Literatura

Alessandro Baricco, Mr Gwyn, Anagrama, Barcelona, 2012.


Liliana Muñoz

Italo Svevo estaba convencido de que llegaría el momento en que la escritura vendría a suplantar a la horrible vida verdadera, aquella en la que abundan todos esos días que se escapan hasta formar los años. La profecía de Svevo era definitiva: “la vida será literaturizada”. Nos leeremos y escribiremos los unos a los otros y la realidad se corregirá o se cristalizará. En la actualidad, salvo algunas excepciones (Vila-Matas, Roth, Coetzee, Auster), son pocos los autores contemporáneos que logran verdaderamente hacer de la literatura el núcleo, la médula misma de sus obras. Prevalece más bien una tendencia a la superficialidad, a saturar los textos de citas y referencias gratuitas o, en el peor de los casos, a elegir como protagonistas a escritores o poetas atormentados, como si ello bastara para saldar alguna cuenta pendiente. Hace falta profundidad en el trabajo literario, pero sobre todo una mayor comprensión de la compleja tarea que tiene el escritor entre sus manos. Su materia prima es la vida, y por esta razón, no basta con percibirla o habitarla: es necesario sumergirse en ella, involucrarse con ella, ‘literaturizarla’. Quizá por esto resulta un tanto irónico que Mr Gwyn, la última novela de Alessandro Barrico (Turín, 1958), aborde esta problemática sin poder desprenderse, ella misma, de la superficialidad a la que he aludido; la obra parece criticarse, buscarse, y tal vez la escritura vital que Jasper Gwyn persigue con desesperación es aquella que no terminamos de encontrar en esta novela de Baricco.

       Debo confesar que no comprendo el “fenómeno Baricco”. Algunos lo llaman “un mago, un equilibrista”, otros “un elegido de los dioses” (en serio); la crítica y sus lectores se deshacen en elogios, y sus obras son llevadas a la pantalla grande o al teatro. Tanto escándalo es claramente injustificado. Hace unos meses leí Seda por primera vez, quizá con expectativas demasiado altas; al final no provocó ni removió nada en mi interior, ni rompió tampoco “el mar helado” del que habla Kafka en su famosa carta a Oscar Pollack. He leído después a otros Bariccos: el de Novecento, el de Océano mar, el de Homero, Ilíada (sin duda, el mejor Baricco), y el de Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. En casi todos he encontrado a un autor que se reinventa constantemente, sin poder dar en el clavo todavía. No obstante, en Mr Gwyn encontramos por fin a un Baricco que se detiene y se vuelca sobre sí mismo (“Tout commence par une interruption”, como lo deja en claro el epígrafe de Valéry) para intentar hallar la verdadera naturaleza de la escritura.

     Jasper Gwyn es escritor; ha publicado tres novelas, un ensayo sobre Chesterton y algunos relatos. De pronto, movido por una insatisfacción insoportable (“un día me di cuenta de que ya no me importaba nada de nada, y de que todo me hería mortalmente”), decide abandonar la escritura como oficio; tras una calma aparente, empieza a apoderarse de él una forma de desasosiego que le desencadena ataques de ansiedad y lo orilla a desarrollar métodos para combatir el síndrome de abstinencia: vivir con lentitud, aproximarse al mundo con cautela, concentrarse en cada gesto particular de un modo obsesivo (verbigracia: quedarse mirando como idiota sus zapatos mientras los anuda, o escribir mentalmente cuando camina o espera en la lavandería). Aunque, en el fondo, la novela de Baricco no deja de ser un thriller acartonado (con momentos divertidos y una creciente intriga, pero a fin de cuentas, un thriller) prevalece en ella una pregunta que en cierta forma la redime: ¿qué es la escritura?

     Quienes hayan descubierto una vocación genuina por la literatura sabrán que ésta no es, desde luego, una profesión, un hábito, o un oficio: es una forma de vida. Por ello, cuando Vila-Matas señala que “escribir es dejar de ser escritor”, se refiere precisamente a que es indispensable partir de la renuncia para comprender que la realidad, la escritura y nuestras vidas van de la mano y no es posible separarlas. Ésta es la crisis de Jasper Gwyn: la del hombre que lo deja todo e intenta recuperar algo que creía ya extraviado.

     Mr Gwyn renuncia a ser un autor de fama moderada y concibe la idea de empezar a “escribir” retratos de la gente, pinturas hechas con palabras. El encuentro con los cuerpos y el silencio, el tiempo y la dedicación que le concede a cada uno de los sujetos con los que se encierra en ese cuarto apenas iluminado por las “Catalina de Médicis”, parecen llevarlo a la consecución de su objetivo: “Cuando me hizo a mí el retrato, yo lo leí, al final, y había un paisaje, en cierto momento, cuatro líneas de ese paisaje, créame: yo soy toda esa historia, soy el sonido de esa historia, el ritmo y la atmósfera, y cada personaje de esa historia, pero con una exactitud desconcertante soy incluso ese paisaje, siempre lo he sido”. No obstante, es una lástima que, pese a que Mr Gwyn se centra en la búsqueda de una escritura vital, el mismo Baricco no logre hallarla todavía, pues nos sigue ofreciendo obras que distan de parecerse a ese minucioso ejercicio de inmersión en la realidad al que Jasper Gwyn parece consagrarse en la novela. Oscar Wilde pensaba que la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero era sutil, pero brutal. Y sutil, pero brutal, es también la línea que separa la obra más bien light de Baricco de la gran literatura.

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