Literatura

Patricio Pron, Nosotros caminamos en sueños, Random House, Barcelona, 2014, 89 pp.


Casandra Garza

El pasado –sobre todo aquel que preferimos ignorar– es una de las obsesiones del argentino Patricio Pron (Rosario, 1975). La relación entre el individuo y la Historia ya ha sido explorada por el autor en El comienzo de la primavera, a propósito de su estancia en Alemania y la convivencia con las generaciones posteriores al nazismo, para quienes “recordar la Historia no es más que una señal de nuestra imposibilidad para comprender hechos que en primera instancia resultan inconcebibles, que parecen una discontinuidad en nuestra Historia, pero que en realidad son el producto de ella”. Esta misma relación, aplicada a la historia de su propio país, es examinada en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, novela que aborda la represión llevada a cabo por la dictadura argentina de finales de los setenta y principios de los ochenta. Pron retoma la historia argentina en Nosotros caminamos en sueños –versión corregida y ampliada de Una puta mierda, publicada en 2007– donde nos trasladamos al conflicto armado protagonizado por Argentina e Inglaterra, la Guerra de las Malvinas. Sin embargo, a pesar de las alusiones que llevan a ubicar el texto en esta guerra, parte de su intención es perfilar, no una guerra, sino la guerra, en su sentido más general, puesto que tal como el narrador lo menciona, “no podía decirse que algo fuera característico de ella excepto que, a diferencia de todas las guerras que habíamos visto en la televisión, en esta había nieve, nieve fría y de aspecto sucio que se las arreglaba para meterse dentro de tu uniforme, no importaba cuánto hicieras para evitarlo” (p. 9).

     La trama sigue a un puñado de soldados con nulas aptitudes –y actitudes– militares, reclutados a la fuerza para pelear en una guerra de la cual poco o nada conocen. El narrador presenta los diálogos que sostiene con sus compañeros o que escucha a su alrededor y que dan cuenta de la incompetencia de los participantes del conflicto, así como de los abusos perpetrados por las figuras que encarnan el poder. El uso constante de diálogos le confiere ese aspecto de teatralidad y caricaturización que busca ridiculizar a todos los implicados en la guerra: desde el soldado raso hasta el Alto Mando, pasando por los médicos militares, los periodistas y hasta las personas ajenas al conflicto –destacando el episodio de los turistas japoneses que viajan a las Islas para fotografiar a los soldados mutilados– nadie se salva de ser criticado, incluso aparece un soldado de nombre Edward Snowden quien evidentemente “no podía mantener la boca cerrada” (p. 69). Sin embargo, detrás de la comicidad –no siempre alcanzada–, se descubre un claro discurso antibélico en el que la guerra no es más que una “empresa capitalista de exterminio masivo” (p. 62).

     Más allá de plasmar las obvias implicaciones y consecuencias detrás de cualquier guerra –la muerte, la insensibilidad, la crueldad, la manipulación de la información–, Pron busca censurar la normalidad con que se acepta (preferentemente en aras de un nacionalismo irracional) y, sobre todo, el sinsentido que envuelve a todo conflicto bélico. Imposible no calificar como kafkianas algunas de las situaciones que se presentan, por ejemplo, la bomba suspendida indeterminadamente sobre las cabezas de los soldados como un recordatorio constante de lo absurdo de la guerra: “al levantar la cabeza todos nos preguntábamos si era normal que una bomba colgara del cielo sin acabar de caer” (p. 9). Kafkiana es también la espera prolongada para el fusilamiento del soldado O’Brien: tras cumplirse el plazo para proceder con la ejecución (una hora), éste se renueva sin que se nunca se lleve a cabo.

      Se presentan más situaciones absurdas (algunas mejores que otras) y esto, que podría haber sido la fortaleza principal de la novela, acaba por ser su debilidad. La obsesión por tildar de absurda la guerra una y otra vez es tal que las mismas fórmulas se repiten hasta el cansancio: situaciones excesivamente ridículas e infantiles como la amistad que forja Sorgenfrei, uno de los soldados, con un lobo marino o los mil percances sufridos por el Sargento Clemente S: “El Sargento ordenó al lobo marino que saliera de allí [la mochila de Sorgenfrei] y el animal lo mordió en la mejilla y orinó en sus zapatos antes de comenzar a arrastrarse de regreso al continente llevando la mochila enganchada a su aleta trasera” (p. 11). Hablar disparatada e incongruentemente sin decir nada –cantinflear, pues–, es otro de las fórmulas que se repiten más de lo conveniente y no se diga de las conversaciones que se perciben interminables y que llenan páginas y páginas donde sus interlocutores, más que comunicarse, se descomunican: “«¿Están hablando de la misma lista?», preguntó un segundo ayudante que hasta entonces había permanecido en silencio. «Así es –respondió el oficial–, la lista A22». «No señor –corrigió el primer ayudante poniendo los ojos en blanco- la lista que tengo aquí es la B11». «Me temo que a esta sección le corresponde la A15», intervino el segundo ayudante” (p. 35)…

     Pron declaró en una entrevista que, si bien en su país se ha repudiado la dictadura, se suele reivindicar la Guerra de las Malvinas, pasando por alto que fue precisamente esa dictadura la que la originó. Ambas fueron llevadas a cabo tras un velo de aparente sensatez que propició que la sospecha y la incertidumbre sean los principales temas de su generación literaria. El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia y Nosotros caminamos en sueños vinculan el rechazo que se debe sentir tanto por la dictadura como por la guerra, pues finalmente ambas no son más que parte de la misma puta mierda.

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