Literatura

Antonio García de León / Álvaro Enrigue, Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España / Ahora me rindo y eso es todo, Fondo de Cultura Económica / Anagrama, México / Barcelona, 2017 / 2018, 217 pp. / 461 pp.


Isaac Magaña Gcantón

Hay en un mapa del siglo XIX, dibujado con inquietante exactitud por un tal Juls Hutawa, que reproduce parte de los territorios de México y Estados Unidos justo antes de la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo como un largo brazo que va desde los estados de Veracruz, Puebla y Guerrero, en México, hasta el estado de Oregón y el entonces llamado Territorio de Missouri, en los Estados Unidos. En dicho mapa aparece, entre otras cosas, una muy precisa geografía de lo que fue el territorio conocido como la Apachería: un vastísimo paisaje que se extendía más allá del Río Arkansas y cuyo límite comprometió alguna vez los estados de Sonora, Chihuahua, Coahuila y Durango. Territorio naturalmente fluctuante y del que ahora nos quedan, diluidas, pequeñas comunidades salpicadas por el mismo mapa y cuya mitología ha sido encapsulada, de un modo más o menos unívoco y casi todo el tiempo injusto, por los tan afamados y bien circulados westerns. Tales relatos calcificados en las imágenes del apache bandido y el apache salvaje son las que Antonio García de León (Veracruz, 1944) y Álvaro Enrigue (Guadalajara, 1969) desafían en sus respectivas intervenciones: la primera, Misericordia, es anunciada y distribuida como historia, la del destino trágico de una collera de prisioneros apaches que hacia finales del siglo XVIII decidió orquestar una valerosa fuga con miras a volver a casa; la segunda, Ahora me rindo y eso es todo, como una novela sui generis que intercepta varios momentos de la historia de la Apachería con un road trip que hace el narrador con su familia en un relato que, por lo demás, transita los lindes de la autobiografía.

Misericordia y Ahora me rindo y eso es todo comparten, además de un evidente interés por los apaches, sus heroicas figuras y trágicos desenlaces, algunas otras preocupaciones más bien contemporáneas —las fronteras de género y geografía, los peligros del nacionalismo y las fiebres identitarias— que me han permitido, en esta nota, ensayar un diálogo. Huelga decir por otra parte que estos dos libros, además, se ubican cómodamente dentro de un arco amplio y sintomático de recientes publicaciones —por recientes quiero decir aparecidas en más o menos los últimos diez años— cuyas reescrituras de los períodos colonial y renacentista a mi modo de ver facilitan atisbar y acaso repensar urgencias contemporáneas. Dicha lista, que no será revisada en esta reseña pero que comienza a constituirse como un grueso corpus de obras excelentísimas que reclama ser analizado a profundidad, comprende textos como El libro centroamericano de los muertos, de Balam Rodrigo (2018); Las tierras arrasadas (2016), de Emiliano Monge; Muerte súbita (2013), del mismo Enrigue; “Sor Juana y otros monstruos” (incluido en Poemas de terror y de misterio, 2013) y La sodomía en la Nueva España (2010), de Luis Felipe Fabre. Una serie que —si me apuran el pronóstico— seguirá creciendo, y que sustancialmente opera como un sitio de privilegio para explorar temas actuales de migración, desplazamiento, segregación y violencia.

