Literatura

Don DeLillo, The Angel Esmeralda: Nine stories, Scribner, New York, 2012.


Enrique Macari

Después de Underworld (1997), por mucho su obra más ambiciosa, casi mil páginas que abarcan cuarenta años de vida norteamericana a finales del siglo XX, la literatura de Don Delillo (1936) dio un giro hacia formas de expresión más económicas: su última novela, Point Omega, publicada en 2010, consta de menos de ciento veinte páginas en un generoso tipo de letra. En primera instancia, entonces, parece que la publicación de The Angel Esmeralda: Nine Stories (2012), la primera colección de cuentos de Delillo, no es sino la conclusión natural de este movimiento por parte del autor de obras cuyo objetivo tácito era reflejar la totalidad de la cultura norteamericana –Americana (1971), White Noise (1985), Libra (1988) y Underworld– a obras cuya intención es resumir esta cultura en un solo gesto literario. Las primeras dudas surgen cuando, en las primeras páginas del libro, descubrimos que no se trata de nueve cuentos recién compuestos, sino de una selección de nueve cuentos de los poco más de veinte que Delillo ha escrito a lo largo de su carrera. Después de todo, las obras post-Underworld de Delillo han sido consideradas como menores, no sólo por su extensión, sino por su fuerza y proyección imaginativa, o, mejor sería decir, por la marcada ausencia de éstas. En una entrevista concedida a The Paris Review en 1993, en el tope de sus energías creativas, Delillo expresaba esta preocupación: “How many books do we get? How much good work? The actuaries of the novel say twenty years of our best work, and after that we’re beachcombing for shiny stones. I don’t necessarily agree, but I’m aware of fleeting time”. La pregunta que sienta el tono para la lectura inicial de The Angel Esmeralda es entonces esta: ¿nos encontramos ante la culminación del proceso creativo de uno de los escritores americanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, o más bien ante el último esfuerzo de un escritor cuyos mejores tiempos han pasado, pero que no deja de buscar piedras preciosas dentro de su obra?

     El intervalo que abarca The Angel Esmeralda va de 1979 hasta el 2011. Los textos se encuentran organizados en tres secciones: la primera contiene dos cuentos –“Creation” y “Human Moments in World War III–, escritos en 1979 y 1983 respectivamente; la segunda, tres –“The Runner”, “The Ivory Acrobat” y “The Angel Esmeralda”–, escritos los dos primeros en 1988 y el tercero en 1994; la última sección se conforma de cuatro –“Baader-Meinhof”, “Midnight in Dostoevsky”, “Hammer and Sickle” y “The Starveling”–  escritos entre 2002 y 2011. La estructura del libro, aunada al hecho de que los cuentos fueron seleccionados por Delillo, sugiere que nos encontramos ante la que debería ser leída como una colección orgánica, una serie de cuentos cuyos elementos individuales se entrelazan para configurar una experiencia estética total. En efecto, no se trata de una casualidad que el primero de los cuentos date de 1979, año en que Delillo se encuentra componiendo The names (1982), novela cuya publicación marcaría el inicio de lo que los críticos consideran su época dorada. “Creation” abre la serie de forma magistral. En este cuento encontramos a una pareja atrapada en una isla caribeña a causa del caos que se vive en el aeropuerto de la isla. La premisa del cuento es casi kafkiana, pero el cuento es completamente Delillo: en manos de Kafka, “Creation” estaría formado por los materiales de la pesadilla; en manos de Delillo el relato pierde toda su extrañeza: su prosa serena, monótona y contenida hacen de “Creation” una visión de la anarquía que subyace a la más cotidiana de nuestras experiencias. “Human Moments in World War III” continúa el buen paso. Ahora nos encontramos en una estación espacial cuya misión es recolectar información mientras orbita alrededor de la tierra. El cuento lo conforman en su totalidad las conversaciones entre los dos encargados de la estación y las observaciones que surgen a partir de su contemplación del globo terrestre. A pesar de la extraordinaria situación, y como el título indica, se trata de un relato profundamente humano. Y tal vez en esto radique fundamentalmente la virtud de estos dos primeros cuentos: sin importar qué tan extrema sea la situación que el relato desarrolla, los personajes no pueden sino vivirla como parte de su cotidianeidad. Para Delillo, la experiencia no puede ser otra que la experiencia cotidiana.

