Literatura

Mauricio Molina, Planetario, Almadía, México, 2017, 245 pp.


Yolanda Fernández Aburto

Me acerco a Planetario, novela de Mauricio Molina, con una visión, digamos, “experimentada” tras haber analizado tiempo atrás las diversas facetas de su obra: narrador, ensayista, dramaturgo, investigador y compilador. Volver a lo conocido tiene ventajas, pero también un costo. De entrada, los paratextos del libro transmiten algunas ideas temáticas de su universo narrativo. No quiero decir que el texto ya no guardaba para mí ningún misterio, pero quienes han revisitado las páginas de un escritor tal vez coincidan conmigo en que, de algún modo, es natural que la emoción del primer acercamiento se modere y se reconozca el estilo. Sin embargo, adentrarse en esta novela no me resultó sencillo, pues su estructura laberíntica muestra un mundo caótico que se está desmoronando. Espectadores del derrumbe, vemos cómo las barreras del espacio se desdibujan (aclaro, no es desordenada, al contrario, nada está puesto al azar, su contenido es profundo y lleno de detalles). Molina explora los límites del hombre, el placer y el dolor, el yo vivido desde sí mismo y construido a partir de los otros. Cierto es que hay más preguntas que respuestas, pero toca al lector escuchar en el silencio.

Quienes hayan leído con anterioridad la obra ensayística del autor, tendrán una idea sobre sus referencias e intereses, mismos que se encuentran en Planetario. En este libro introduce una variación en el tratamiento de las temáticas que ha explorado durante su carrera, el protagonista reconoce su parte femenina y a pesar de ello se sabe capaz de destruir sus afectos. Sobre los protagonistas masculinos de Molina, es conocido que viven con una sensación de extranjería personal y territorial; me refiero a que se confiesan ajenos a sí mismos y a su entorno en determinados episodios de su vida, como si otros los suplantasen. Así, se manifiestan el juego de espejos y el desdoblamiento. Para ellos no hay ataduras, da lo mismo si habitan un sitio desde hace años, podrán dejarlo y establecerse en cualquier otra parte, sin importar la diferencia de costumbres o de idioma; empezarán de ser preciso una vida nueva, aunque nunca antes hayan visitado ese lugar, pese a no recordar cómo llegaron o si ejecutan un propósito oscuro. Esta característica los vuelve casi fantasmales.

Dicha condición va aparejada a la soledad pues construir relaciones duraderas bajo este contexto resulta casi imposible. No alcanzarán a formar lazos de amistad, salvo convivencia superficial o dinámicas oportunistas donde ambas partes se beneficien y, después de logrado el objetivo, se disuelvan. La palabra para definir la convivencia con el sexo opuesto es desencuentro; en el mejor de los casos, las parejas se separarán destruyendo el vínculo, o bien, alguno se anulará. Pese al afecto, cualquier oportunidad de establecerse parece negada para los personajes, como si su destino fuese el desamparo. A menudo son seres angustiados que evaden su realidad a través de excesos en los estados alterados o la voluptuosidad. Son viajeros melancólicos. Otra constante es que algunos personajes se sienten atraídos por el ocultismo y los saberes de fuerzas superiores al hombre.

Un acercamiento adecuado a la obra del autor es a través de su cuentística. En títulos como Fábula rasa (2000) y Telaraña (2008) se encuentran algunos de sus relatos más notables. En La trama secreta (2012), volumen editado por el Fondo de Cultura Económica, se ofrece una antología de ficciones que abarcan una década de su trabajo creativo. Otra vía es a través de sus libros de ensayo Años luz (1995) y La memoria del vacío (1998), donde explora temas de naturaleza diversa relacionados con el pensamiento y las bellas artes. Molina ha encontrado en la literatura de corte fantástico el medio para construir un universo de lo extraño y a su vez compartirlo con sus lectores. En Planetario, la prosa se abre con la frase: “Nada es verdad, todo es posible: bajo estas páginas reposan mis mujeres…” (p.11). En adelante, uno accede desde dicha polisemia a las memorias de un hombre desconocido, marcado por su viaje y definido por sus mujeres. El protagonista oscilará en un juego de opuestos: a veces, víctima de un destino ineludible y, otras, un depredador feminicida con un frágil equilibrio mental enredado, además, en las dinámicas de una secta esotérica.

El personaje se torna ominoso; no justifico, atenúo, celebro ni defiendo una ficción, porque es solo eso, pero, con ojos despojados de maniqueísmos, a su manera es un ser que, como cualquier otro, camina sobre la delgada línea gris entre lo permitido y lo prohibido según las conductas sociales. El lector se interna en las confesiones sórdidas de un amante asesino quien utiliza el sistema solar y su estructura de nueve planetas como motivo para describir su tránsito por el mundo. Cada planeta representa a una mujer, quien a su vez cumple la función de obsequiarle cierto don para la asimilación de su circunstancia. Los escenarios donde se desarrolla la narración son tan diversos como el tiempo y los roles del protagonista. Sobresale la presencia de un guía espiritual, Andreas Vogelius, quien a la distancia parece orquestarle la vida, salvándolo del abandono, la demencia y la prisión debido a los diversos crímenes atribuidos a la Sociedad Astrosófica. Otra figura significativa es Sofía, una guía femenina presente en distintas latitudes de la vigilia y del sueño. La novela muestra el desarrollo del desequilibrio de un personaje atormentado que se entrega a un camino de complicaciones sin ser siquiera consciente del motivo.

En realidad, flotamos como partículas, nunca se vive/sueña/enloquece del todo ni en la misma medida, y la prosa de Molina nos recuerda que explorar lo desconocido enriquece la perspectiva, pues, aun con los ojos abiertos, resistirse al viaje hacia el infierno personal es renunciar a observar y con ello morir un poco. Es preciso adentrarse para volver dispuesto a sostener la mirada en las zonas oscuras en vez de evitarlas.

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