Literatura

Kiko Amat, Revancha, Anagrama, Barcelona, 2021, 328 pp.


Rosa Martí

Kiko Amat está acostumbrado a dar caña, a sorprender, a hacer ruido. Se ha ganado un lugar en la literatura dándonos donde más nos duele, pero detrás de cada uno de sus textos se le nota oficio, dedicación y un mimo que contrasta directamente con la violencia de su prosa. Revancha a ratos duele como un puñetazo en el estómago cuya agudeza nos obliga a mantener los ojos abiertos. Notas la quemazón, la contusión, pero sigues leyendo, como una masoquista, como una adicta, hasta el final. Ríete tú de Anthony Burgess, Irvine Welsh o Bret Easton Ellis; Amat tiene una fuerza que noquea desde la primera página. Es una novela de venganza, de skins, de familias desestructuradas, de amor fraternal, de odio, de mucho odio indiscriminado. Una historia de violencia, donde también hay lugar –y mucho– para la ternura, y, si me apuras, para la redención. Eso sí, no es apta para pusilánimes.

Revancha es una novela perfectamente estructurada, redonda, con varias tramas que se entrelazan hasta llegar a un final donde todo cuadra. Bajo su aparente simplicidad, tras ese lenguaje coloquial –a ratos impregnado de neologismos, pero siempre preciso– hay una auténtica labor de relojería.

Revancha supone una lectura ágil, ya que el autor sabe mantenernos en continua tensión y al mismo tiempo alimentar nuestra curiosidad. Todo está perfectamente estudiado, Amat nos coge de la nariz y nos lleva adonde él quiere: nos pasea por los bajos fondos barceloneses, por los pueblos de la periferia, por las gradas del Camp Nou; nos conduce al camping abandonado en el que habita el solitario César ‘Jabalí’, pasando por los barrios altos en los que se crió Alberto ‘el Cid’ y por el mugriento hogar donde pasó un infierno Amador.

Hay dos voces narradoras, en primera y en segunda persona; la segunda, la de Amador, es puro glutamato que lo une todo, concebida para que sea una primera persona enmascarada de segunda, a la vez que es un poco tercera porque parece que te esté señalando cosas que le pasan a alguien más. No obstante, sigue siendo una segunda voz, te habla a ti, te está apelando y es esa voz la que acarrea todo el peso de la narración. Nada es casual o caprichoso en Revancha, todo está minuciosamente calculado.

Al igual que dos voces, hay también dos líneas argumentales que están relacionadas desde la primera página aunque ellos, los personajes, no lo saben. Pero sí el lector. La acción no es lineal, sino que viene marcada por rupturas de espacio y de tiempo, abarcando treinta años, en realidad más, desde la infancia de los protagonistas hasta el día en que todo concluye, en la última página. Al igual que cuando pelamos una cebolla, a medida que avanzamos en la lectura descubrimos retazos del pasado que tienen un peso abrumador en la trama, y que nos sirven, de alguna forma, para perdonar o condenar a los personajes.

Amat se centra en los registros más informales de la lengua y utiliza un léxico coloquial y argótico, plagado de modismos y tropos que funcionan como marcadores del perfil social de los personajes de Revancha. No sé si como homenaje a Naranja mecánica o por observación personal, el grupo más cerrado, el de los ultras, utiliza un sociolecto marginal que lejos de sonar artificial o forzado le da cohesión y verosimilitud al grupo. De hecho, al principio yo pensé que era slang futbolero, pero en la segunda página te das cuenta de que, tanto si es real como inventado, no dificulta ni un ápice la comprensión del texto: dualo por “negocio”, muza por “boca”, nodos por “ojos”. Como en Naranja mecánica, quizás, pero también como en cualquier grupo cerrado. En mi familia, por ejemplo, al dinero lo llamamos pimpis por motivos que escapan cualquier explicación filológica o etimológica.

El tema de Revancha es ese, la venganza. Los protagonistas quieren vengarse del mundo entero, están rabiosos porque tienen una vida miserable, por no haber tenido las oportunidades que otros tuvieron, por tener como única salida la mediocridad y la pobreza. Para hacerlo Amat crea personajes muy vivos, hace que el lector conozca al personaje, que se lo crea, y lo demás viene rodado, no tienes que ser un marginal para comprender la novela. Ni tampoco un erudito. Es una novela que está pensada para gustar a un amplio espectro de lectores, incluso a los no lectores. ¿Sabes esos jóvenes que se tragan todas las series de serial killers pero no abren una novela porque creen que leer les aburre? Dales Revancha y verás cómo la devoran, tiene todos los ingredientes para que les resulte atractiva: ritmo, peleas, incomprensión familiar, coches de gama alta, amor no convencional y un final de película.

Amat sabe que la mejor forma de despertar la empatía en el lector es hacer que este conozca a los personajes al dedillo. Incluso si son unos individuos execrables, si los conocemos muy bien, tendemos a juzgarlos desde otro lugar y el relato funciona, gana verosimilitud. Es un poco como pasa con Tony Soprano: es un mafioso asesino, pero tiene nuestra simpatía, y eso es porque lo conocemos muy bien.

Así, en Revancha los personajes hacen cosas terribles, pero hay una gran dosis de ternura, y una cierta justificación, no desde el punto de vista moral, pero sí desde el humano. De alguna forma, su sufrimiento les redime. Ojo, no todos los personajes son redimibles; de hecho, ninguno lo es del todo, y hay algunos tan deleznables, tan despreciables, tan mezquinos y cobardes que te sorprendes a ti mismo disfrutando en las situaciones en que beben de su propia medicina. La venganza anida también en el corazón del lector. En el libro hay muchísimas escenas violentas, pero el mensaje del autor es claro, no hace apología de la violencia, no la ensalza, sino al contrario, la describe como es: el resultado de la violencia. Es sucia, es inútil, es denigrante. No cura nada y solo genera más dolor. Más ansias de revancha.

 

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