Literatura

Miqui Otero, Rayos, Blackie Books, Barcelona, 2016, 320 pp.


Helena Serna Palacio

“Para ver en la oscuridad hay que pasar un buen rato en ella” (p. 131), afirma el protagonista de Rayos, Fidel Centella, quien por experiencia propia sabe bien lo que significa. Fidel vive en Barcelona y, sin tener demasiada orientación ni en la calle ni en la vida, decide emanciparse. A partir de esa decisión, tendrá que enfrentarse a los nuevos problemas que se le irán presentando. El autor, Miqui Otero (Barcelona, 1980), refleja en esta novela el miedo a crecer y a afrontar la realidad. Fidel, a pesar de que se pierde cada vez que tiene que ir a algún sitio o cada vez que tiene que tomar una decisión, logra avanzar, poco a poco y con ayuda, en la oscuridad de la incertidumbre, hasta recuperar el rumbo de su vida.

Cuando Fidel se encuentra en una situación donde se extravía y se siente vulnerable, empequeñecido o inseguro, recurre a la infancia para cobijarse de la realidad. Cuando su mundo se tambalea, se aferra a lo que para él es un lugar seguro: el pasado donde no existían los problemas ni las obligaciones. Como a veces con pensarlo no es suficiente, recurre a ponerse su camiseta preferida cuando era niño: una camiseta de Barcelona 92 que, como él explica, “ahora me marca los pezones y deja mi ombligo al aire” (p. 31). Al igual que esta camiseta no alcanza a cubrir su torso, el pasado ya no alcanza a cubrir sus miedos. Por mucho que intente autoconvencerse de que “no pasa nada”, frase que se repite a lo largo de la novela –y que además es el título de varias partes del capítulo II–, a Fidel no le queda otra alternativa que enfrentarse a sí mismo: “si focalizas todas tus fuerzas en una preocupación que promete placer, anulas el resto de las preocupaciones” (p. 215). El tiempo, sin embargo, le ha enseñado que es inútil evadirse de la realidad, pues tarde o temprano esta termina por alcanzarlo.

“Las personas como yo, con un sentido de la orientación artero, […] suelen recluirse. […] Y, sin embargo, me muevo. Y, sin embargo, mis lazarillos son los Rayos” (9). A consecuencia de su desorientación, Fidel necesita en muchas ocasiones algún tipo de brújula que le indique dónde está el norte. Por un lado, Fidel utiliza los rayos de luz que apuntan al cielo desde el Museo de Montjuic, una imagen casi emblemática de Barcelona, como punto de referencia para no perderse en su propia ciudad: “Cuando me pierdo, la busco en cualquier punto del barrio y solo me tranquilizo cuando la veo. Cuando veo los rayos de luz, que siempre están ahí. Desde hace siglos. Al menos desde que tengo memoria” (p. 19). Por otro lado, necesita a los Rayos, su grupo de amigos de la infancia, para no perderse entre decisión y decisión. Ambos, Los Rayos y los rayos de luz, representan para Fidel la orientación de la cual carece.

Los Rayos y Bárbara, su compañera de prácticas, componen su círculo de amigos más cercanos: con ellos, Fidel no solo vive aventuras y desventuras, sino que también comparten con él su transición de adolescente a adulto. La amistad, en esta novela, juega un papel crucial. Gracias a sus amigos, Fidel no solo se siente menos perdido, sino que, a pesar de sus dudas, encuentra el valor y la fuerza para seguir adelante y enfrentarse a sus problemas: “a veces creo que seremos jóvenes demasiado tiempo” (p. 149). La nostalgia es otro elemento fundamental en esta novela. Por medio de múltiples regresiones, Miqui Otero refleja la migración de los padres de Fidel en los años 70, la propia infancia de Fidel y cómo conoció a los Rayos, y también sus impresiones sobre la antigua ciudad de Barcelona. La idealización del pasado no solo se ve reflejada en cómo Fidel se esconde de sus miedos, sino también en el cambio que va sufriendo Barcelona a consecuencia de la modernización y la globalización: “Unas lonas con rostros de habitantes de todo el mundo tapan las fachadas de los edificios en mal estado” (p. 18). Sin embargo, aunque Barcelona se haya ido modificando a través del tiempo, los rayos de luz de Montjuic permanecen en la ciudad. De la misma forma, los Rayos, aunque van cambiando a medida que van creciendo, continúan formando parte de la vida de Fidel. Estos dos cambios, aunque quizá no de la misma forma, van evolucionando a la par en la novela.

Al final del libro, Miqui Otero añade “Su novela, gracias”, texto que sirve como cierre de la historia. En él, además de acercar al lector al realismo de la novela explicando que el protagonista podría haber sido cualquier persona y que esa historia es la historia de mucha gente, desvela algunos de los secretos de la trama. De esta forma, el lector no puede sino entrar completa y conscientemente en la novela y así perderse en ella, y por ende en Barcelona, porque como bien dice Fidel: “lo verdaderamente bonito de esta ciudad es perderse” (p. 191).

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