He dicho antes que estos libros se invitan al diálogo, lo provocan; no obstante, no son el mismo libro y pretender instancias y reflexiones espejo constituiría un sesgo y una falta de atención hacia sus particularidades. De allá que en esta nota no intente entretejer, sino atender ambas publicaciones, incurriendo, eso sí, a una doble invocación cuando resulte pertinente la comparativa. Empecemos por eso: mirar ambos libros en el contexto de las colecciones y editoriales en las que fueron lanzados nos interpela a reflexionar sobre cuán plásticos y flexibles pueden ser los géneros y cuán productivo puede ser el borramiento y cuestionamiento de sus fronteras. Ahora mismo, por ejemplo, Misericordia podría ostentar la típica portada gris con imagen al centro que caracteriza la colección Narrativas Hispánicas de Anagrama; ya por la organización narrativa y los subtítulos que emplea, ya por la impronta literaria que distingue desde hace ya algún tiempo la prosa de García de León —que con Mauricio Tenorio Trillo ha de compartir el título del más literario de los historiadores mexicanos—. Entretanto, con algunas licencias, Ahora me rindo y eso es todo podría estar circulando con la importantísima tapa negra de dípticos verticales y tonos cálidos con la que el Fondo de Cultura Económica promociona su colección de historia; no solo por la fiebre de documentación y archivo con que están construidos personajes y premisas, sino porque, como dispositivo, este texto se propone, entre otras cosas, intervenir los engranajes de un fragmento importante de los relatos oficiales. De hecho, si vale como argumento en esta complicación de géneros, podríamos avanzar con un ejemplo diciendo que García de León, historiador, milita el encabalgamiento de hasta dos y tres adjetivos (ejercicio por lo común asociado con la literatura), mientras que Enrigue, novelista, ha puesto un esfuerzo consciente en escribir un relato que más bien prescinde de ellos (característica que se tiende a emparentar con la verdad objetiva). Aún más: el más o menos extendido juicio que propende a asociar los libros de historia con la aspereza y la novela con la fluidez y el ensimismamiento, queda por lo menos cuestionado cuando se visitan estos textos. Misericordia y Ahora me rindo y eso es todo se anuncian como enfáticas excepciones a sus paradigmas: a pesar de la abundancia de datos, el primer texto ha de ser por mucho más hospitalario en su navegación que Ahora me rindo y eso es todo, que rechaza al lector cada tanto, recordándole (una vez más) que la ficción puede ser también espesa y de laborioso recorrido.

No pretendo, sin embargo, avanzar más sobre esta complejidad ni tampoco vengo a promover el intercambio de las etiquetas narrativas, lo que mucho menos significa que este insinuando que haya que leer (o no) estos libros en el marco de sus colecciones y tapas. Si fuera el caso que en Misericordia Antonio García de León falseara la verdad en conveniencia de su relato o lo hiciera por una interpretación aventurada que no malintencionada, poco importa. En esa dirección, también sería equivocado pensar que Álvaro Enrigue ha optado por la ficción porque en efecto encuentra en ella un espacio virginal e impune para falsificarla. Vincular la verdad con los libros de historia y la fantasía con la literatura de ficción es, desde el ángulo que nos ocupa, francamente absurdo. La interacción entre estas dos instancias va mucho más allá de su separación nominal, aunque por su ya copiosa refutación excusaré explicaciones. Como decía Juan José Saer: “la dependencia jerárquica entre verdad y ficción, según la cual la primera poseería una positividad mayor que la segunda, es desde luego, en el plano que nos interesa, una mera fantasía moral. Aun con la mejor buena voluntad, aceptando esa jerarquía y atribuyendo a la verdad el campo de la realidad objetiva y a la ficción la dudosa expresión de lo subjetivo, persistirá siempre el problema principal, es decir la indeterminación de que sufren no la ficción subjetiva, relegada al terreno de lo inútil y caprichoso, sino la supuesta verdad objetiva y los géneros que pretenden representarla”. No obstante, acaso por precaución contra los inquisidores, Enrigue ha tomado el cuidado de publicar su texto en la colección Narrativas Hispánicas (sin mayor explicación) y García de León se ha ocupado de argumentar que de su aventura “nada (o casi nada)” es invención suya y que si alguien osara poner en tela de juicio su reconstrucción de la peregrinación —tan fascinante como violenta— de diecisiete apaches acontecida entre el otoño de 1796 y la primavera de 1797, el aludido posee “los documentos en fotocopias” que justifican la veracidad de sus tentativas.

