Literatura

Ocean Vuong, On Earth We’re Briefly Gorgeous, Penguin Press, New York, 2019, 242 pp.


Clarissa Rodríguez Ábrego

 “Let me begin again.” Desde esta primera línea, Ocean Vuong deja en claro que las siguientes páginas no serán fáciles de digerir. Porque lo que está escrito es tan crudo y honesto que es prácticamente imposible para el narrador, Little Dog, lograr que las palabras fluyan al primer intento. En On Earth We’re Briefly Gorgeous, Vuong (Saigon, 1988) crea, en su primer novela, una serie de historias fragmentadas y brutales a manera de una carta a una madre que no sabe leer. Son historias en las que se examinan —con aspereza y calidez a la vez— la violencia, la familia, la inmigración, la sexualidad y el lenguaje. Son memorias que estuvieron a punto de quedarse en su garganta, atragantadas durante años, para finalmente poder salir corriendo: “Ma. You once told me that memory is a choice. But if you were god, you’d know it’s a flood”. Es esa urgencia por decir tanto, por liberarse —aunque la libertad sea una mera fantasía—, lo que hace que las historias y pensamientos queden plasmados de forma un tanto desordenada y repentina, algo que, paradójicamente, los vuelve aún más reales. Y es que pareciera que el libro es la materialización de una esperanza. Un último intento, casi una llamada de auxilio, de Little Dog por conectar con su madre, a pesar de la consciente imposibilidad de que sus palabras lleguen a ella.

Little Dog, un escritor en sus veintes, relata su vida en retrospectiva. Sus vivencias prácticamente comienzan en Hartford, Connecticut, cuando llega a los dos años como refugiado junto a su madre, Rose, y su abuela, Lan. Sin embargo, Little Dog está lastimosamente consciente de que su vida va más allá de sí mismo, que el epicentro de su existencia se encuentra en Vietnam: “A woman, a girl, a gun. This is an old story, one anyone can tell. A trope in a movie you can walk away from if it weren’t already here, already written down”. Es entonces cuando el lector comprende que el pasado, dolorosamente, es un mero mito, casi una fantasía. Que sin importar los años o la distancia, el trauma de la guerra está tan arraigado en su abuela y su madre que es imposible que no penetre en la vida de Little Dog: “I remember learning that saints were only people whose pain was notable, noted. I remember thinking you and Lan should be saints”. Porque el trauma cambia a las personas, física y mentalmente. Ya sea en la manera en la que el cuerpo de su abuela se contrae, su espalda permanentemente curva, como si quisiera esconderse dentro de sí misma, o en los episodios en los que, presa de su pasado y la esquizofrenia, pide perdón a una madre invisible por haber tenido que prostituirse con soldados estadounidenses; su belleza, la única arma de sobrevivencia a su alcance: “I never wanted to, Ma. I wanted to go home with you—“. O, tal vez, el trauma se encuentra en las prioridades al comprar un vestido en Goodwill. Rose, al ver la prenda, le pregunta a Little Dog si es a prueba de fuego. Y el, aún incapaz de leer, dice que sí: “That’s so good to know, baby… That’s so good to know”. “When does a war end?”, se pregunta Little Dog. “When can I say your name and have it mean only your name and not what you left behind?” La realidad es que la guerra nunca termina para nadie, se convierte en un eco; la lucha solo cambia de forma.

Se podría decir que la “nueva lucha” es ser una familia de inmigrantes. Mejor dicho, ser una familia de inmigrantes en Estados Unidos: “where dreams become the calcified knowledge of what it means to be awake in American bones —with or without citizenship— aching, toxic, and underpaid”. El nuevo modo de supervivencia se convierte en una forma de invisibilidad, en evitar llamar la atención porque la piel es algo de lo que nadie puede escapar. Little Dog y su madre se acostumbraron a hacerse transparentes, pequeños. En los salones de uñas, decir “perdón” cargaba un lastimero poder, era la mejor herramienta. Decir “perdón” a un cliente, sobre todo si no tienes la culpa, paga: “[…] insists, reminds: I’m here, right here, beneath you. It is the lowering of oneself so that the client feels right, superior, charitable”. Con el paso del tiempo, cuando Little Dog consigue trabajo en una siembra de tabaco, comprende que “perdón” es el pasaporte de todos los inmigrantes con los que trabaja e, incluso, de sí mismo: “by then my sorry had already changed into something else. It had become a portion of my own name—unutterable without fraudulence”.

