Literatura

Alejandro Zambra, Mis documentos, Anagrama, Barcelona, 2014, 205 pp.


Casandra Garza

En Bonsái (2006), Julio, uno de los protagonistas, piensa que “cuidar un bonsái es como escribir […] Escribir es como cuidar un bonsái” (p. 87). Para el cuidado de un bonsái, hasta la elección de la maceta puede constituir una forma de arte, y es casi tan importante como la elección del árbol, al igual que en la escritura, el contenido va —debe ir— unido a la forma. El chileno Alejandro Zambra (Santiago, 1975), quien debutó en el panorama literario con Bonsái, ha optado por las formas cortas en sus relatos: Bonsái no pasa de las cien páginas y es, igual que la planta ornamental japonesa respecto al árbol, una réplica en miniatura de una novela. Sus protagonistas son dos jóvenes, Julio y Emilia, que inician una relación tras una noche de estudio y alcohol. La historia de amor importa en tanto que se relaciona íntimamente con la lectura: la pareja descubre un singular placer en la lectura en voz alta previa al acto sexual, al grado de que es precisamente en los libros donde encuentran la inspiración erótica. Y si la lectura los acerca, también los separa, pues ambos mienten afirmando haber leído a Proust, y cuando se sumergen en su “relectura”, conscientes de la mentira compartida, abandonan Por el camino de Swan, así como su relación. Al final, Emilia se suicida y Julio se obsesiona por cuidar un bonsái ante su incapacidad de convertirse en escritor. La reflexión sobre la lectura y la escritura es una constante en la literatura de Zambra, así como los personajes pertenecientes a la clase media que llevan una vida más bien deprimente, monótona, que estudian Letras y terminan como telefonistas de turno nocturno.

     En La vida privada de los árboles (2007), Julián, un profesor de literatura de lunes a viernes y escritor los domingos, pasa una noche de insomnio cuando su esposa no regresa de su clase de pintura. Su ausencia marca un paréntesis en la rutinaria vida de Julián: esa interrupción lo lleva a reflexionar sobre su pasado y a imaginar el futuro con su hija Daniela. Lo más interesante es, quizá, que la ruptura de la monotonía —y probablemente también la certeza del caos, pues él comprende que ella ya no va a regresar— le permite terminar esa misma noche su novela Bonsái (en La vida privada de los árboles y en Formas de volver a casa, Zambra recupera aspectos e incluso pasajes de sus novelas anteriores). No obstante, pareciera que, ante todo, Julián es incapaz de escapar de su vida rutinaria, pues al día siguiente deja la cama y la cocina como si su esposa hubiera despertado y desayunado junto a él. En Formas de volver a casa (2011), nuevamente asistimos a la vida de la clase media chilena, solo que ahora la historia se desenvuelve con la dictadura de Pinochet como telón de fondo. Esta es vista a través de la mirada de los hijos, aparentemente personajes secundarios: “mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón” (p. 56).

     Mis documentos encierra una serie de relatos cortos en los que Zambra continúa presentándonos personajes clasemedieros sumidos en vidas decepcionantes, pero estos relatos resultan más radicales, más tajantes que sus novelas anteriores: el tedio se extiende de principio a fin, las posibilidades de escapar de él, si las hay, se extinguen abruptamente. Incluso algunos de los textos parecen fragmentos o porciones de estas novelas: “Mis documentos”, “Camilo” e “Instituto Nacional”, por ejemplo, traen de vuelta el tema de la literatura de los hijos, una literatura sobre los años de la dictadura y la separación familiar que provocó. Al igual que Claudia es separada de su padre en Formas de volver a casa, Camilo busca la forma de reencontrarse con su padre, un exiliado de la dictadura. En “Mis documentos” e “Instituto Nacional” se observa la influencia del régimen dictatorial en ámbitos como la educación, con profesores rígidos que dictaban “como se dicta en dictadura” (p. 106). Por otro lado, “Recuerdos de un computador personal”, “Larga distancia”, quizá los dos relatos más tediosos, se inclinan más hacia el desencanto vital de Bonsái; los protagonistas pasan sus días frente a una computadora o un contestador en habitaciones pequeñas y oscuras, establecen relaciones sentimentales que ellos mismos destruyen y terminan sumidos en la peor de las soledades. Entre todas las historias, destaca “Yo fumaba muy bien”, un relato fragmentado que desarrolla minuciosamente una teoría en torno a la relación entre fumar, la escritura y la lectura a través del diario de un ex fumador que comienza a perder el gusto a leer y escribir porque “escribía para fumar y ya no fuma, porque leía para fumar y ya no fuma” (p. 135).

     La conciencia del escritor de su incapacidad para mantenerse al margen de la literatura y de la ficción es un aspecto que se repite en los relatos de Zambra. Ya desde el primer párrafo con el que abre Bonsái, el narrador afirma: “pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura” (p. 13). No obstante, a pesar de que el resto es literatura, Zambra también es consciente de la mezcla inevitable entre ficción y realidad: en Formas de volver a casa, el narrador de la segunda parte comunica al lector que la primera parte es, en realidad, una porción del libro que está escribiendo, y posteriormente, sucesos de esta segunda parte, es decir, de la “vida” del narrador, son convertidos en literatura en la tercera parte, continuación de la historia que aparece en el primer capítulo. Quizá por ello el protagonista reflexiona, tras ver a una mujer leyendo en el parque, que “leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla.” (p. 66). El último de los relatos de Mis documentos, “Hacer memoria”, también aborda ese problemático proceso que es la escritura y nuevamente el personaje que narra utiliza acontecimientos de su propia vida para escribir un relato policíaco.

     Probablemente la mayor virtud de Zambra sea esa introspección sobre su propia labor, tanto de lector como de escritor, “ese oficio extraño, humilde y altivo, necesario e insuficiente: pasarse la vida mirando, escribiendo.” (p. 164), oficio del que, al igual que sus personajes, ya no podrá escapar.

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