Cine

Olivier Assayas, Personal Shopper, Francia, 2016.


Jaime Guerrero

¿En qué creemos? ¿Cuál es el aspecto espiritual de nuestro tiempo? ¿Tenemos algún vínculo con lo inefable en el mundo contemporáneo? El filósofo canadiense Charles Taylor, en su magnum opus A secular age (2007), busca, como muchos otros, caracterizar nuestra época como una era secular, pero no en el sentido corriente de una ausencia de Dios o de lo divino en los espacios públicos, en las instituciones y prácticas comunes (reunidas, paradigmáticamente, en el Estado, que ahora es concebido como laico), ni tampoco entendiendo por secularidad “el declive de la creencia y las prácticas religiosas, el alejamiento de Dios por parte de la gente y la no concurrencia a la iglesia,” sino, más bien, enfatizando el hecho de que en la actualidad la búsqueda de la trascendencia moral, espiritual o religiosa –la antigua aspiración a un ser mejor, a “un ser en el que nuestra vida viva, en el que nuestra vida se convierta en ser”, en palabras del Maestro Eckhart–, esta búsqueda, repito, ahora se lleva a cabo, según Taylor, en un contexto intelectual enteramente distinto al que se vivió en sociedades anteriores, debido tanto a la pluralidad de opciones (ya no crecemos en el seno de una cultura espiritual común, una religión a la vez pública y única, sino que cada quien debe o puede encontrar su lugar dentro de alguna tradición al mismo tiempo que es consciente de la existencia de otros caminos espirituales igualmente válidos) como ocasionado por la duda, siempre presente en nuestra sociedad tecnológica-científica regida por la lógica del capitalismo mundial integrado, de que no hay nada más que aquello que nos revelan, por un lado, las ciencias naturales (el mundo fenoménico de Kant: tiempo, espacio y categorías) o, por otro, la mercadotecnia; es decir, el presentimiento materialista (en el doble sentido de material como realidad física y/o mercancía) de que no hay absolutamente nada que escape al gran mecanismo de causas y efectos regido por leyes físico-matemáticas o que eluda a la planificación de acuerdo con las exigencias del mercado en algún momento determinado.

            El cine, en su intento de reproducir fotográficamente la situación que describe Taylor (una irrupción de lo espiritual en el mundo cotidiano, de lo divino en lo mundano), cuenta con figuras centrales como Kenneth Anger, Jacques Tourneur, Jean Cocteau y, en tiempos más recientes, Andrzej Zulawski y David Lynch. Olivier Assayas, quien fue crítico para Cahiers du Cinéma dos generaciones después que los cineastas de la Nouvelle Vague, en su nueva obra Personal Shopper evoca algunos de los momentos más característicos de estos directores (y otros), pero tal vez la referencia más inmediata que pueda ayudarnos a entrar al mundo de la película sea Alfred Hitchcock y, específicamente, su última obra, Family plot (1976), donde una de las protagonistas, Blanche Tyler (interpretada por Barbara Harris), finge tener habilidades psíquicas o espirituales que le permiten comunicarse con el mundo de los muertos. En Personal Shopper, Kristen Stewart (en su interpretación más luminosa hasta la fecha) interpreta a Maureen Cartwright, una médium viviendo en París quien, al momento que inicia la película, está intentando comunicarse con el espíritu de su hermano gemelo, conocedor también de prácticas espiritualistas y que falleció tres meses antes. Hitchcock, en Family plot, aborda el tema del espiritualismo dentro del contexto de un thriller cómico, excelentemente estructurado, mientras que Assayas, desde la primera escena, en la que Maureen deambula por la casa de campo donde vivía su hermano, está más cercano al espíritu sutil de I walked with a zombie (1943) de Tourneur o Possession (1981) de Zulawski, donde la exploración de lo numinoso es a la vez una investigación acerca de lo erótico y de lo epifánico en el arte. Los comentarios de Assayas en torno a Hitchcock en el espléndido documental Hitchcock/Truffaut (2015) del crítico Kent Jones sirven para aclarar algo sobre la visión estética detrás de Personal Shopper y la postura del director ante el mundo espiritual. Assayas habla del “sentido absolutamente matemático para la construcción” que evidencia la obra de Hitchcock, a quien se refiere como un “teórico del espacio” que logró “inventar una claridad en su escritura cinematográfica e imágenes que capturan lo invisible y alcanzan una forma de espiritualidad.” Sin embargo, Assayas toma distancia frente a lo que llama el “método trascendente” con el que Hitchcock pretende mantener un control absoluto sobre todos los aspectos de su obra. Assayas dice: “No me gusta el control. No me gusta la idea de filmar un guion sin transformar el aspecto humano”. En Personal Shopper, a diferencia de Family plot, la búsqueda de lo espiritual no es un recurso narrativo bajo el control de un director omnisciente, sino un elemento autónomo fuera del control del cineasta (como lo está también en la obra dentro de la experiencia de Maureen), una fuerza que atraviesa el mundo de la película e irradia de luz las imágenes de Assayas y particularmente todos los movimientos y gestos de Kristen Stewart, una actriz que ha sido criticada injustamente por su “inexpresividad”, pero cuya intensidad como intérprete es evidente incluso en obras como Adventureland (2009) donde sobresalen, por el contexto bastante banal (sin que aquella película deje de ser una comedia precisa y encantadora), todos los matices de su caracterización. Por su parte, es hora de reconocer, si es que alguien todavía lo duda, que Assayas, como Josef von Sternberg, Michelangelo Antonioni y Wong Kar-wai, es uno de los grandes directores de actrices en toda la historia del cine. Solo hay que recordar las figuras e imágenes que ha creado con, por ejemplo, Virginie Ledoyen (Cold water), Maggie Cheung (Irma Vep), Asia Argento (Boarding gate) y Juliette Binoche (Clouds of Sils Maria). La agudeza audiovisual e intelectual con la que ha sido concebida la nueva creación, el personaje de Maureen Cartwright que Kristen Stewart ha encarnado, es absolutamente deslumbrante, una figura trascendentalista (en el sentido R. W. Emerson adoptó de Kant, pero que Assayas a su vez enriquece con referencias muy puntuales a las abstracciones visuales de Hilma af Klint, al romanticismo de Victor Hugo y a la teosofía/antroposofía de Rudolf Steiner) que transita los espacios entre lo que el poeta Wallace Stevens llama la tierra común, la tierra central y el cielo central, abarcando las extensiones de la mente o del espíritu donde uno va en busca de la majestuosidad, lo sublime y lo excelso.

