Cine

Christopher Nolan, Tenet, Estados Unidos, 2020.


Pedro Cascos

En el año 2000 un joven cineasta británico sorprendió a público y crítica con una película que alteraba el orden de la narración, a partir de una especie de moviola una secuencia tras otra: Memento. Veinte años después, el mismo director, ya consagrado, ha retomado algunas de aquellas premisas y ha intentado sublimarlas en una superproducción de las pocas, por no decir la única, que se ha atrevido al estreno en salas en tiempos de pandemia. En 2020, Christopher Nolan nos ha hecho su último regalo: Tenet.

A partir de un acontecimiento con trazas de realidad: el asalto de un auditorio de música por unos secuestradores y su rescate por fuerzas especiales –como ocurrió en 2002 con el teatro Dubrovka de Moscú, incluido el gaseado de rehenes, pero aquí llevado a la Ópera de Kiev–, Tenet nos mantiene atados a la butaca con un despliegue de conceptos que se van diseminando de forma escalonada cuando más conviene. Verbigracia: una posible Tercera Guerra Mundial (no nuclear, sino “temporal”), Oppenheimer y el proyecto Manhattan, el plutonio 241… Pero quizá lo más remarcable y definitorio del filme, no tanto por el qué sino por el cómo, consista en el manejo del tiempo –la posibilidad de viajar hacia delante y hacia atrás para alterar acontecimientos, y la percepción de estos por parte del viajero–, y en que el malvado sea un intermediario entre futuro y pasado (o presente, según cómo se vea).

He ahí la madre del cordero en un guion del propio Nolan: la inversión temporal como capacidad desarrollada en el futuro, que se exporta al pasado/presente de la película en forma de armas con una capacidad destructora mayor que la de cualquier medio convencional, y que en algún momento se muestra que también afecta a los personajes, de modo que todo lo que vemos o hemos visto en pantalla está condicionado por dicha inversión.

Eso se acompaña de elementos algo más discutibles, como la inversión térmica. ¿Por qué el hecho de que ciertas acciones vayan hacia atrás en el tiempo debería implicar que un fuego lleve a la congelación? Definitivamente, a diferencia de otras piezas mejor cerradas a nivel de trama, pese a lo fantástico, en la filmografía de Nolan –Memento, The Prestige, Inception, en Tenet se observan ciertas lagunas, también en algunos personajes, cuyas motivaciones no se entienden muy bien. ¿Por qué Priya es la confidente que allana el camino hacia el perverso Sator y al final da un giro inesperado?

En cualquier caso, Tenet funciona perfectamente como cinta de acción, en el marco de ciencia ficción ya característico del autor. Y para ello, esta vez no recurre a actores de primera línea del star system –Leonardo DiCaprio, Marion Cotillard, Hugh Jackman, Scarlett Johansson, Matthew McConaughey o Anne Hathaway–, o incluso fetiche, como Christian Bale, salvo por dos excepciones: Michael Caine y Kenneth Branagh.

Fiel a sus orígenes, Nolan ha recurrido varias veces a estos tres últimos, todos como él de origen británico. Pero quedémonos con Caine y Branagh, que sí intervienen en Tenet. En el caso del primero, el veterano actor inglés juega de nuevo un papel clave como detonante de la trama –Inception, Interstellar– y, aunque su aparición está lejos del metraje ocupado en The Prestige, vuelve a dejar huella. En el caso del segundo, repite con el director tras Dunkirk y apunta a ser de los que han llegado para quedarse.

En esta ocasión, el norirlandés incorpora a un antagonista de quilates frente al personaje del Protagonista –¿para qué llamarlo de otro modo?–, interpretado por John David Washington y a quien a menudo aún se identifica como “el hijo de Denzel Washington”. Junto a él destaca Robert Pattinson, que tras pasar por la saga de Harry Potter y protagonizar la de Crepúsculo, pronto será el nuevo The Batman, consolidándose como uno de los actores jóvenes con más proyección del Hollywood actual.

Otro rol relevante es el que desempeñan dos actrices. Por un lado, tenemos a Elizabeth Debicki, recordada por ser la princesa Diana en las temporadas 5 y 6 de la serie The Crown, y que aquí funge como esposa despechada del antagonista. Y por otro, se sitúa Dimple Kapadia, la citada Priya, que ha hecho la mayor parte de su carrera en Bollywood, y aquí es el personaje más notable en las escenas que ocurren en la India. En un papel más pequeño, pero decisivo para entender lo que se nos contará a continuación, cabe mencionar también a Clémence Poésy. La inclusión de actores y actrices de distintas procedencias (Estados Unidos, Reino Unido, India, Francia…) da al filme una magnitud internacional, que se ve reforzada por los países donde se ha rodado: los ya mencionados, excepto Francia, y a los que debemos sumar Estonia, Dinamarca, Noruega e Italia.