     “The Runner” abre la segunda parte de la obra. Un joven corre por la tarde en el parque que está frente a su departamento y observa el secuestro de un niño pequeño por parte de un hombre. Una mujer lo detiene y le informa, sin evidencia, que el hombre era padre del niño y que el secuestro es solamente un episodio más en lo que fue un mal divorcio. El cuento retoma un tema que es bastante frecuente en Delillo y cuya exposición más cabal se encuentre posiblemente en White Noise: el lenguaje como artefacto de seguridad ante una realidad que obra prescindiendo de la razón y del motivo, el lenguaje como soporte metafísico. “The Ivory Acrobat” retoma otro tema favorito de Delillo: la psicología de la catástrofe. Una mujer, después de experimentar su primer terremoto viviendo en Grecia, es incapaz de seguir viviendo tranquilamente y se obsesiona con la idea del accidente y la muerte. Se trata de un relato joyceano: todo en su construcción apunta hacia la epifanía final en la que la mujer confronta y se reconcilia con su mortalidad. Por su posición en la estructura del libro, así como por prestarle su título, “The Angel Esmeralda” es el relato central de la colección. Dos monjas, las hermanas Edgar y Grace, recorren las violentas calles del Bronx ayudando a los más necesitados. Es aquí donde se enteran de la existencia de Esmeralda, una pequeña niña que ha sido abandonada por su madre y que recorre furtivamente el Bronx en busca de comida, pero no dejándose ayudar por nadie y evitando todo contacto. Unos días después de que Esmeralda es violada y aventada del techo de un edificio, las monjas escuchan acerca del milagro: todo los días, al pasar el tren por detrás de él, la figura de Esmeralda aparece sobre la superficie de un anuncio publicitario de Minute Maid. La hermana Grace, a pesar de lo que su nombre podría indicar, se rehúsa a asistir y presenciar el milagro, calificándolo de locura colectiva. La hermana Edgar, mucho mayor que Grace, perteneciente a una tradición religiosa mucho más rigurosa, asiste y, exaltada, proclama el milagro.

     “The Angel Esmeralda” es un relato en el que se pueden encontrar todas las fortalezas y debilidades que conviven y conforman la obra de Delillo. No es la primera vez que monjas aparecen en la literatura de Delillo y que se trata el tema de la fe. Recordemos las escenas finales de White Noise. Jack Gladney, después de intentar asesinar al amante de su esposa en busca de aplacar, a través de la supresión de la vida de otro, su propia ansiedad frente a la muerte, ingresa junto con su víctima a un pequeño hospital religioso en la zona pobre de Iron City. Ahí, mientras un doctor atiende el disparo al estómago de su acompañante, Gladney tiene una conversación con una monja que resumen la posición de Delillo en torno a la creencia religiosa. Dice la monja: “It is our task in the world to believe things no one else takes seriously. To abandon such beliefs completely, the human race would die. This is why we are here. A tiny minority. To embody old things, old beliefs. The devil, the angels, heaven, hell. If we did not pretend to believe these things, the world would collapse”.

     Sobra decir que se trata del episodio más lamentable del libro. Después de lo que había sido un análisis sutil y revelador de la cultura y la consciencia colectiva de una sociedad a finales del siglo XX, un análisis cargado además de humor y de calor humano, llevado a cabo en una prosa convincente y elegante, Delillo cierra el libro con tamaña payasada. (White Noise sigue siendo el libro de Delillo por excelencia y, a pesar de su débil final, seguirá encontrando lectores). Delillo es un gran analista y psicólogo del espíritu de su época, además de un gran prosista, pero sus respuestas a las grandes preguntas pecan de tibias y difícilmente estimularan intelectual o espiritualmente a sus lectores. Dudo que, en una noche de angustia, alguien elija un libro de Delillo como acompañante.

     La prosa de Delillo en The Angel Esmeralda es inconfundiblemente suya. Se trata de un estilo cuya progresión se puede trazar a través de sus novelas y que, a diferencia de hombres de imágenes como Updike o McCarthy, tiene como característica fundamental el ritmo. Uno reconoce una oración de Delillo por su cadencia serena, por el sosiego que se adivina detrás de cada sílaba: sin importar cuál sea su tema, nos encontramos frente a un escritor que claramente disfruta perderse en los aspecto más sensuales del lenguaje. Tomemos, por ejemplo, el siguiente pasaje de “Creation”: “We’d had half a day of frustration, long drives out and back, and the cooling touch of freshwater on my body, and the ocean-soaring bird, and the speed of those low-flying clouds, their massive tumbling summits, and my weightless drift, the slow turning in the pool, like some remote-controlled rapture, made me feel I knew what it was like to be in the world. It was special, yes. The dream of Creation that glows at the edge of the serious traveler’s search. Naked”.

     Nótese la construcción propiamente musical del pasaje: la acumulación de detalles sensoriales que desembocan todos juntos en la epifanía, el intercalado entre oraciones de largo y corto aliento, el stacatto final que resume y clausura limpiamente la idea.

