Literatura

Octavio Paz, También soy escritura. Octavio Paz cuenta de sí, edición de Julio Hubard, Fondo de Cultura Económica, México, 2014, 124 pp.


Frida Conn

Para Octavio Paz (Ciudad de México, 1914) no había mejor testimonio de vida que su poesía. En una de las cartas a su traductor Jean-Clarence Lambert, fechada al 3 de septiembre de 1952, Paz aseveró que más allá de sus poemas, el resto era simple banalidad: era “la no-vida”.

     También soy escritura. Octavio Paz cuenta de sí es un recorrido introspectivo por el pasado, un diálogo atemporal con el hombre que habita aún ahora entre los versos y los renglones de sus propias creaciones. Julio Hubard (Ciudad de México, 1962), responsable del ensamblaje de este “soliloquio autobiográfico”, reúne material de textos poéticos, ensayos y entrevistas publicados anteriormente con la intención de presentar no solo a Octavio Paz el escritor, el intelectual, sino también al hombre que testimonió su paso por esa no-vida.

     Cada línea incluida en También soy escritura es propiedad de Paz, Hubard únicamente toma su voz para componer un texto cronológico partiendo de fragmentos, evocaciones y recuerdos de la biblioteca del abuelo Ireneo, del padre revolucionario, de Mixcoac y sus jardines, de Estados Unidos y el choque con el inglés, de las crisis de fe en medio de sermones soporíferos, de la política y su desencanto con la izquierda, de España y la Guerra Civil, de Neruda, de la India y sus misterios.

     Cabe mencionar que la propuesta de Hubard excluye notas, bibliografías, pies de página y demás elementos técnicos que permitieron el armado de También soy escritura a favor de una lectura más natural. Por este motivo no se citan los versos tomados de algunos de los poemas capitales de la obra de Paz: Piedra de Sol (1957), Blanco (1966), Pasado en claro (1974), Nocturno de San Idelfonso (1976) y Carta de creencias (1988), ni tampoco de los textos extraídos de libros como Xavier Villaurrutia en persona y obra (1978), Hombres en su siglo (1984) o Pasión Crítica (1985). El resultado final es un libro dividido por fechas en seis apartados donde se alternan prosa y versos que se complementan, dando lugar a un cúmulo de confidencias personales, experiencias y episodios cardinales narrados por Paz.

     La sección que abre También soy escritura corresponde al periodo de la vida del poeta que va desde su infancia hasta los quince años. Los recuerdos más remotos están colmados de una sensación de abandono, una conciencia del propio vacío interior que se ve reflejada en los primeros encuentros de Paz con la escritura: “El bulto llora. Desde hace siglos llora y nadie lo oye […] Instante interminable: oírse llorar en medio de la sordera universal” (p. 11). Cuando el niño se sabe ignorado en un mundo extraño pero a la vez familiar, se le revela la verdad: “Ya lo sabes: eres carencia y búsqueda”.  El reconocimiento de esa ausencia, de esa presencia sin cuerpo a la que Paz llama “hueco”, es el momento que señala la separación entre el individuo y el mundo que le rodea; es, a su vez, la puerta de acceso a uno mismo, porque al descubrir su vacío, Paz se descubre a sí mismo.

      Tanto el padre como el abuelo contribuyeron en el desarrollo intelectual y práctico de Paz, siendo don Ireneo la figura masculina de mayor influencia en la vida de un joven e impresionable Paz. La casa de Mixcoac y la gran biblioteca del abuelo se convierten en el primer punto de contacto del poeta con la literatura y de lo que más tarde sería el descubrimiento de Oriente: “de modo que por los dos extremos de mi ser, el indio y el español, muy pronto tuve conciencia de otros mundos y otras almas” (p. 22).

     La entrada de Paz a la adolescencia queda marcada por la colisión con el erotismo y la blasfemia: “Las misas eran largas, los sermones aburridos y mi fe comenzó a congelarse […] Además, pensaba en las muchachas. La Iglesia se convirtió en una proveedora de sueños eróticos cada vez más indecentes. […] Un buen día, […] comprobé que la comunión no me había producido ningún efecto. […] Escupí en el suelo como si quisiera devolver la hostia, bailé sobre mi escupitajo, dije dos o tres maldiciones y reté a Dios” (p. 20).  Con este desengaño comenzó  la jornada ideológica de Paz  –en Itinerario (1993), el escritor relata su “camino de búsquedas” por diferentes ideologías de forma detallada–, travesía que concluyó hasta el fin de sus días.

     El periodo de 1929-1937 es el de los años de Pablo Neruda y de T.S. Eliot; de los primeros roces con el surrealismo y el modernismo. Igualmente, Paz halla en la poesía la culminación de sus ideales, ya que “la defensa de la poesía era inseparable de la defensa de la libertad” (p. 45).  La verdad de las palabras que Alberti pronuncia se evidencia tiempo después  en poemas como Blanco o en ensayos como La llama doble o El mono gramático: “En lo que escribes hay una búsqueda del lenguaje y por eso tus poemas, en el fondo, son más revolucionarios […] Tú te propones explorar un territorio desconocido –tu propia intimidad– y no pasearte por parajes públicos en donde no hay nada que descubrir” (p. 45). Algo que distingue a la poesía de Paz es precisamente su carácter intimista a la vez que universal.

