Literatura

Ludwig Zeller, Mujer en sueño, Almadía, Oaxaca, 2015, 181 pp.


Daniela Gutiérrez Flores

Hablar del surrealismo en pleno siglo XXI podría resultarnos casi anacrónico. Si bien es posible rastrear fácilmente la influencia posterior de las vanguardias, y particularmente de la veta surrealista —desde Octavio Paz hasta César Aira—, hoy son pocos los escritores que se asumen abiertamente como defensores de la bandera surrealista. El surrealismo parece haber pasado a la historia, si bien la literatura contemporánea sigue dando cuenta de sus sucesores. Sobreviviente y heredero vivo del surrealismo es Ludwig Zeller, poeta chileno que mantuvo contacto con André Bretón y se vio influenciado por el grupo Mandrágora, colectivo surrealista fundado en Santiago en la década de los cuarenta. Mujer en sueño y otros poemas, publicado recientemente por Almadía, es la única antología (conseguible) de la obra de Zeller.

     Zeller ha afirmado que el surrealismo está más vivo que nunca y que, más allá de una corriente artística, es un “modo de vivir”. En el prólogo a Salvar la poesía, quemar las naves, publicado por el Fondo de Cultura Económica, Álvaro Mutis dice que, para el chileno, “lo que no es poesía está condenado sin remedio, pertenece al impreciso mundo de la nada”. Su obra es un reflejo de este principio esencial del surrealismo: el intento radical de unir la vida con la poesía, de transformar la realidad en un acto poético. Como otros surrealistas, Zeller sigue este precepto concibiendo la creación artística en una multiplicidad de formas. Además de poeta, Ludwig Zeller es también artista visual, creador de una miríada de collages (algunos de ellos aparecen en esta edición complementando los textos). La técnica es interesante para comprender la visión poética del autor. Todo en el collage es prestado de otra parte —principalmente grabados antiguos—, de contextos considerados no poéticos: ilustraciones médicas, zoológicas, de maquinaria industrial. En la mano de Zeller, los elementos se reestructuran y reacomodan para dar origen a combinaciones inesperadas, para crear, a partir de lo conocido, lo desconocido: lo poético.

     Lo preponderante en Mujer en sueño son los tres estandartes del movimiento surrealista: la libertad, la poesía y el amor. Este último encuentra su expresión en la representación femenina. Como es bien sabido, el amor y la mujer eran centrales para el surrealismo. Menciona Paz al hablar del movimiento surrealista: “la mujer abre las puertas de la noche y de la verdad; la unión amorosa es una de las experiencias más altas del hombre y en ella el hombre toca las dos vertientes del ser: la muerte y la vida, la noche y el día”. Esto no puede ser más verdadero para la poesía de Zeller, en la cual la mujer adquiere una dimensión mítica. La amada es amante, madre, hermana, Diosa; es todas las mujeres: “Madre-Raíz  te llamo, desde lo oscuro vengo / repitiendo / Tu nombre, interrogando para encontrar dentro de ti / El secreto de la vida, ese continuo deshacerse del tiempo” (p. 55). La mujer es quien esconde los secretos de la existencia, y solo a través del amor se logra rozar la comprensión del universo que habita el poeta: “En este mundo, sobre esta tierra te he encontrado / —amándote— mujer que pintas, la que descifra el / jeroglífico / Que no logramos ver ya que la niebla como un / manto / Muévese ante los ojos y entre tus manos se acaracola / En espiral el polvo alucinado, la llamarada viva.” (p. 65).

     Los poemas transcurren en un estado ambiguo, oscilatorio entre la vigilia y el sueño. Para el lector no es posible discernir si la voz habla desde un sueño, un sueño dentro de un sueño, o la vigilia. Este estadio define la visión que tiene Zeller del propio mundo: indivisible, donde no existe una distinción absoluta entre vida y muerte, e inconcebible si no es a partir de la inconsciencia: “De dormirse y soñar delicias prohibidas y olvidarlas, / De despertar al fin y entender que la muerte que nos roza / De absoluto rigor es solamente una mala versión de lo vivido” (p. 74). En este contexto, Zeller utiliza recurrentemente una imagen característica de los surrealistas: el espejo. La empresa de los surrealistas de anular la realidad concebida desde la Modernidad —la dicotomía de la relación sujeto-objeto— encuentra en el espejo el símbolo de la interjección de estos elementos. Es decir, es el punto de encuentro y de fusión de la realidad externa con la realidad de la conciencia: “el hombre / no es sino brasa humeante, / un espejo que sangra en su raíz.”. El espejo, como el mundo onírico, es donde se desdoblan las preguntas y las respuestas sobre la existencia.