            La experiencia de Personal Shopper es, como he dicho, la experiencia de la era secular, entendida en el sentido de Taylor como una época donde las condiciones de posibilidad de las creencias en fenómenos espirituales son tales que ya no se pueden considerar respaldadas por una religión común (hay un pluralismo de fuentes ontológicas de espiritualismo) sino que implica, en gran medida, una búsqueda personal (de ahí la importancia del título de Assayas y de la relación entre hermanos en el centro de la película) como la que emprende el personaje de Maureen y, adicionalmente, que esta búsqueda es puesta en duda por el alcance total que pretenden las ciencias naturales y la mercadotecnia en lo que he llamado la doble cara del materialismo absolutista de nuestros tiempos. Maureen es una joven de veintisiete años que pasa sus días, como ella misma admite, haciendo cosas que no le interesan (paseando en boutiques exclusivas recogiendo prendas y joyas para luego dejarlas en el departamento de una celebridad llamada Kyra, a quien casi nunca ve) que la alejan de su verdadera pasión (encontrar un portal al mundo espiritual con vistas a comunicarse con su hermano muerto). La llamada “inexpresividad” de Stewart, una actriz igual de inteligente que Delphine Seyrig en sus trabajos con Alain Resnais (El año pasado en Marienbad) y Chantal Akerman (Jeanne Dielman), es un índice de la tenue presencia de espiritualidad en el mundo contemporáneo. Hegel, en el prólogo a la Fenomenología del espíritu de 1807, habla de “un tiempo en el que el hombre tenía un cielo dotado de una riqueza pletórica de pensamientos y de imágenes” pero que ahora, al contrario, “el sentido se halla tan fuertemente enraizado en lo terrenal” que casi se ha perdido el contacto con esta fuerza espiritual. Todo parece quedar reducido a lo que he caracterizado como el mundo fáctico (“la tierra común” de Stevens) al que se atienen las ciencias naturales y la mercadotecnia, dos ámbitos que proporcionan buena parte de la cosmovisión actual. Maureen, en su vida cotidiana, está inmersa en un mundo cuyo sentido Hegel ilumina sorprendentemente en la Fenomenología: “La frivolidad y el tedio que se apoderan de lo existente y el vago presentimiento de lo desconocido son los signos premonitorios de que algo otro se avecina”. La experiencia de Maureen, que podría parecer la materia para un thriller hitchcockiano o para una película de terror de tercera, se convierte así en la manifestación de lo espiritual, en el registro de un momento de despertar dentro de un mundo casi carente de luz, pero al que llega, como escribe Hegel, “la aurora que de pronto ilumina como un rayo la imagen del mundo nuevo”.

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