En el apartado número tres de las Tesis sobre la filosofía de la historia, el más mentado de los textos de Walter Benjamin, leemos: “El cronista que narra los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños, da cuenta de una verdad: que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia”. Treinta y seis años más tarde, en 1976, Carlo Ginzburg publica El queso y los gusanos, libro que versa sobre la historia mínima —aparentemente irrelevante— de Menocchio, un molinero italiano del siglo XVI que, víctima del Santo Oficio, fue procesado y muerto en la hoguera el 6 de julio de 1599. Este relato viene a ser la praxis —la ejecución perfecta— del enunciado benjaminiano: cifrada sobre todo en dos archivos inquisitoriales, la vida de Menocchio es la excepción que cuestiona el paradigma, la piedra de toque para la reformulación, no solo de la historia de la circulación de libros e ideas en la Italia rural del siglo XVI, sino de los estudios sociales y culturales de nuestro siglo. El ejercicio de Ginzburg echa luz, por un camino lateral, sobre la comprensión de la temperatura de una época, al tiempo que nos invita a repensar cuestiones contemporáneas con las que, a primera vista, este caso inquisitorial parece inconexo. Con sus ciertas variaciones, Misericordia se inscribe en el calado de esta genealogía. García de León toma un episodio olvidado, en una primera impresión nimio, para explorar la atmósfera de una época, los años que de inmediato anteceden al movimiento de independencia en México, pero que en su desarrollo se vuelve también iluminador de nuestro tiempo. La vastísima ruta —a veces espectral, a veces incalculable— de los diecisiete apaches prófugos le sirve para mapear el paisaje de un México cuyas turbulencias y contradicciones no solo anunciaban la inconformidad de sus habitantes que desembocaría en el levantamiento armado en septiembre de 1810, sino también la descomposición y lo absurdo de las violentas reacciones del entonces virreinato de la Nueva España que venía vaticinando el punto más bajo de la Monarquía española. Pero escuchemos a García de León, que lo dice elocuentemente: “la persecución de los apaches dejaba entrever no solo la intranquilidad de las autoridades por mantener el dominio sobre sus vasallos, sino sobre todo una línea de desobediencia latente y repetida entre los pueblos del centro de México que ponía al descubierto los oscuros límites la disolución del orden colonial en sus postrimerías. Este hilo rojo que dejaba a su paso la cacería de los apaches iba construyendo un mapa de la evasión desde la venta de Plan del Río hasta el norte, mostrando un equilibro inestable por todas partes y una autoridad endeble que ya no tenía la capacidad de mantener la hegemonía territorial y política sobre una franja de la población crecientemente autónoma e inobediente”.

Por su supuesta gratuita ferocidad y alta peligrosidad, los apaches eran trasladados desde el norte de México hasta la capital, en la que permanecían por algún tiempo antes de ser deportados, por lo común, a las fortificaciones de Cuba, aunque también, algunas veces, a Campeche, Santo Domingo, Puerto Rico y las islas de Barlovento. Allá eran asignados a tareas en astilleros, fortalezas y plantaciones. Lo que les esperaba durante o al final de ese traslado era en muchas ocasiones la muerte, en otras —no sé si las mejores— la esclavitud que sería, finalmente, la prefiguración del mismo intento. Caminaban, los apaches, como cintas de hormigas, por parajes desconocidos, hacia la deshabitación de su propia esencia: “después de la captura ya no había nada que perder, el tiempo fluiría de una manera distinta y las únicas expectativas posibles eran la esclavitud o la muerte”. Ahí es donde, por un lado, la muerte se tornaba una opción ante la injusticia y, por el otro, la impronta de su rebeldía se fortalecía.

