Literatura

Ersi Sotiropoulos, Qué queda de la noche, Sexto Piso, México, 2017, 240 pp.


Aída Islas

Ersi Sotiropoulos es digna heredera del poeta que inspira su última obra. Su densa prosa hace que solo tres días en la vida de Constantino Cavafis ocupen el total de la extensión de Qué queda de la noche. Es un mérito editorial en sí que se publique contenido de tan alta calidad en traducción de una lengua considerada menor para criterios comerciales: la griega. Por eso se le dispensan algunas erratas, omisiones y duplicaciones al texto, que, a grandes rasgos, es una traducción bien lograda, que no se siente languidecer. No contamos con la fortuna, en cambio, de que haya llegado a México la novela que descubrió a Sotiropoulos en España, Zigzag entre naranjos amargos, la cual le valió a su autora el Premio Nacional de Literatura en Grecia. De hecho, su obra es prácticamente desconocida en nuestro país y, salvo por unos cuantos poemas a los que podemos acceder en línea, nos encontramos a oscuras, por lo que nos enfocaremos en su novela como en una isla, aunque sabemos que es más bien parte de un continente (recuérdese a John Donne).

Esta obra, pues, tiene como contexto el París de 1897 con sus pequeños escándalos y acontecimientos  –el Incendio del Bazar de la Charité y el caso Dreyfus, por ejemplo–, con sus sitios de reunión emblemáticos –la maison Doirée y el mítico espacio del Arca–, con los intelectuales y escritores de la época –Jean Moréas, Anatole France, el apenas conocido Marcel Proust, entre muchos otros. Gran parte de este entorno es desarrollado en la novela como un telón de fondo llevado a cabo a partir de pinceladas impresionistas, sobre todo mediante el recurso de las frívolas conversaciones que el protagonista se ve casi forzado a mantener con Mardaras, un personaje borreguil que resulta familiar sobre todo en el ámbito de las humanidades. Arrojando siempre una enorme cantidad de nombres, sin preocuparse nunca por ir más allá de la superficie de los mismos, inmiscuido en cada escándalo o cotilleo pseudo-intelectual y que no cuenta ni siquiera con: “puntos de vista sino opiniones tomadas de acá y de allá”. En fin, tan molesto como pueda ser (y es) este personaje, muestra la capacidad de la autora de crear ficciones a partir de un amplio trabajo de investigación, tanto de fuentes publicadas como de documentos primarios; cada nombre, cada referencia, está basada en su estudio.

El eje de esta investigación fue, lógicamente, el Archivo Cavafis de la Fundación Onassis, que sirvió de base para que la autora imaginara el interior de la conciencia de su protagonista, verdadera y avasalladora dueña de la obra, en la que nos sumergimos como lectores durante casi todo el texto. En su interior el tiempo se dilata y se contrae dependiendo de la intensidad con que experimenta el instante nuestro ficcional Cavafis; el espacio es ahora la elegante recepción del hotel en París, ahora el recuerdo de su despacho en Alejandría, ahora el de una erótica fantasía inventada por la ansiosa mente del autor. Sotiropoulos cruza entre estos tiempos y espacios sin realizar una distinción clara entre lo “real” y lo “imaginario”, logrando transmitir, mediante su estilo, la ínfima distinción que podemos hacer entre estas dos categorías en una experiencia humana. Además, la autora logra entrelazar en el interior de esta conciencia obras tanto del protagonista como de los autores que le dejaron una impronta íntima, yendo desde la cultura clásica con Plutarco, hasta el realismo ruso con Tólstoi y el simbolismo con Baudelaire, entre otros muchos autores que no solo adornan el texto sino que le otorgan verdadera sustancia. Podemos encontrar, por ejemplo, un meritorio análisis, poético y existencial al mismo tiempo, de “El albatros”.

