Literatura

Natalio Hernández, Tamoanchan. La tierra originaria, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 2017, 122 pp.


Esther Hernández Palacios

La última entrega de Natalio Hernández es un libro sui generis, al mismo tiempo una obra individual y un trabajo colectivo. Una crónica y un poemario. Al mismo tiempo que contiene la voz de un poeta, también la de muchas otras voces que él convoca. El yo que emite el discurso poético es, en muchos momentos, un yo colectivo, el yo de los pueblos originarios de México que se preguntan: ¿de dónde venimos, quiénes somos, como nombramos nuestro lugar de origen, a dónde vamos?

Fiel a sus costumbres ancestrales, el poeta convoca a muchas voces hasta lograr una polifonía que dará más fuerza a su discurso. Tal vez Natalio Hernández teme que el canto de su pueblo se pierda entre la polución posmoderna y  por eso invita a sus amigos a participar, como una especie de “padrinos”. Y ellos han escuchado su llamado. Así el libro inicia con unas páginas en las que don José María Muriá critica el proceso educativo en el que los mexicanos que pertenecen a los pueblos originarios son obligados a desprenderse de su cosmogonía para incorporarse a la modernidad occidental y por eso celebra, como un triunfo, el esfuerzo del poeta por regresar a sus orígenes sagrados a partir de la poesía, para de esta forma convencer a muchos de su grandeza. Un segundo texto, firmado por el poeta Hermann Bellinghausen, resalta la importancia de la aparición de “los nuevos Tlacuilos”, los poetas indígenas que regresaron a sus lenguas maternas y a sus cosmovisiones en las ultimas décadas del siglo XX.

La cultura europea ha pesado tanto entre nosotros como país mestizo, que incluso los miembros de los pueblos originarios abandonan no solo su tierra nativa, sino su lengua materna. El poeta nos comparte en estas páginas cómo la sacralidad de la Tierra y el culto a las deidades de la cosmogonía náhuatl lo llevaron al respeto y al canto. El mundo ritualizado de sus antepasados, su pueblo y su familia, su peso en la conciencia no permitió que, al trasladarse a la ciudad, olvidara o escondiera sus raíces, sino que, al contrario, lo empujó a comprometerse con ellas. Fue la sacralidad de la Tierra lo que le permitió no desarraigarse, sino, por el contrario, lo comprometió a dar frutos.

Los tiempos sagrados de la Tierra, la siembra y la cosecha que vivió en su comunidad cuando niño, lo acompañaron en el recuerdo cuando se trasladó a la ciudad y sufrió la desacralización de la vida urbana. La poesía lo regresó al mundo ritualizado de su pueblo y su familia, de sus (nuestros) antepasados, nunca mejor resumida y valorada que en la palabra poética.

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