Literatura

Marina Perezagua, Seis formas de morir en Texas, Anagrama, Barcelona, 2019, 281 pp.


Paulo Guarneros

La literatura de Marina Perezagua (Sevilla, 1978) se caracteriza por la precisión del lenguaje y la cuidadosa elección de las palabras. Si bien su lectura puede resultar a ratos incómoda, nunca deja de ser satisfactoria. En mi caso, acercarme a su obra completa me permitió no solo entender, sino también apropiarme de esa incomodidad. Sus libros son tan dispares que cada uno pareciera estar buscando algo que lo defina, como sucede con H., protagonista de Yoro, que evoluciona a medida que comprende su relación con el cuerpo, su identidad “a medias” entre hombre y mujer.

La diferencia principal entre los libros de cuentos (Criaturas abisales, Leche) y las novelas Yoro y Seis formas de morir en Texas radica en la presencia de elementos fantásticos. En Leche, por ejemplo, podemos observar cómo la mascota de un niño termina convertido en su platillo principal; a pesar del sentimiento inicial que podría provocar una escena como esta, la fantasía la respalda y la aligera y la atrocidad se sabe producto de la imaginación. En el otro extremo, en las novelas, caracterizadas por un tenor más realista, Perezagua busca escribir sobre las tragedias cotidianas: las enfermedades mentales, las violaciones, el abuso del Estado, etcétera.

En cuanto a la forma, hay un gran acierto en Seis formas de morir en Texas, y es poner las cartas en una disposición visual que difiere de la narración. De esta forma, se vuelve más fácil para el lector involucrarse con el texto. Al tratarse de textos cortos, la tipografía sin serifas los dota de una correcta legibilidad, evitando fatigar al lector con una lectura a renglón seguido. La longitud de los fragmentos que componen cada capítulo parece estar pensada para generar una sensación de ligereza, algo que contrasta con la crueldad de la novela.

Los espacios en la obra de Perezagua son de vital importancia, pues cumplen, en su mayoría, una doble función: apartarte del mundo (como en el caso de H.) o castigar por un crimen. En Seis formas de morir en Texas el exterior se presenta como algo extraño y ajeno, aunque también se añora la libertad y el contacto con la naturaleza: “había tenido uno de mis sueños de libertad, y en ese sueño yo era capaz de ver […] En contraste, al despertar respiré un aire encerrado, porque en el corredor también el aire está condenado a muerte […] Las sensaciones se detienen, se atrofian”.

Algunas historias de Marina Perezagua encuentran hogar en lugares aislados (Yoro, Seis formas de morir en Texas y cuentos como “Iluminaria” o “Fredo y la máquina”, ambos de Criaturas abisales). En Yoro, H. escribe una confesión privada de su libertad mientras que Robyn (protagonista de Seis formas de morir en Texas) guía la narración por medio de sus cartas mientras espera la muerte: “esta es una de las satisfacciones que me quitó el ingreso en prisión: la posibilidad de comunicar vivencias hermosas, pues aquí todo está ideado para que nuestros días sean míseros, una se acostumbra a esa negrura y acaba por pensar que el recrear momentos felices puede ser tomado –y seguramente así es– como un acto de subversión, con su consiguiente castigo”. El espacio cerrado y sus limitaciones dan pie a que se cuenten extraordinarias historias de denuncia, pues, sobre todo, la novela nos habla sobre el terror de la cotidianidad desde una celda y la relación entre los protagonistas y la muerte inminente.

En la obra se menciona, a partir de la petición del padre de Robyn, que “otras, ya enloquecidas desde hace años, aseguraban que yo era la primera de toda una reserva de reas que el Estado iba a utilizar como cantera de órganos, y vaticinaban que antes de un mes las más afortunadas estarían divididas por una enorme cicatriz, con un riñón menos, y las más desdichadas –aquellas con más de un órgano aprovechable y en demanda– estarían ya en una morgue o en el hoyo”. Robyn describe las maquinaciones de una presa enloquecida mientras que al lector se le deja saber desde el principio que “Zhou Hongqing fue uno más de los casi once mil ejecutados cada año durante la década de los ochenta en la República Popular de China”. Se menciona que Zhou Hongqing fue uno de los reos cuyos órganos se extirparon antes de su muerte de tal manera que pudieran ser trasplantados en el pecho de James T. Peterson, estadounidense al que busca la descendencia de Zhou. Así, lo que en Estados Unidos, en el corredor de la muerte, aparece como una ficción ideada a partir de la locura, en China se convierte en una realidad: “la sustracción de órganos es la principal vía del partido para erradicar a Falun Gong, al tiempo que utiliza los cuerpos de sus practicantes como mercancía y moneda para alimentar un sistema sanitario asesino”. La República Popular de China se presenta como una cuna de asesinatos y tráfico ilegal de órganos.

