Literatura

Fermín Herrero, Sin ir más lejos, Hiperión, Madrid, 2016, 60 pp.


Javier Revello Sánchez

Abre el poemario de Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) una cita de Jung que dice: “Lo sencillo es siempre lo más difícil. De hecho, ser sencillo es la más sublime de las artes”. Tras leer el texto, esta frase pasa de ser una afirmación abstracta para convertirse en un resumen certero de la experiencia poética. La poesía de Herrero oscila entre lo natural y lo costumbrista, lo sublime y lo efímero, lo localista y lo hermético, y si bien por momentos deslumbra con su equilibrio casi ascético, en muchos otros no acaba de alcanzar tan “sublime arte”.

     La voz poética es a ratos dulce, a ratos íntima, siempre cotidiana, pero en su conexión profunda con la tierra que la engendra y el vocabulario y los modismos que la moldean se hallan tanto su origen como su limitación. Sirvan como ejemplo paradigmático de este sincretismo entre lo concreto y lo universal los versos: “La necesidad era mucha, por poco / si arruchamos. Por no saber no sabes / ni que tampoco a ti te entenderá tu hijo” (p. 21). El uso del vocabulario rural y local, y la capacidad de evocar imágenes tan frías como los campos que las inspiran, se ven aquí resumidos de la forma más precisa posible: la no persistencia de la memoria y la negación de lo eterno frente a lo cotidiano, lo despreocupado, lo diríase casi cómico de “arruchar”. Son estas irregularidades en el tono las que, en cierta forma, alejan al texto de alcanzar la trascendencia a la que aspira.

      Son los finales de Herrero de una sequedad proverbialmente castellana. Si el final de un poema es el poso, la firma, el puño, la resaca, el vacío, en sus líneas él demuestra que su voz no es de nada ni de nadie. Son finales casi epigramáticos: “Mi madre se persigna. El frío es nuestro” (p. 45); “En lo sombrío / una blancura de sudario permanece” (p. 33); “Es propio de los jóvenes ser / oscuros, con los años en cualquier / levedad se cimenta un equilibrio” (p. 22). Sus poemas terminan con líneas breves e imágenes concisas, dejando una sensación como de disparo o larga cuchillada. Como pasa con el resto de los versos, el problema a veces es que la forma no acaba de resultar definitiva y por tanto no resuena con fuerza al acabar la lectura. Si un final debiera ser puño o caricia, a ratos no queda claro si sus poemas saben estar enfadados o ser tiernos.

      Leer a Herrero es descubrir una voz rural y ascética, tierna y sencilla, honda y natural, que canta sobre el sí mismo de Whitman y los árboles de su tierra; sobre el frío y la nieve, la muerte y los padres, los pájaros y los ríos. El único problema es, teniendo en cuenta que toda naturalidad tiene un precio, que aquí el compromiso con lo cotidiano no consigue juntar dos realidades para ser puño o caricia, sino enseñar sin filtros el contraste. Así pues, otra de las citas que abre el libro, “seamos, pues, humildes ante la naturaleza”, parece ahora una reseña ya escrita: Ingres afirmaba que la naturaleza sabe ser definitiva sin ayuda. Lo difícil, como dijo Jung, es que nosotros cantemos de la naturaleza con su misma y sublime sencillez.

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