Literatura

Ignacio Padilla, Micropedia, 4 vols., Páginas de Espuma, Madrid, 2018, 616 pp.


Arturo Cárdenas

La publicación de Micropedia por la editorial Páginas de Espuma, además de ser la culminación de un proyecto de vida, busca ser un pequeño homenaje a Ignacio Padilla tras su temprana muerte. La presentación de los cuatro volúmenes, una caja de cartón frágil que remeda un libro antiguo encuadernado en piel labrada y remaches, deja en claro que se trata de una “edición especial” a pesar del flaco favor que hace al mérito del autor. De verla en el estante uno pensaría que se trata de una saga de fantasía para jóvenes adultos. Si bien el estuche es menos feo que los volúmenes individuales, al menos estos le confieren la dignidad que las portadas feas le dan a la literatura “seria” en español, que por lo general reserva las virtudes del diseño a obras de interés más general. Saliendo del tema de lo estético, además de los libros que componen la Micropedia, el estuche contiene un pequeño volumen, casi un panfleto, en el que Jorge Volpi, Rosa Beltrán, Alberto Chimal, Cristina Rivera Garza junto a otros camaradas y admiradores de Padilla, escriben sus experiencias y opiniones del genio y figura. Esta pequeña colección de semblanzas sirve como una excelente introducción a la obra, aunque en realidad nada puede preparar a un lector que llega por primera vez a Padilla para los mundos extraños y extravagantes que se exploran en Micropedia.

A pesar de que Micropedia es técnicamente la reunión de sus cuentos completos, Padilla siempre la visualizó como una sola gran obra de carácter enciclopédico. Está conformada por cuatro tomos que apenas tienen conexión temática entre ellos. En vida, el autor solo logró completar los primeros tres: Las antípodas y el siglo, El androide y las quimeras y Los reflejos y la escarcha. El último, Lo volátil y las fauces, existía sólo como un esbozo y tuvo que ser completado por su amigo y compañero Jorge Volpi, quien se encargó de reunir los cuentos inéditos que dejó guardados en su archivo digital. Como ya se mencionó, la conexión entre un volumen y otro llega a ser bastante laxa, sin embargo, dentro de cada volumen individual, los cuentos tienen una unidad temática que a veces llega a resultar asfixiante incluso cuando cada uno tiene una forma particular de interpretar el título que los une.

El primer volumen, Las antípodas y el siglo, reúne relatos que tratan en su mayoría de viajes a tierras lejanas protagonizados mayormente por exploradores europeos del siglo XIX. Muchos siguen el formato de lo que podría llamarse una biografía mínima, como es el caso de “Ever Wrest: bitácora de viaje”, en el cual se resume la vida de Maurice Wilson, un exmilitar afeminado que toma la resolución de llegar a la punta del monte Everest. Casos similares se pueden ver en “Rhodesia express”, “El tiempo recobrado” y el cuento que da nombre al tomo; todos ellos sobre ingleses excéntricos y sus peripecias al cambiar de continente. Otros relatos, también enmarcados por la narrativa de exploración, optan por centrarse más en el lugar explorado que el explorador, llegando a veces a tomar tintes de leyenda o cuento de hadas, como es el caso de “Rumor de harina”, que relata la forma cruel y fabulosa en que un reino salió de la hambruna y se volvió famoso por su producción de pan.