Es difícil y doloroso leer las cartas de Robyn, que no solo concientizan al lector sobre las condiciones precarias que se viven en el corredor de la muerte, sino que hablan también de un abuso sistemático hacia las mujeres. Así, a partir de una de las cartas que Robyn escribe a su padre, se espera lo peor: “creo que estoy sana, cuando entré no tenía ninguna enfermedad infecciosa, y si de aquí a la fecha indicada para el trasplante ningún guardia me viola, mi sangre seguirá limpia”. En la misma línea, Perezagua hace una denuncia a través de las cartas de Robyn sobre los abusos a la mujer: “hay lugares donde, si las mujeres no ofrecieran placer, les cortarían los pechos como si fueran cuernos de rinoceronte […] O tal vez porque a algunas mujeres infieles sus maridos les amputan la nariz”.

En Seis formas de morir en Texas se aprecia un recurso de simultaneidad que me parece necesario, pues a través de él las comparaciones entre un estado de libertad y de encarcelamiento se vuelven más brutales: “mientras que en el Yee’s Restaurant Xinzáng mastica la piel tostada del ganso, su parte preferida… Xinzáng se queda solo sin sospechar que una muchacha está siendo alimentada como una oca. Y la muchacha ahora vuelve a gritar, y un guardia le pone una máscara para contenerle la mandíbula”. Esta simultaneidad parece además servir como un descanso de la lectura y a la vez balancea la narración, pues se sabe que no solamente la denuncia de la que se habla atañe a Robyn en el corredor de la muerte, sino al tráfico ilegal de órganos en China: “no se trataba de casos aislados y cometidos clandestinamente, sino de miles de víctimas inocentes ejecutadas por el Estado con el propósito de extraerles los órganos, y todo ello por medio de la colaboración de centenares de médicos, enfermeros, militares, policías, hospitales”.

La denuncia y el horror a partir de los que escribe Marina Perezagua se presentan desde Leche, con “Little Boy”, hasta Yoro –novela en la que la trama nos lleva a la explotación minera en África y los abusos constantes de los cascos azules de la ONU en países donde ha intervenido– y Seis formas. En sus obras se aprecia una denuncia hacia los mecanismos de poder utilizados para reafirmar la supremacía estadounidense: “esa pena de muerte que el estado de Texas regala a sus ciudadanos para escarmiento máximo de criminales e inocentes”. La crueldad se hace ya evidente en Criaturas abisales, pero en este tiene un tinte distinto, pues es más digerible y menos real, es más fácil acercarse a ella, entenderla y seguir. Sin embargo, no sucede lo mismo con Yoro o Seis formas de morir en Texas: “antes de la ejecución el recluso debe pasar por un examen médico que certifique que se encuentra en buen estado de salud. Puede resultar una contradicción, pero el sistema es perverso en cada átomo, y se basa en el hecho de que cuanto más vivo esté el vivo, más viva, más hiriente, más incisiva será su muerte”. Es en estos textos donde la realidad se vuelve intoxicante, donde el peso de la lectura profunda se posiciona con mano firme sobre el pecho del lector al leer sobre las atrocidades cometidas en nombre del Estado, sea Estados Unidos o China: “o se cuenta, o se silencia. Aunque se trate de una tortura institucionalizada por el Estado no hay forma humana de describirla sin apelar al horror. Eso es todo”.

Marina Perezagua posee una voz fuerte y atrevida. En Seis formas de morir en Texas no hace sino reafirmarlo y posicionarse como una autora que apuesta por el rigor estilístico y por los temas que la caracterizan. Aunque en sus cuentos no haya una denuncia tan marcada como en Yoro o Seis formas de morir en Texas, y pese a que Don Quijote de Manhattan (Testamento Yankee) rompe un poco con el estilo del resto de su obra, hay que decir que la escritura de Perezagua no ha sido sino una evolución constante, una evolución que deja a los lectores en vilo, atentos, como no podía ser de otra forma, a su próxima propuesta incómoda.

 

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