    En la gran mayoría de los poemas que componen Mujer en sueño, todo sueño parece convertirse en pesadilla y todo deseo en grito desesperado: “A veces me despierto y alguien llama en lo oscuro, / algo aletea en las cerradas tumbas, algo se / marchita; / entonces puertas se abren y bajo a las tinieblas en busca del fantasma que vigila los sueños” (p. 61). En estos poemas el recuerdo dulce de la infancia trae el dolor del tiempo presente; el amor se ve atravesado por la amenaza de la mortalidad; el sueño revela la oscuridad de la inconsciencia; el conocimiento despierta la duda; el cuerpo bello esconde la posibilidad de la llaga. Sin estos claroscuros no se llega a comprender la contraparte del sueño, la libertad y el amor. El mundo natural, la soledad, el terror, la oscuridad, la mortalidad son la otra cara del espejo.

    Si bien Zeller es un surrealista declarado, y su obra es confirmación de ello, su estilo es una fusión de esta y otra influencia decisiva: el romanticismo alemán, raíz del surrealismo. Además de su ascendencia germánica, Zeller tradujo, junto con su primera esposa, a los románticos alemanes, principalmente a Novalis y a Achim von Arnim. La conjunción del espíritu poético de estos poetas y lo surrealista es tal vez una definición acertada de la visión de Zeller. En esta conjunción de luz y oscuridad es que “se abren túneles crea la mente paisajes imposibles” (p. 97). En ese abismo en que se toca la conciencia con la irrealidad salen a la luz  las preocupaciones del poeta: la unión de cuerpo y espíritu, los dilemas humanos existenciales, la negación del tiempo.

     Un ejemplo representativo de esta conjunción son los momentos en que Zeller acude al núcleo de la vida inconsciente: la infancia. Leemos al inicio de Casa de infancia: “¡Oh casa, virgen loca! Estancias que he amado / cuando niño, / cuéntame como antaño acostumbrabas” (p 61). Pronto el recuerdo alegre de la casa infantil deviene en dolor: “Porque siento que se mueven / follajes / en mi infancia y solo veo unas hojas quemadas sin / piedad, / una bruma sin término y un grito que rueda, / quebrado por las luces implacables” (62).

     Lingüísticamente, Zeller traduce el espíritu surrealista-romántico a sus versos. La lectura nos revela que es poco menos que imposible leer estos poemas en voz alta: la puntuación es errática, la sintaxis retorcida, los encabalgamientos infinitos y agotadores. Una superficial investigación sobre la vida del autor nos insinúa el origen de este estilo. Además de su natural interés por las terapias psicoanalíticas, descubrimos que en la década de los sesenta Zeller se desempeñó como asesor en terapia del lenguaje para esquizofrénicos. Esto explicaría por qué, en pocas palabras, los poemas se leen como un flujo de conciencia enloquecido. Las imágenes se conectan unas con otras a tal punto que la imagen original deja de ser importante. A veces es el sonido de una palabra el que sugiere la próxima, a veces es una asociación semántica. La superposición, la creación automática de imágenes mentales, la no interferencia de elementos retóricos es, para Zeller, más fructífera para liberar el inconsciente que la linealidad. Este raudal de palabras —unas arriba de otras, sin sentido o con múltiples sentidos— es una suerte de collage lingüístico. En numerosas ocasiones, el automatismo de este lenguaje imposibilita la lectura cuidadosa y resulta, más bien, en una experiencia global, densísima, que privilegia las reacciones del lector sobre sus interpretaciones.

      Este libro, aunque breve, reúne poemas de toda la trayectoria de Ludwig Zeller. Tiene, según Óscar Javier Martínez, el “valor de reencuentro, pues se vuelve a poner en circulación la obra de un poeta necesario”. Diría yo: el valor de descubrimiento, pues su nombre es prácticamente desconocido para los lectores de mi generación. Esta edición, valiosa por ocuparse de rescatar un escritor empolvado, es, por otro lado, uno de esos casos en que las notas que anteceden a los poemas resultan peligrosas pues, al juntarse la pomposidad del elogio, la mala prosa y el énfasis en la persona (y no la obra), despierta en el lector una sensación de suspicacia frente a lo que está por leer (no ayuda para nada que la autora de una de estas notas sea nada menos que la esposa del autor). Afortunadamente para nosotros, esto se queda en las notas introductorias y, gracias a los propios altibajos de los poemas, podemos leer con juicio propio.

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