Es en el ardor de estas oscuridades que cobra sentido la fuga —llamémosla suicida— de los diecisiete apaches que, del total de ochenta y siete que eran emigrados como prisioneros hacia el Caribe insular, en un primer momento lograron escapar al traslado. Con un grito así llamado de muerte, los diecisiete apaches se lanzaron, la noche del 7 de noviembre de 1796, al absoluto vacío: “un fuerte alarido, un grito profundo que hendió la noche en la venta de Plan del Río, siete leguas más allá de Jalapa”. A decir de García de León, la vuelta a su territorio desde Veracruz se presumía impracticable, pero cualquier cosa resultaba mejor que la marcha al cautiverio. Amparados por la astucia y la velocidad (dos características que reaparecen también insistentemente en la narración de Enrigue), los apaches se enfrentan a una persecución que si acaso empieza con algunas decenas de milicianos termina por alcanzar la excéntrica y desproporcional cifra de tres mil combatientes armados con labranzas, machetes, garrotes, hondas, lanzas, fusiles, pistolas, entre otras herramientas porosas a la coacción y al exabrupto. Por un lado, asistimos a la fabulación de un mito y a la celeridad de los decires en las inmediaciones de la descalabrada Nueva España (“los fugitivos ya habían alcanzado dimensiones imaginarias entre la población; pues los murmullos y habladurías de una extensa región entrelazada por vínculos de comercio y parentesco iban haciendo crecer la figura de los fugados, empujándolos poco a poco al mundo prodigioso de las creencias portentosas, cubriéndolos de extraños e inesperados atributos”); por el otro, visitamos el colmo de lo que es en apariencia un gran absurdo: altos funcionarios de la monarquía desplegando toneladas de recursos en la persecución de un puñado de prófugos hambrientos y desarmados que aspiraban apenas a volver a casa. Y aunque si bien García de León nos alerta de que lo que parece pura insensatez no lo es tanto, ya que en realidad estos traslados y persecuciones eran modos de oscurecer, velar, disimular, finalmente enmascarar procesos de corrupción en los que se traficaban puestos de mando y mercancías, cuya esencia misma era la especulación, no dejan de ser estas estampas una buena ocasión para mirar la silueta de un Estado que a finales del siglo XVIII se caía a pedazos. Pero volvamos a escuchar lo que García de León tiene por decir con relación a esto: “esta dinámica [la de la guerra] permitía deshacerse de una nación indómita [los apaches] por la vía de la dispersión y el desarraigo; y al mismo tiempo, poder mantener toda una maquinaria de servicios y abastos que, organizada en redes paralelas a los caminos y las líneas de frontera, de comercio legal y de contrabando, justificada en el círculo vicioso de la confrontación: como ocurre hasta ahora en cualquier contienda que se precie de serlo, que vive más de los servicios y de las ocupaciones parasitarias que se forman a su alrededor que de los mismos enfrentamientos”.

El destino de los apaches en fuga, cuya nación era violentada y reducida en un esfuerzo conjunto entre el virreinato de la Nueva España y la incipiente conformada federación estadounidense, alcanzó un triple destino: la vuelta al cautiverio, la renovada libertad y la muerte. En algunas de las páginas más memorables de su libro, García de León reconstruye, por la vía de la confusión y el suspenso, transitando el sigilo y el afantasmamiento, el alboroto y el grito, la lenta reducción de la partida de apaches fugitivos que, cuando ya no hubo más alternativa, se enfrentó a la columna de sus perseguidores, rompiendo el cerco y ganando, algunos de ellos, su libertad: “después de una reñida batalla contra más de seiscientos perseguidores (de los más de tres mil hombres, soldados y ‘voluntarios’ que los batían por toda esa región), cinco fueron capturados con vida y enviados después a retomar su destierro forzoso mientras que seis de los catorce que enfrentaron la batalla lograron escapar malheridos de aquel asedio, logrando burlar el cerco de sus perseguidores”.

