Literatura

María Enriqueta Camarillo y Roa de Pereyra, Rincones románticos. Una antología general, Fondo de Cultura Económica, México, 2017, 591 pp.


Casandra Garza

“Vivir –según yo lo siento– no es estar en la tierra, ya sea por cortos o largos años. Hay individuos que llegaron a los ochenta y que no vivieron. Solo se vive aquella o aquellas épocas en que un cruel dolor o un goce intenso pintaron fuertemente, ya con soles trágicos, ya con hermosos resplandores de aura boreal. Quien no pasó por una de estas dos fases vegetó solamente, y quien probó las dos vivió dos vidas”. Las palabras que abren la novela El secreto (1926) bien resumen la visión trágica de la vida que permea la obra de María Enriqueta Camarillo y Roa de Pereyra (Coatepec, 1872–Ciudad de México, 1968). En sus textos, los personajes más compasivos son también los más compadecidos: el grado de virtud de estos se mide, ante todo, por el sufrimiento que sobrellevan con resignación.

Rincones románticos. Una antología general, preparada por Esther Hernández Palacios, reúne textos en verso y en prosa de la escritora coatepecana, a los que se ha atribuido un marcado corte moralizante, que se entiende por la educación conservadora y católica que recibió María Enriqueta, criada en una de las familias más sobresalientes de Veracruz hacia finales del siglo XIX. Sin embargo, no dejan de sorprender por su pronunciado carácter melancólico: muchos personajes de sus cuentos se encuentran en la feliz espera de algo que nunca sucederá o de alguien que nunca llegará. La muerte prematura es uno de los constantes obstáculos que impide a los personajes reunirse con eso que tanto anhelan, pero también el engaño o la ingenuidad en que muchos de ellos viven. Del primer tipo destaca “El ardid”, contenido en El misterio de su muerte (1925). En él, Germán, el protagonista, concibe a detalle un plan para provocar los celos de su esposa Beatriz y así probar su amor. Tras escribir una misiva falsa, firmada por una supuesta amante, Germán planea dejarla caer en su estudio para que su mujer la encuentre al día siguiente, esperando así presenciar una escena de celos que luego calmará confesando la verdad. Lo que no tenía previsto, por supuesto, es que la muerte le sorprendiera antes de terminar los preparativos de su ingenioso proyecto. La carta permanece guardada en el bolsillo de su abrigo, Beatriz la encuentra después del fallecimiento de su esposo y termina por creer su contenido. Algo similar ocurre en “Llegará mañana”, donde una anciana aguarda con emoción el regreso de su hijo Sebastián a la casa materna. La mujer ha recibido una carta (las cartas en la obra de María Enriqueta son, las más de las veces, portadoras del mayor júbilo o la peor desdicha) donde este anuncia su próxima llegada, provocando que la mujer vaya de puerta en puerta comunicando la alegre noticia. Lo que ignora la mujer, pero no el lector, es que su hijo fue asaltado y asesinado a las afueras de un poblado cercano, por lo que el anhelado reencuentro nunca se lleva a cabo.

Entre los relatos en que el engaño o la ingenuidad se interpone entre los protagonistas y su felicidad sobresale “El pasado” de Enigma y símbolo (1926), cuento protagonizado por Marijuana, mujer de edad avanzada que regresa tras varias décadas de exilio al pueblo que la vio nacer, pensando encontrarlo exactamente como lo dejó. Sobra decir que el resto del cuento es la triste peregrinación de Marijuana por calles que ya no reconoce, inútilmente buscando viejas amistades que han muerto o han abandonado el pueblo. “La puerta verde”, también perteneciente a Enigma y símbolo, nos ofrece pistas para entender la percepción que de la existencia humana tenía María Enriqueta: “en la vida, todo lo hermoso, todo lo inmensamente deseado, está siempre así, fuera de nuestro alcance, a distancia, defendido por la Puerta verde, por esa puerta eternamente infranqueable, severa, sorda a nuestros ruegos”. Ya sea el retorno del hijo al hogar, una confesión de amor, el billete ganador de la lotería o el remedio de una enfermedad, la promesa de la felicidad raramente se cumple en los relatos de la autora veracruzana. La risa, el placer o la dicha son escasísimos y ella misma confiesa en su Autocuestionario que “en tratándose de arte me parece más noble lo que provoca lágrimas. Y arrancarlas es el triunfo que más me halaga en asuntos literarios”.