Ese concepto del mundo como un escenario estaba ya presente, diez años atrás, en una película como Inception. Y no solo eso: hay una suerte de juego de espejos en la obra del realizador londinense, que evidencia cuáles son sus grandes obsesiones. Un lugar destacado lo ocupan los saltos en el tiempo y una particular concepción de este –de Memento a Tenet, pasando por Inception, Interstellar y Dunkirk, y a veces también del espacio, de la dimensión física –Inception, Interstellar y The Prestige. Y luego está todo lo relacionado con los sueños: en ocasiones lúcidos, con Inception como máximo exponente, o en el polo opuesto, con la incapacidad de tenerlos, de dormir, como en Insomnia, si bien aquí el guion no salió de la pluma de Nolan.

Dejando al margen la trilogía de Batman firmada por el propio autor –Batman Begins, The Dark Knight y The Dark Knight Rises, los reflejos de unas películas en otras se observan de forma clara en Tenet. Por ejemplo, The Prestige maneja la duplicidad de un mismo personaje/actor en pantalla, en las figuras de Jackman y Bale; Tenet también.

Por su parte, en Inception todo gira alrededor de los sueños: de unos dentro de otros, como si de muñecas rusas se tratara, y de la capacidad de intervenir en ellos para implantar ideas y modificar sentimientos. Esto la emparenta con Eternal Sunshine of the Spotless Mind, de Michel Gondry –donde otro director con preocupaciones parecidas a las de Nolan (el tiempo, los sueños, la memoria) explora la capacidad de suprimir recuerdos–, y tiene, por supuesto, su eco en Tenet. Aquí es como si la segunda mitad de la película fagocitara a la primera –una matrioshka dentro de otra–, y termina dándonos claves de escenas que al ser revisitadas cobran otro sentido, a la vez que se completan.

Otro factor que une a Inception y a Tenet es que en la primera la vida personal del protagonista, Cobb, salpica toda la historia, mientras que en la segunda lo hace la del antagonista, Sator. En ese sentido, la mujer de este –una intensa y de piernas interminables Elizabeth Debicki– se convierte en pieza clave como vínculo entre dos mundos y entre dos tiempos.

Algo más alejada de Tenet está Interstellar, donde la baza principal es la aventura en el espacio. Pero si nos ponemos a buscar semejanzas, las encontramos en la exposición de mundos paralelos con un tratamiento del tiempo distinto para cada uno de ellos. Lo mismo ocurre en una cinta de época, basada en hechos reales a los que se supo buscar las vueltas, como Dunkirk.

Y así llegamos, o regresamos a Memento, si nos ceñimos al orden cronológico de realización y, si se nos permite, emulando al propio Nolan. En su segundo largometraje como director, los acontecimientos alrededor de Leonard y su memoria se presentan de manera que la parte más subjetiva de la narración (escenas en color) y la más objetiva (en blanco y negro) convergen al final en una especie de híbrido que siembra las dudas sobre qué partes de la narración hasta ese momento han sido reales, y cuáles no. En Tenet igualmente se dibujan dos partes –una en sentido cronológico y otra en sentido invertido–, pero los interrogantes no se plantean sobre el pasado sino sobre el futuro del Protagonista.

El autor propone un giro sobre la experiencia planteada en la película que le dio a conocer y, en su universo de saltos espacio-temporales, nos lleva a preguntarnos no por qué este tipo ha actuado así, y a reorganizar la información que hemos recibido desde el principio (Memento), sino a una cuestión más imprevisible y que nos sitúa frente a un cierto abismo: ¿Cómo este individuo ha actuado en el futuro para llegar a ser quien maneje una compleja operación que le involucra a sí mismo y a toda una gama de personajes en el pasado? (Tenet). En conclusión, Memento nos cuestiona sobre el pasado y Tenet, en otro giro de tuerca, nos abre un enorme abanico de posibilidades sobre el futuro.

De este modo, el nuevo filme de Nolan, sustentado en un sólido cuadro de actores y pese a los quiebros, incluso lapsos, a nivel de guion, nos mantiene atentos a sus idas y venidas, y por momentos hipnotiza. El cineasta vuelve a apelar a nuestra capacidad para reconstruir el rompecabezas –para lo que no está de más un segundo visionado– y lo corona, tras dos horas de hacernos pensar, con una escena de acción de treinta minutos, en que por momentos hay acciones hacia delante con fondos hacia atrás, en un curioso uso del chroma, y en que el objetivo ya no es solo derrotar al malvado, sino salvar a la humanidad, porque puestos a subir la apuesta…

Recordando las últimas palabras de Hugh Jackman en The Prestige: “El público conoce la verdad. El mundo es simple, miserable. (…) Si puedes engañarles, aunque sea por un segundo; si puedes hacer que se pregunten, entonces vas a ver algo muy especial: la expresión de sus caras”. Marca de la casa: Christopher Nolan.

 

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