Y es aquí donde se desprende otra apasionante historia apenas abordada en el libro: la de cómo los apaches rebeldes enviados cautivos a Cuba fueron el vehículo en el que viajaron táctica y técnica. Los apaches fueron quienes, en su cautiverio en la isla, enseñaron a los cimarrones “a fabricar lanzas, arcos y flechas, a manejar los caballos y las armas de fuego, a efectuar ataques sorpresivos y llevar a cabo una guerra informal que les daba la posibilidad de sobrevivir”. En suma, la contingencia del arrebato y desplazamiento orilló, a los apaches, a organizar la resistencia lejos de su territorio, que más allá de su línea de horizonte continuaban luchando por sobrevivir y defender el espacio de sus tierras. Hay, en cada página de Misericordia, la descripción de una violencia de naturaleza absurda, empeñada en someter un territorio y un pueblo por un placer que se cierra en sí mismo y que inevitablemente nos hace pensar en aquellas que ocupan nuestros días. Y no es que pensemos en comparar violencias ni mucho menos que consideremos que las experiencias del fin del mundo son equiparables en todos los casos en los que como seres humanos nos confabulamos para hacer desaparecer (enteramente) naciones, comunidades y pueblos; pero algo hay en ese torbellino anacrónico que se nos parece, algo que describiendo con exactitud otro tiempo parece informar nuestro día a día. Escribe García de León: “La nación apache —más que otras del Septentrión novohispano— conoció en estas décadas todas las ansias, todas las angustias, todos los agobios del alma y del cuerpo, los terrores más profundos y más viles; bebió el cáliz de su existencia hasta la última gota […]  Padeciendo años de guerra y de desarraigo, aprendió el arte de soportar con ánimo paciente y tenaz todos los sufrimientos del mundo y esperar siempre el momento propicio para revertir cualquier situación desafortunada, mientras aguardaba en la más grande y difícil de las esperas”.

Esa espera devino resistencia. Dentro y fuera y para siempre los apaches combatieron (y cuando digo para siempre quiero decir para siempre): y esa es la historia que, fragmentada y recompuesta, en Ahora me rindo y eso es todo Enrigue cuenta.

Ahora me rindo y eso es todo es una obra modelada con un cierto barro específico que es, también, si se me permite la generalización, la materia con la que están construidas casi la totalidad de sus libros. Obediente a lo que Ricardo Piglia alguna vez juzgó como las pautas de un buen relato, sus historias son siempre lo que se cuenta y algo más —escondido o fragmentado— que se intenta poner en la mesa. Algo que, huelga decir, cada vez que puede, él mismo explica. Por ejemplo, en ese extraordinario relato sobre Ishi, el último miembro de la tribu de los yahi, publicado en las páginas de Letras Libres y más tarde como fragmento central de Hipotermia (2006): “a veces escribir es un trabajo: trazar oblicuamente el camino de ciertas ideas que nos parece indispensable poner en la mesa. Pero otras es conceder lo que queda, aceptar el museo y contemplar el saldo en espera de la muerte, pedirle perdón al mar por lo que se jodió. Poner en la mesa nuestras cajitas y saber que lo que se acabó era también todo el universo”. Sin embargo, aquello que se presenta, aquí, como una dicotomía, en realidad funciona, en la práctica, como una amalgama, un sine qua non al que se atiene cada vez que escribe. Una ecuación que viene funcionando desde, digamos, Vidas perpendiculares (2008), aunque más claramente desde Decencia (2011), y ya de un modo definitivo a partir de Muerte Súbita (2013). A lo que voy: la resignación sobre un acontecimiento histórico supuestamente inamovible es la forma oblicua más o menos predecible que Enrigue elige para hacer una denuncia que refiere fuertemente el presente desde el que escribe. Dicho de otra forma: no se trata del retrato de una derrota, sino la intervención de episodios —ya calcificados, ya olvidados— que desde las revisitas de Enrigue parecen actualizarse y susurrarnos algo importante sobre nuestros días. De allá también que su forma preferida —y la que mejor le sale— sea la del montaje de episodios contemporáneos con otros más bien provenientes de un tiempo anterior. De, digamos, la pre-modernidad. Por ponerlo de otro modo: hay en sus relatos una revisión que es siempre desde el hoy —y que incluye radios, computadoras y automóviles— de episodios en los que, por lo común, hay más bien curas, colonos, capillas, viajes a caballo y pueblos que crecen o desaparecen.