El segundo volumen, El androide y las quimeras, a diferencia del primero, está separado en dos secciones: mientras que en Las antípodas y el siglo todo trata de lugares lejanos en tiempos remotos, aquí la primera mitad se encarga enteramente de los androides y las quimeras quedan relegadas al final.  Destaca en esta antología la rigurosa investigación que Padilla le invirtió a cada una de las historias: todas ellas están basadas en sucesos históricos y personajes reales y, aunque es claro que ninguna está exenta de aportaciones de la imaginación del propio autor (como queda claro en “Las furias de Menlo Park”, posiblemente el mejor cuento de toda la Micropedia), la mayoría parecen simplemente tomar los hechos y estructurarlos según sirve a los fines literarios del autor sin agregar más. Tal es el caso de “Pacto de caballeros”, que trata de los hechos que llevaron a que el Caballero D’Eon pasara sus últimos días como mujer. De este cuento, el propio Padilla señala en sus notas finales que los eventos narrados “no son, por desgracia, producto de mi más bien pobre imaginación, sino un hecho histórico oportunamente registrado por Stevens en su libro Los masones”. No es para demérito del cuento que la trama no sea “original” A fin de cuentas, esta solo sirve de excusa para que el autor haga gala del virtuosismo y originalidad de su prosa que por momentos parece un reporte de los hechos escrito en la época en que ocurrieron. Los androides de Padilla no son seres humanoides como los que aparecen en la ciencia ficción, sino seres que asemejan humanidad sin lograr asumirla en su totalidad, como se ve en la tercera Alicia perdida de Carrol en “Las Tres Alicias”, la muñeca que habla en “Las furias de la Menlo Park” y El autómata que juega ajedrez en “Las entrañas del turco”. En lo que corresponde a las quimeras, la sección está compuesta de tres relatos sobre mujeres que comparten paralelismos con personajes de la mitología grecorromana y obras de Shakespeare. “Galatea en Brighton” es una reinterpretación del socorrido mito de Pigmalión. Aquí el texto en realidad no agrega mucho a las propuestas que han hecho otros autores, incluso tiene casi la misma ambientación de la clásica versión de Bernard Shaw. Los otros dos resultan mucho más interesantes: “Miranda en Chalons” equipara la historia de una niña feral con el personaje de La tempestad de Shakespeare, mientras “Circe en Galápagos” presenta a la hechicera en la forma de Clarisse Von Heller, una fugitiva alemana de la segunda guerra mundial que funda un paraíso sexual en una isla caribeña.

Los reflejos y la escarcha es quizá el más débil de los libros. Si bien los relatos tienen todos los padillismos que uno esperaría y que son suficientes para hacer valiosa la lectura, se quedan cortos en comparación de los anteriores. Como en El androide, algunos cuentos son rigurosamente históricos (“La balada del pollo sin cabeza”) mientras otros, más imaginativos, proponen situaciones interesantes, pero tienden a caer en giros trillados y finales que fallan en crear el golpe frío que debería suponer la revelación final. Debo insistir en que, a pesar de esto, el tomo no se va sin méritos, pero quizá es mejor empezar a leer la Micropedia con este volumen porque al llegar a él después de los anteriores, muchos relatos parecen versiones pálidas de otros. Por ejemplo: el militar homosexual en “Los anacrónicos” es, por mucho, menos interesante que el anciano travestido en “Las antípodas” o el Caballero D’Eon y su misteriosa identidad de género en “Los androides”. De ser este el primer volumen de la Micropedia, serviría como el vehículo perfecto para presentar al lector con todos los temas y motivos que los otros exploran de formas más profundas y atrevidas.

El último volumen es quizá el más extraño y maravilloso de todos. A veces más un bestiario que una antología de cuentos, Lo volátil y las fauces dedica la primera mitad a aves fantásticas y la segunda a monstruos terrestres. Haciendo gala de sus poderes estilísticos, Padilla crea falsos manuscritos que, por medio de una prosa que parecería más bien traducida de textos en latín, griego o árabe antiguo, presenta criaturas imposibles que bien podrían ser invención del propio autor o un préstamo de la Historia natural de Plinio. La mímesis es tan cabal que cuentos como “Navigatio Prima”, que cuenta la travesía del marinero Lotario a la mítica isla de los pájaros, casi podría pasar como una pequeña épica espiritual de la Europa oriental premoderna. Otras historias, como “Tres arañas y una cuarta improbable”, bien pudieron haber sido arrancadas de un manual de zoología medieval. Aunque el estilo arcaico siempre está ahí, no todos los cuentos tratan de ocultar su verdadera edad, como se ve en “Animalia de espejos”, que se sirve del drama policial para presentar ciertas tortugas plateadas que supuestamente le fueron obsequiadas a Marco Polo por el gran Khan. A pesar de la maestría del autor, a veces las historias se vuelven tan excéntricas que ni todas las pirotecnias y trucos literarios la pueden salvar. El cuento “Santa Elena en ayunas” parece sugerir que los reyes magos fueron en realidad pterodáctilos, premisa tan absurda que dudo que haya persona en el mundo capaz de venderla; sin embargo, si alguien lo tenía que hacer de manera convincente, me alegra que haya sido Padilla, quien está dispuesto a llegar a los extremos más inesperados para argumentar su punto. Sólo él pudo hacer que una propuesta así tuviera el poder para terminar con una frase como “así como cada lunar del cuerpo se corresponde con alguno de los trazos destinales de la mano, así cada cometa redentor tiene su reflejo en un meteoro destructor y cada rey tiene su descendencia en un dragón.”

 

 

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