Pero sobre todo, dentro de su compleja forma nuestro Cavafis ficticio nos demuestra que las tragedias no solo suceden con muertes dramáticas o amores perdidos, sino que la vida misma, su desarrollo en la cotidianeidad, puede guardar en su seno una de mayor grado: la de estar tullido por dentro, ser incapaz de desarrollar una parte importante de la propia vida, debido a diversas prohibiciones. Así, el vasto universo interior del protagonista, repleto de deseo y voluptuosidad, contrasta ampliamente con las frases cortantes, las conversaciones dejadas a medias, la poca o nula vida que transmite Cavafis a los seres con los que interactúa chirriando, en una obligación auto-impuesta que lo irrita. La certidumbre de su potencial como poeta, el amplio ego del que se sabe superior al resto, contrastan a su vez con el asco que siente por sí mismo y con lo tortuoso que es para él descubrir su propia esencia: “Como en un gran cuadro en que al rasgar el lienzo aparece otro cuadro detrás y luego otro y otro más hasta que al final la tela cae en jirones, se vio a sí mismo, aquello que él consideraba ser –¿y quién consideraba que era?, un renacuajo–, hecho un trapo y cayendo desgarrado”. Es evidente el por qué de su tortura. Su homosexualidad –que en 1897 no solo implicaba el repudio público, sino la cárcel, como ejemplifica la novela con el conocido caso de Oscar Wilde– lo acecha a cada momento, lo asfixia como algo de lo que no puede escapar sin dejar de ser él mismo. Los pasajes eróticos de la novela tal vez sean los más ricos, pues nos transmiten la importancia de los detalles más ínfimos como estímulos profundos cuando la abstinencia física es la base de la que se parte. Al mismo tiempo, cuando se masturba, acción a la cual llama rebajarse, el protagonista se refiere al resultado obvio como una resina asquerosa, todo el acto lo hace querer vomitar.

No solo es la sociedad la que lo persigue, sino él mismo, o por lo menos las estructuras que lo conforman; su nombre, su origen. Entre una de sus fantasías “mientras sus dedos caminaban como garras por la sábana, otra cama se interpuso, otra imagen, desagradable, repugnante… Un olor a cerrado en la ropa, un brazo rechoncho que lo llamaba y un sabor a rancio que se le clavaba en el paladar mientras que la cabeza de su madre emergía aumentada de entre las almohadas, cargada de pinzos y rulos”. La casa protectora, la que le otorga no solo una historia común a sus pasos, sino un Mito –el del esplendor perdido– sobre el cual trabajar como Artista, es también una prisión, unos muros que se yerguen alrededor suyo y unos ojos vigilantes de lo que come (no vaya a caerle muy pesado), de a dónde va (no vaya a pasarle algo), de sus deseos más profundos, en los que se entromete. El epítome de lo anterior se encuentra, precisamente, en la figura de la madre: “Se nutría de la angustia. Era un método para mantenerlos cerca: evidente sobre todo en lo que se refería a él. Ideaba constantemente nuevos peligros. Naturalmente, sabía que a él no le convencía… aunque en ese punto tenía que reconocer que en algo lo había influenciado”. No olvidemos que la familia es a tal punto íntima que vive en el interior de cada cual y desde ahí juzga todos los actos. Un Gran Hermano para el cual los pensamientos y deseos forman parte del rango de control.

No obstante, el genio artístico prevalece y no a pesar de las circunstancias, sino a partir de ellas, puesto que sus creaciones parecen provenir de la fuerza que el protagonista no plasmó en la vida. Esto es, por lo menos, lo que la novela sugiere. Por algo Sotiropoulos cierra la obra con un ‘Himno al pelillo’, el pelillo que el poeta, consciente de la gracia, se imagina en el testículo de un atractivo bailarín ruso, con el cual se obsesiona: “Si un mechón de pelo inspiró a Calímaco, volvió a pensar. Si un pelo puede provocar semejante turbación, tantas asociaciones e imágenes, si puede arrebatarlo hasta el punto de besar arrodillado una puerta ajena… te acompaña por el estrecho e inescrutable sendero del Arte”. Sabiéndolo algo completamente pequeño y absurdo, la mente del protagonista carga al “pelillo” de múltiples significados que lo llevan al origen de un poema completamente distinto a su inspiración, uno verdaderamente existente en la producción de Cavafis y excelente en todos los niveles: “El dios abandona Antonio”. Esa es, quizás, de las mayores virtudes de esta obra: funge como una punzante invitación para leer la poesía de Cavafis, en la que parece encontrarse la otra mitad de su significado. Leyendo sus versos reencontramos la tortura interna presente en Qué queda de la noche desde la voz de uno de los mejores poetas del siglo XX que, sin embargo, pudo haber sido otro y tal vez ese otro no fuera más que una versión más libre de sí mismo. Dejemos que sea uno de sus poemas el que concluya este breve comentario:

 

Lo oculto

Por cuanto hice y por cuanto dije

que no traten de encontrar quién era yo.

Un obstáculo se alzaba y transformaba

mis acciones y mi modo de vivir.

Un obstáculo se alzaba y me detenía

muchas veces cuando iba a hablar.

Mis acciones más inobservadas

y mis escritos más ocultos

–solo por allí me entenderán.

Mas acaso no vale la pena gastar

tanta atención y tanto esfuerzo para conocerme.

Más tarde –en la sociedad más perfecta–

algún otro, hecho como yo,

ciertamente surgirá y actuará libremente.

 

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