En una conferencia en el Instituto Veneto di Scienze, Jacques Rancière explica que la idea de tiempo como una sucesión de momentos precisos ha sido trocada por la idea del tiempo como una valija de posibilidades; es ya imposible pensar efectivamente en sucesiones progresivas. De allá, pues, que el montaje de formas pasadas y presentes cobre sentido como método efectivo de exploración crítica de aquellas cosas que acontecieron en este u otro siglo. Así Muerte súbita —por tomar un ejemplono es precisamente un libro sobre Francisco de Quevedo y Michelangelo da Caravaggio jugando tenis ni tampoco un relato sobre Hernán Cortés, Vasco de Quiroga y Diego de Alvarado Huanitzin fundando los usos y costumbres en la Nueva España en las inmediaciones del siglo XVI; sino que es, en proporciones más o menos iguales, una denuncia sobre la mentira de un mundo cosmopolita por venir y un ajuste de cuentas con la historia oficial que ha relegado las manifestaciones americanas a la categoría de derivaciones. En Muerte súbita no hay utopía posible y lo que se desprende es un reclamo de un lugar protagónico en la fundación de la modernidad. Y es exactamente a eso a lo que esta nueva entrega apunta: en Ahora me rindo y eso es todo el procedimiento es el mismo, aunque los reclamos son de algún modo distintos: nuestras concepciones de identidad, nuestros imaginarios de lo que es y significa una frontera, nuestra impasibilidad e indolencia frente a lo trágico y violento.

La novela tiene un comienzo memorable —acaso uno que aún pasado el tiempo seguiremos recordando— que otorga, además, una clave de lectura para mirar todo libro: “Al principio las cosas aparecen. La escritura es un gesto desafiante al que ya nos acostumbramos: donde no había nada, alguien pone algo y los demás lo vemos”. Enrigue tiene una desacostumbrada fe en las palabras y en sus lectores: por un lado, confía en que su público participará del complejo pacto de ficción que implica ir y venir de episodios más bien desconocidos fundados en los acontecimientos históricos de la Apachería en los intersticios de los siglos XIX y XX y escenas cotidianas de una familia de intelectuales que hace un viaje de vacaciones con tres hijos al suroeste de los Estados Unidos; y por el otro, no teme que su auditorio muera de tedio por la austeridad de su prosa y su afán por enumerarlo todo a lo largo de poco más de cuatrocientas páginas. Ahora me rindo y eso es todo es un libro a propósito difícil: niega lo que enuncia y le devuelve a la escritura ese algo desafiante que la hace ser honesta y que, por ende, nos hace detenernos. Entre los poderes de la prosa está el de producir extrañamiento, fomentar un cambio de ritmo. En la misma conferencia de Rancière a la que me he referido se dice que “no hay un proceso global que someta todos los tiempos individuales y ritmos colectivos a uno que es regla. Hay más bien varias formas de temporalidad que coexisten en un mismo tiempo. Hay, también, una forma de temporalidad dominante, un tiempo normal que vendría a ser justamente el tiempo de la dominación. Esta temporalidad dicta sus propios ritmos y divisiones, sus horarios y agendas en corto y largo plazo. Este tiempo tiende a homogeneizar y tomar el control de la temporalidad […], [a disciplinar] el monopolio de las formas para describir lo perceptible, lo pensable y lo plausible”. Frente a este tiempo, sin embargo, se alzan “otras formas de temporalidad, formas disidentes del tiempo [y en el tiempo] que crean distensiones y roturas en la forma de la hegemonía”. Humilde, Enrigue se plega a esta tentativa: frente a toneladas de literatura que privilegian la aceleración y la velocidad, que acompasan la ligereza de sus páginas y la brevedad de sus capítulos al compás de la vida diaria, Enrigue se arriesga a proponer un libro cuyas características son más bien las de la dificultad y la longitud, que hacen al lector detenerse y hacer del tiempo de la lectura un tiempo exclusivo, un tiempo aparte, que difícilmente coincide con la dura semejanza de la rutina.

