contar los hechos. Conforme avanza la trama, las intervenciones de este narrador dejan de romper la cuarta pared, dando la impresión de una pérdida de continuidad, hasta que en el último capítulo aparece lo que podría ser la revelación de quién estuvo contando la historia todo el tiempo. Queda lugar para dudas, pues hay capítulos, quizás los mejores del libro, que consisten enteramente en monólogos internos de uno de los personajes, de manera que los cambios de voz narrativa podrían sugerir, más que una revelación, que el último capítulo simplemente está contado por un narrador nuevo. Quizá lo más cuestionable sea que, incluso si el narrador es molesto, es preferible escucharlo a él que a los personajes, pues estos hablan por medio de diálogos repetitivos y torpes, no solo por su formalidad excesiva, sino debido a que, con el fin de imitar voces antiguas, Ishiguro termina haciendo una caricatura de ellas al abusar de las oraciones simples y los vocativos (tan solo en el primer capítulo es difícil encontrar un diálogo entre los protagonistas en el que uno no diga el nombre del otro).

     Aun así, The Buried Giant no es para nada ilegible. La trama, aun con sus inconsistencias, es interesante y las partes más riesgosas, como la introducción de elementos fantásticos y personajes de otras obras literarias (específicamente, Sir Gawain, personaje del mundo artúrico) están bastante logradas. A final de cuentas, podría decirse que esta novela es un intento de su autor por reinventarse, pero, si es así, fracasa al recaer en los hábitos y recursos de siempre. O quizá sea efectivamente el principio de una nueva etapa en la obra de Ishiguro, pero una etapa en la que, a la postre, descubrirá sus propios límites y reafirmará su mundo narrativo habitual.

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