     Esta virtud, evidente en las primeras dos partes del libro, deja, sin embargo, de serlo en la tercera y última parte. La escritura de los cuatro relatos que conforman el estrecho final de The Angel Esmeralda –“Baader-Meinhof”, “Midnight in Dostoevsky”, “Hammer and Sickle” y “The Starveling”– pertenece a la época post-Underworld de Delillo y adolece de las faltas que podemos encontrar en sus novelas de esta misma época. Me parece que, en primera instancia, estas carencias tienen que ver con una reducción excesiva por parte del autor de sus potencias literarias a un solo elemento, el ya mencionado ritmo. Comparemos el pasaje presentado más arriba con el siguiente, tomado de “Hammer and Sickle”: “Beneath us the cars were blasting by, nonstop, their speed magnified by our near vantage and by the sound they made passing under the low bridge. There’s no word for it, that sound, pure urgency, sustained, incessant, northbound, southbound, and each time we walked across the overpass I wondered again who those people were, the drivers and passengers, so many cars, the pressing nature of their passage, the lives inside”.

     En ambos pasajes un hombre contempla el paisaje y reflexiona, en ambos pasajes existe el juego musical entre cláusulas dependientes e independientes que desemboca en un momento epifánico, en ambos pasajes el detalle sensorial arroba y busca el arrebato. Y, sin embargo, en materia de contenido, está claro que el segundo pasaje es absolutamente banal. Mientras que en el primer pasaje el detalle sensorial goza de solidez y concreción, además de estar intrínsecamente ligado al momento epifánico en el que desemboca, en el segundo pasaje el detalle sensorial es increíblemente vago, mera información sensorial. El primer pasaje toma una serie de detalles y, a través de su organización estética, lleva a cabo la configuración del sentido; el segundo pasaje toma una serie de detalles con el único propósito de insertarlos en una estructura que no dice nada más allá de sí misma. La prosa de Delillo en estos últimos relatos es esquelética: estructura desnuda, ausencia de músculo y de carne.

     La segunda objeción que se puede hacer a estos últimos relatos tiene que ver con su carácter abstracto. Con esto me refiero al aislamiento en el que parecen existir estos cuentos: lo que sucede en ellos sucede sin ninguna conexión explicita a una pasado o a un futuro, en términos cronológicos, o a un motivo, en términos psicológicos. En “Baader-Meinhof”, una mujer conoce en una exposición a un hombre que, después de tomar una café con ella, intentará de forma al mismo tiempo cotidiana y espantosa hacerle el amor. En “Midnight in Dostoevsky”, que recibe su nombre de un verso de Frank O’Hara, poeta íntimamente relacionado con el expresionismo abstracto, dos estudiantes universitarios vagan alrededor de su campus inventando ficciones banales, y bastante desesperantes, sobre todo lo que observan y terminan agarrándose a golpes. En “Hammer and Sickle”, los internos de una prisión de lujo observan un programa de televisión en el que dos niñas discuten las crisis financieras del mundo. En “The Starveling”, finalmente, un hombre persigue por Nueva York, de cine en cine, a una mujer de la que no sabe absolutamente nada. Efectivamente, estos relatos parecerían tener más en común con las artes visuales que con la narrativa: buscan montar una escena reveladora (una mujer y un hombre contemplado una exposición en el MOMA, dos estudiantes agarrándose a golpes sin razón en la nieve, un hombre caminando solitario por las calles de Nueva York) más que presentar y explicitar una seria causal de hechos. De esta forma, además de acercar su literatura a la obra de los artistas visuales que tanto admira, Delillo se inserta firmemente en la tradición norteamericana del cuento, caracterizada por su carácter abierto, inconcluso. Estos relatos, sin embargo, están muy lejos de poseer el peso y la solidez de, digamos, los cuentos de Hemingway o de Flannery O’Connor. Fundamentalmente, Delillo falla porque confunde la ambigüedad con la sugerencia, la vaguedad con el misterio. Son los icebergs de los que hablaba Hemingway, pero en el caso de la producción última de Delillo no encontramos nada por debajo del agua.

     Decía Oscar Wilde que es la realidad quien imita siempre al gran arte. La literatura de Don Delillo es poseedora de esta rara virtud: su obra produce la ilusión de configurar, no sólo nuestro pasado y nuestro presente, sino también nuestro inminente futuro. Más que la de ningún otro escritor de su generación –Auster, Roth, Pynchon, Updike, McCarthy– la obra de Delillo pertenece decididamente al siglo XXI. The Angel Esmeralda no agrega nada nuevo al corpus de Delillo, aunque, en realidad, esto importa poco: nos encontramos ante un escritor que ya ha llevado sus poderes creativos hasta su punto culminante y ha saldado con creces la deuda que todo escritor adquiere, al tomar la pluma por primera vez, con su tradición y su entorno literario.

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