La estructura es, de hecho, compleja y difícilmente reproducible como continuidad narrativa; la unidad es el paisaje. Un paisaje que es además vasto, que algunos recorren a caballo, otros a pie y otros tantos, los modernos, en automóvil. Hay en el comienzo de la novela un secuestro: el de Camila, que despojada de sus ropas es llevada hacia el lugar que ella misma, más adelante, llamará hogar y no querrá abandonar nunca. José Manuel Zuloaga, teniente coronel al mando de una tropa de hombres y mujeres cuya singularidad y locura resulta solo comparable al batallón de desquiciados que desfila por un tupido desierto rumbo a Buenos Aires en la novela Las nubes, del ya citado Juan José Saer (relato con el que Ahora me rindo y eso es todo guarda, por cierto, más de una similitud). Zuloaga, por otra parte, guarda en su obsesión con la cacería de apaches, cuyas motivaciones transitan la gratuidad y la megalomanía, un parecido casi escandaloso con el comandante Nicolás Cosío, el militar encargado de dirigir la persecución de la collera de apaches en Misericordia. La historia de este rescate y persecución cuya resolución es melodramática y de proporciones telenovelescas, se empieza luego pronto a entretejer con un ensayo complejísimo sobre la historia de la Apachería entre los siglos XIX y XX, que se encarga de visitar varios nombres, varios héroes y una serie de combates memorables que dejan ver que la abrasante historia de los diecisiete fugitivos relatada en Misericordia no es para nada una aventura aislada: el modo de vivir de los apaches fue pisando la tumba, fuerte y hasta la muerte. De allá que resulte tan impactante el episodio en el que, atravesado de sus propias reflexiones, Enrigue relata la rendición de Gerónimo, acaso el más afamado e implacable de los guerreros apaches: “La lengua de un hombre como Gerónimo no servía para describir la realidad, sino para transformarla. Decir: ‘ahora me rindo y eso es todo’ es reconocer que lo que sigue es una pared que ya no se puede saltar, que se acabaron las variaciones porque ya llegamos al carajo. Nuestra ‘herencia’, dijo un cronista anónimo tras la caída de Tenochtitlán en 1521, ‘es una red de agujeros’. Hay una curva de trescientos cincuenta años entre ambas frases. A Gerónimo le tocó reconocer que la red de agujeros ya se había terminado también, que su gente estaba prendida por los puños de sus últimos hilos: pertenecía a un anacronismo, una nación que se descubre del lado equivocado de la red, una nación pendiente, colgada apenas del mundo”.

Gerónimo pudo ser mexicano, pero en realidad fue apache, nacido en un territorio asediado y no reconocido por los gobiernos mexicanos y norteamericanos salvo como un espacio enemigo; Gerónimo murió en los Estados Unidos, pero no fue o no se consideró jamás estadounidense. Entretanto, el narrador del libro tiene un pasaporte mexicano mientras intenta tramitar un segundo que por derecho de sangre le corresponde, el español, y una residencia en los Estados Unidos. Las fronteras en la novela son también móviles: comienzan con un país, la Apachería, y termina con un territorio convertido en el campo de concentración de sus propios habitantes. La Apachería es un país que fue borrado, un país del que apenas se habla, pero que existió entre las inmediaciones de México y Estados Unidos; los westerns son esas historias que, a decir de Enrigue, fomentan el borramiento y garantizan que los Estados Unidos es un país de europeos y no de americanos, un género que reclama la conquista de naturaleza salvaje en el sitio en el que en realidad hubo un genocidio. A lo que voy es que Ahora me rindo y eso es todo es, al final de cuentas, una larga reflexión sobre la identidad y la plasticidad de las fronteras, sobre lo absurdo que pueden ser esas disputas cuando nos las tomamos en serio.

