Literatura

Karmelo C. Iribarren, Mientras me alejo, Visor, Madrid, 2017, 81 pp.


Javier Revello Sánchez

La vejez tiene algo de inexorable que la convierte en cotidiana; de todas las etapas de la vida, ninguna evoca tantos sentimientos encontrados. Es cruel y tierna, fría y tenue, dulce y final. Nada en ella nos redime de haber vivido, si es que conseguimos recordar: es peor olvidar que sufrir.

Iribarren (Donostia, 1959) tiene muy claro que para él ser viejo no es romántico, sino terrible: que el hombre que fue sigue ahí, seguro y en el bar, pero ahora tiene “frío hasta en el alma” (p. 51) y sabe que a su edad “ya no esperas / ningún milagro de la primavera” (p. 51). Su poesía es ahora el reflejo de lo que le aterra. Si los jóvenes escribimos sobre el sexo, el amor, la tierra, cuando pasan los años “ni siquiera / nos habremos dado cuenta / de que se ha hecho de noche / de repente” (p. 36). Él parece haber comprendido esto último, como quien entiende que no va a poder aguantar contra el mar mucho más: parece haber comprendido que ya se le ha hecho de noche. Y, como ordenaba Thomas, no piensa irse en calma.

Si este hubiera de ser su último poemario, habría logrado que fuese la síntesis perfecta de lo que fue su poesía: una voz ronca y dulce que, a su pesar, ni cree ni deja de creer; el evidente conflicto de una sensibilidad a la que nada puede darle igual y que, sin embargo, se empeña en intentarlo. Siempre ha sido pesimista, pero uno que cree que “lo conseguirán […] y nosotros también” (p. 72). Como menciona Luis Alberto de Cuenca en el prólogo, aquí “está entero nuestro Iribarren preferido” (p. 12). El que escribe “Te miro para que te quedes” (p. 67), lleno de ternura, y el que se refiere a “Esos días”, tan de tantos de nosotros, “cuando te quieren y hace sol / y no te duele nada, […] tienes el mundo / rendido a tus pies, / y no te basta” (p. 40).

Es este, así pues, un libro asolado y enriquecido por la indefinición. Como las grandes cosas de la vida, es de un simple (que no sencillo) que asusta: de un plano, un tierno, un macabro que hiere. Un poemario capaz de ser como “niños destrozando / la blancura de la nieve / con la misma alegre / despreocupación / con la que le rompemos / el corazón a alguien / la primera vez” (p. 48); capaz de afirmar que “tiene que ser extraordinario / ser un optimista continuamente, / sin reparar en gastos, / sin que te afecten las ruinas / que vas dejando a tu espalda” (p. 15); capaz de hacernos sentir solos y bajo la lluvia, pero en casa y junto a la estufa.

Puede que estas líneas den a entender que el poemario es perfecto, crudo y completo como lo es el mejor Bukowski: no es el caso. Como la vida que tanto se empeña en definir, tiene fracasos y nobles intentos, versos poco logrados, poemas enteros que no están del todo a la altura. Sin embargo, Iribarren no busca ser perfecto: busca ser sincero, aunque suponga que sus poemas no sean todos el mismo tiro a bocajarro en la boca del estómago.

Cierra el libro “Un mal ejemplo”, poema que, si este hubiera de ser su último poemario, hace de panegírico, de esquela y de glosa. En él afirma: “Nunca quise llegar a ningún sitio / ni tampoco me interesó / especialmente el paisaje. […] Exiliado en mi interior, / nunca en venta / ni besando la mano de nadie, / arrastro mi minúscula épica / ̶ por unas calles / que ni siquiera son ya mis calles ̶  / y me voy alejando” (p. 81). Porque sí, parece que se va alejando, que deja atrás cosas que para él fueron importantes o, quizá, las valora más ahora que empieza ya a estar solo con su mar de San Sebastián y sus bares casi vacíos.

Aunque esperemos que aún le queden poemas y que este no haya de ser su último poemario.

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