Cabe detenerse en El secreto, última novela que escribió y con la que logró reconocimiento internacional (Agathe Valéry, hija de Paul Valéry, hizo la traducción al francés para ser publicada en la revista Les Cahiers Féminins). El texto encierra las meditaciones dolorosas de un niño en su paso a la adultez. Bildungsroman con tintes románticos, relata las vicisitudes de una rica familia venida a menos desde el punto de vista de Pablo, el hijo varón. Los padres, tras reconocer la difícil situación económica en que se encuentran, concentran sus esperanzas en él. Sin embargo, a pesar de las promesas que hace a sus progenitores de enmendar su conducta (pues Pablo es, por naturaleza, desobediente y falto de cordura), el hijo se torna más inquieto y rebelde que nunca. Sin dejar de lado el carácter didáctico y moralizante, El secreto destaca en la vasta producción de su autora por presentar un protagonista infantil psicológicamente más complejo que los niños de sus cuentos: en ellos, estos son pura inocencia y amor filial. Si llegasen a causar un mal, es tan solo por desconocer que lo hacen. Por el contrario, el protagonista de El secreto es consciente de sus malos actos tanto antes como después de haberlos realizado. Fiel retrato de la inconstancia y la contradicción humanas, a Pablo no le valen los castigos ni su genuino deseo de no dar más motivos de preocupación a sus padres para enderezar su camino. Entre más se propone mejorar su conducta, más cruel esta se torna. No obstante, Pablo no busca escapar del castigo y en ocasiones es él quien pide ser justamente amonestado.

En un texto donde narra la visita a un vendedor judío en Ámsterdam, María Enriqueta escribe: “pensé, mientras avanzaba a lo largo de la torcida calle, que yo también, como el judío de las baratijas, tenía un enemigo implacable –mi pensamiento–, el cual, carpintero a su vez como el otro, se empeñaba en torturarme con martillos y limas crueles…”. Son varias las veces en que María Enriqueta menciona en sus textos personales que desde pequeña sufría las violentas embestidas de una “voz interior” que le revelaba futuras desgracias. Las palabras citadas aquí bien podrían pertenecer al personaje de Pablo, pues también él es víctima de un pensamiento siempre inquieto (herencia de su abuelo, un escritor de fantasía) que cree anticipar la tragedia. La primera vez que somos testigos de ese pensamiento torturador que Pablo padece es cuando sus padres, ante la necesidad de pagar sus deudas, venden el piano de la familia. Pablo, al observar cómo es transportado el pesado objeto fuera de su casa hacia la calle, se imagina que la voluminosa caja contiene un muerto, probablemente su padre. Esta premonición (que a nadie comunica) lo atormentará constantemente, en especial durante los años de ausencia de este, quien se ve obligado por la amenaza de dejar a su familia en la miseria a aceptar un trabajo en Argentina.

No es sino hasta que piensa que su padre ha muerto que Pablo inicia su transformación espiritual: el dolor que le genera saberse único conocedor del secreto sobre su padre es lo que le permite madurar y comenzar a vivir conscientemente: “Mi existencia era ya una tortura de todos los instantes. Al fin sabía ya que vivía, y lo sabía precisamente, porque el dolor me gritaba en todo momento: ‘Aquí estoy contigo, aquí estoy’ […] Ya paladeaba la vida gota a gota”. A la manera dostoyevskiana, el sufrimiento es lo que lo conduce a una auténtica redención moral. A partir de ese momento, Pablo se torna un muchacho enfermizo, callado, melancólico; muy lejano al niño travieso e inquieto de los primeros capítulos. Asimismo, impone orden en su vida, comienza a practicar la cerámica de forma profesional y en pocos años se convierte en el sustento de la familia. El desenlace de la novela, justo el momento de mayor felicidad para Pablo, es necesariamente breve, pues para la veracruzana “la dicha verdadera y amplia es breve. Solo el dolor es largo”.

Pese a su difusión dentro y fuera del país, y de la fama que consagró a María Enriqueta durante su carrera literaria (el amplio número de libros que publicó en vida da cuenta de la gran aceptación que cultivó entre sus lectores), su obra fue pronto condenada al olvido, de la que esta antología tiene la indudable virtud de rescatarla. Ahora, sin dejar de lado el mérito que implicaba ser en su tiempo escritora profesional, una de las muy pocas, no podemos pasar por alto que sus textos resultan hoy anacrónicos, insertos en un romanticismo caduco. Atendían a un público que, como ella, pensaba que la literatura era sobretodo un medio para educar moralmente. Bajo su percepción, la vida que vale la pena vivir es un cúmulo de desgracias y sufrimientos, obstáculos que sus víctimas deben aceptar con humildad para quizás experimentar, aunque momentáneamente, un atisbo de felicidad.

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