La tercera historia con la que el rescate/persecución y el ensayo se entretejen es la del viaje en auto del narrador con su familia: allá donde García de León elige la trayectoria misma de los fugitivos para pintar un paisaje, Enrigue lo dibuja con las ruedas de un automóvil: un road trip que se vuelve un ajuste de cuentas, una manera de procesar el duelo. En un epígrafe de Elías Canetti utilizado por García de León en uno de los capítulos de su libro leemos que “la única manera de sobrellevar la desdicha es interpretándola”. Enrigue lo hace a través de un relato copioso, repleto de archivo, reflexiones personales y planas sentenciosas con las que al interior de su escritura tanto aplana como levanta monumentos: “No sabemos de qué trata un relato hasta que lo terminamos, incluso si somos nosotros quienes lo estamos escribiendo; no tenemos ni idea de por qué hicimos un viaje hasta que estamos de vuelta en casa; una vida es una secuencia de acciones sin pies ni cabeza hasta que termina”. Enrigue recompone un relato de muchas piezas que no son necesariamente conjugables ni tampoco intercambiables, pero que al leer en conjunto tienen el efecto de un enorme monumento —un libro— levantado en un territorio interminable que nos es en alguna medida anacrónico y en otro cercano.

Ahora me rindo y eso es todo nos hace preguntarnos por nuestra relación con los antepasados y la historia, nos hace cuestionarnos qué hacemos mientras naciones enteras desaparecen frente a nuestros ojos y nosotros nos atamos ferozmente a nacionalismos e identidades mudables. “Tal vez todos fuimos así alguna vez, nómadas y felices. Íbamos pasando y alguien nos encadenó a la historia, nos puso nombre, nos obligó a pagar renta y nos prohibió fumar dentro. Éramos solo la gente y un día otro nos convirtió en algo: un mexicano, un coreano, un zulú. Alguien a quien hay que categorizar rápidamente para, de preferencia, exterminarlo, y si no se puede, imponerle una lengua, enseñarle gramática y ponerle zapatos para luego vendérselos cuando se acostumbre a no andar descalzo”: los monumentos de la identidad y la nación, en el tiempo de la novela, allanados.

¿Por qué la diligencia de la vuelta y su coincidencia?, ¿para qué bordar estampas de la Apachería? “Contemporáneo —escribe Giorgio Agamben— no es solo aquel que, percibiendo la oscuridad del presente, comprende la luz incierta; sino también aquel que, dividiendo e interpolando el tiempo, es capaz de transformarlo y de ponerlo en relación con los demás tiempos, de leer de forma inédita la historia, de ‘citarla’ según una necesidad que no proviene de ninguna manera de su arbitrio sino de una exigencia a la que él no puede responder”. Es quizá por ese camino que García de León y Enrigue vuelven y se vuelven contemporáneos. No es que vean una continuidad cíclica entre el presente y pasado que permita extraer exactos casos e idénticas soluciones a problemas contemporáneos ni mucho menos que las tensiones en las fronteras de la Apachería sean permutables con las amenazas fronterizas de nuestros días; más bien, ambos parecen encontrar en ese pasado fingidamente constituido y calcificado la potencia para ensayar un pensamiento vigente, que si bien algo puede tener de analogía no es para nada un calco. No mirando lo pasado porque algo se repite en puntual monotonía, sino porque en él parecen encontrar escenas de distancia suficiente para pensar situaciones de urgencia cercana. Y sí: en el camino ambos remueven los cimientos y razones de la atmósfera de una época; con ellos, nuestra relación con ese tiempo que no ha sido ni del todo entendido ni del todo completado resulta por lo menos agitado, remirado, para siempre —desde el hoy— actualizado.

 

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