Vuong, al incorporar aspectos de su vida en la novela, se asegura de que el lector sienta a cada personaje de manera íntima. A través de las palabras de Little Dog, el lector se da cuenta de que en esta historia no hay arquetipos. Solo hay personas, vulnerables, impregnadas de las circunstancias de sus vidas. El ejemplo más claro de esto es su madre. Es con ella donde el canon de la madre sutil, prácticamente fundida a su hijo, se ve destruido. Rose es una mujer imperfecta; superada en ocasiones por la guerra en la que creció, las jornadas de trabajo largas y extenuantes, y su dificultad para comunicarse en inglés con las personas a su alrededor, incluido su hijo. Y en medio de todo esto se encuentra Little Dog, quien relata las veces en las Rose lo golpea, ya sea con un galón de leche dirigido a su hombro o con una caja de Lego: “The hardwood dotted with blood”. Sin embargo, Little Dog no condena a su madre, sino que de cierta manera comprende de dónde vienen sus actos. “Perhaps to lay hands on your child is to prepare him for war”. Enlazados a los episodios violentos, volviéndose casi uno, se encuentran los momentos cálidos y dulces: en medio de un ataque de pánico por creer ver a su primo ya fallecido, Little Dog llama a su madre, quien comienza a cantarle “Happy Birthday” hasta tranquilizarlo: “And I listened, the phone pressed so hard to my ear that, hours later, a pink rectangle was still imprinted on my cheek”. Era la única canción que conocía en inglés, era lo mejor que podía darle. Little Dog sabe que su madre no es perfecta y es esa misma imperfección, ese reflejo de sí mismo, la que vuelve inevitable no revivir su pasado: “You’re a mother, Ma. You’re also a monster. But so am I—which is why I can’t turn away from you.” Pero ser un monstruo no es tan malo, piensa Little Dog, es ser un refugio y advertencia a la vez.

A pesar de que la carta está dirigida a su madre, mucho de lo que narra Little Dog radica en su vida de adolescente, lo que la desliga de Rose al mismo tiempo que la une con ella. Y es que, en parte, ese es el propósito de la carta: arrojarse a sí mismo en las páginas, decirle a su madre todo lo que no le dijo y que nunca sabrá. Es aquí cuando el lector conoce al primer amor de Little Dog, un joven blanco llamado Trevor, quien se debate constantemente entre su machismo, su adicción a OxyContin y los momentos dulces y sutiles, en los que conversa sobre el sol y los girasoles. Es a través de Trevor que Little Dog se adentra en su sexualidad y en lo que significa ser un adolescente en Hartford, a la par que se da cuenta de cómo las farmacéuticas se agrandan los bolsillos a través de la tristeza americana, de la juventud vulnerable: “Seven of my friends are dead. Four from overdoses. Five, if you count Xavier who flipped his Nissan doing ninety on a bad batch of fentanyl. I don’t celebrate my birthday anymore”. Quizá son las escenas junto a Trevor algunas de las más crudas, íntimas y difíciles de leer. Es tal la descripción y crudeza de los hechos —las adicciones y sus encuentros— que en momentos el lector tiene la sensación de estar leyendo algo que no debería. “By then, violence was already mundane to me, was what I knew, ultimately of love. Fuck. Me. Up. It felt good to name what was already happening to me all my life. I was being fucked up, at last, by choice”. Trevor marca un antes y un después en la vida de Little Dog, siendo la primer persona que, finalmente, lo ve: “his eyes lingering, then flitting away when I caught them. I was seen— I who had seldom been seen by anyone”. Quizá para él, ser visto es una forma de, al menos por un instante, sentir la salvación.

Hacia el final del libro, Little Dog llega a la conclusión, junto al lector, de que ha estado equivocado todo el tiempo, que ni él o su madre nacieron de la guerra, sino de la belleza: “Let no one mistake us for the fruit of violence—but that violence, having passed through the fruit, failed to spoil it”. Y, tal vez, esa es la razón por la que escribimos. Porque en medio de la brutalidad del recuento del pasado, se encuentra la posibilidad de encontrar cierta clemencia. De ver las cosas a través de luces distintas para finalmente descubrir que, pese a la guerra, la violencia y el trauma, el mero hecho de sobrevivir al día a día es un triunfo en sí mismo. Little Dog necesita desencadenarse y a veces lo único que se requiere es tener la plena seguridad de que lo escrito no llegará nunca a su destinatario. Y es que, a veces, el sentido de escribir no radica en ser leído, sino en ser —quizá falsamente— liberado: “All freedom is relative—you know too well—and sometimes it’s no freedom at all, but simply the cage widening far away from you […] But I took it anyway, that widening. Because sometimes not seeing the bars is enough”.

 

 

 

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