     La primera estancia de Paz en París viene acompañada de un acercamiento al surrealismo y sus representantes, André Breton y Benjamin Péret.  En el surrealismo halló “la idea de rebelión, la idea del amor y de la libertad en relación con el hombre”. Más que su lenguaje o sus teorías, lo que Paz tomó de él fueron nociones que poblaron sus poemas: imaginación, amor y erotismo, libertad, “otredad”. Dichos elementos se vuelven para Paz los fundamentos de una visión poética propia y de un universo poblado por el silencio, el vacío y la palabra. Dado que el surrealismo desafía la veracidad de la realidad y la realidad cuestiona la supuesta libertad del hombre, Paz toma una postura: “Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y que me inventa cada día” (p. 82).

     Es en Estados Unidos donde Paz se entera de la existencia de los campos de concentración comunistas y sobreviene la consecuente ruptura definitiva entre el sentir y los ideales en los que creía: “Más que un rompimiento fue un alejamiento: dejé el periódico [El Popular] y dejé de frecuentar a mis amigos comunistas. La oposición entre lo que pensaba y lo que sentía era ya más ancha y más onda” (p. 59).

     La obsesión de Paz por el presente recorre su obra desde los inicios. En el discurso del Nobel, el poeta dice: “La poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un poema; lo aparta de la sucesión y lo convierte en presente fijo. […] Buscaba la puerta de entrada al presente […] Un día descubrí que no avanzaba sino que volvía al punto de partida: la búsqueda de la modernidad era un descenso a los orígenes. La modernidad me condujo a mi comienzo”.  Para entender mejor al Paz del París de la posguerra –y su obra completa, en realidad– hay que considerar su búsqueda de la modernidad como punto de partida.  Por su parte, la necesidad de encontrarse era acuciante en aquellos años y la respuesta fue volcarse en las palabras, “escribía, tal vez como compensación o como desquite. La escritura me abrió espacios inexplorados” (p. 82). El laberinto de la soledad y ¿Águila o Sol? surgen en este periodo de tumultuoso desconcierto.

     Entre la literatura y el descubrimiento de la India y Japón, el universo paciano se va consolidando: la mujer aparece como la encarnación de la “Otredad”; la poesía se transforma en una configuración de signos (cuestiones abordadas en Los signos en rotación, 1965). A partir de este momento se manifiesta con mayor agudeza lo que Paz perseguía en la poesía: una forma de definir lo indefinible, un intento de cristalizar las experiencias humanas a través de la vivacidad del amor y del erotismo, del encuentro simultáneo del otro en el yo y viceversa.

     De regreso en la India, Paz conoce a su segunda esposa,  Marie José, y se pierde en el idilio con Oriente hasta que la matanza de los estudiantes de Tlatelolco en 1968 lo hace volver a México y  renunciar a la vida diplomática. Durante este periodo cobra forma Blanco (1966): “[El poema] es la negación de Piedra de sol puesto que niega en cierto modo al tiempo: sólo el presente es una presencia: el cuerpo femenino visto, tocado, oído y sentido como un paisaje, y ambos, la tierra y la mujer recorridas como un texto, oídas y pronunciadas como un poema” (p. 102).  Blanco encierra  la concepción de Paz sobre el tiempo. Como Blanco, el tiempo no es lineal, sino una especie de fragmentación sincrónica que se concreta en el presente,  “el sitio de encuentro de los tres tiempos”. El ahora y el aquí confluyen en un mismo instante gracias a la poesía, manifestación del presente permanente que construye una realidad contrapuesta a la fugacidad de la no vida.

     Finalmente, en la última sección de También soy escritura, Paz afirma que la única lección que le queda por dar es que: “luchar contra el mal es luchar contra nosotros mismos. Y éste es el sentido de la historia” (p. 123). Y es que, para él, la historia es un constructo, así como el mal es exclusiva e inherentemente humano. Los hombres, hijos de la naturaleza, son apenas un episodio en la evolución natural, pero es su dualidad la que permite la coexistencia del horror y la virtud, la capacidad de crear y de destruir, la solidaridad y la indiferencia, el amor y el odio.

     El producto de los esfuerzos de Hubard dilucida múltiples facetas poco conocidas de Octavio Paz. Como guía es un buen libro introductorio; como propuesta, cumple con el propósito de emular una autobiografía. Pese a su idea de mostrar al lector una compilación depurada de la presencia del investigador, la inclusión de un apéndice que explicara el proceso de selección de los textos o, por lo menos, una sección con el nombre de los libros y poemas originales de donde se tomó material, no habría afectado en modo alguno la lectura ni la intención de Hubard.

     En “Hermandad”, Paz escribe: “Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en este mismo instante / alguien me deletrea”. Paz habla de un desdoblamiento, de una pluralidad de individuos que sobrepasan los límites del lenguaje para compartir un momento de  comunión y de unidad al comprender realidades ajenas y simultáneamente compartidas, puesto que “por la simpatía los elementos desunidos se vuelven universo” (p.  39). En el libro, Hubard  –como él pretendía–, queda relevado del papel de narrador y al ceder a Paz el discurso en el relato de varias décadas de camino por la no vida, consigue crear un universo íntimo, un espacio para la conversación  y el intercambio en los que alguien deletrea al poeta. En También soy escritura, la voz de Paz (al igual que la de Hubard),  se diluye en las circunstancias históricas, políticas y sociales que relata y que terminan por hacer del individuo otro elemento de la narración, no el protagonista de los episodios. Cuando el poeta afirma “también soy escritura”, se refiere a que no es él quien narra la historia, sino que la historia lo narra a él, porque la historia es “una intersección entre un tiempo y un lugar”; porque la historia no tiene ni fin ni finalidad; porque la historia, como diría Paz, se hace y nos deshace.

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