Literatura

Yasushi Inoue, Mi madre, Sexto Piso, Ciudad de México, 2020, 158 pp.


Brianda Pineda Melgarejo

No es casualidad que en la primera parte del capítulo inicial de la novela titulado “Bajo los cerezos en flor”, Yasushi Inoue hable primero de su padre. Un médico militar que antes de cumplir los cincuenta años decide retirarse al pueblo de Izu con su esposa y dedica los treinta años siguientes a no salir de casa y a cultivar un huerto que alimentándolo a él y a su pequeña familia le permite a su vez cultivar una misantropía que no lo abandona hasta que la muerte lo alcanza cuando cumple ochenta años.

Este preludio sirve al escritor japonés para ilustrar la cotidianidad que rodeó a sus padres durante tres décadas. En una sociedad patriarcal, que acababa de perder la Segunda Guerra Mundial y debió tener miles de desertores militares entre sus filas, la vida de una mujer y su posición dependían en gran medida de las decisiones que su padre o su marido tomaran. La madre de Inoue tuvo que acompañar, quisiera o no, a su esposo en ese retiro acaso injustificado y un poco anti heroico a sus ojos habiendo ella sido criada por su abuelo Kiyoshi, que también fue médico militar, pero cuyo prestigio duró más años y esfuerzo. Acaso ese retiro fue la semilla de donde nacería el olvido y desdén de la madre por su marido. Cinco años después de la muerte de este, la demencia comenzó a manifestarse en ella y fue olvidándose poco a poco de todos sus hijos, hermanos y nietos, pero en especial mostró desinterés por el hombre con el que compartió tantos años. Esta idea del rencor hacia el marido no obsesiona al escritor, pero la pulcritud de los detalles de su prosa permite a los lectores reflexionar sobre las costumbres japonesas: “es posible que durante una larga vida conyugal –y sin que tenga nada que ver con sentimientos como el amor o el odio–, los maridos impongan a sus mujeres esas obligaciones que se depositan en sus hombros como finas capas en forma de resentimiento. Si es así, el marido es el culpable y la mujer, la víctima”.

Este ejercicio de ficción escrito en 1975, que ve su versión en español gracias a Marina Bornas el año pasado, es un intento de Yasushi Inoue que tiene por objetivo situarse ante diversas interrogantes tales como qué significa esperar la muerte, qué vasos comunicantes hay entre realidad, pensamiento, memoria y cuerpo, cuál es la verdadera naturaleza del tiempo y qué impacto llegan a tener los afectos dados por la crianza. El escritor define este libro como un híbrido entre ensayo, novela y crónica. Diría que tiene un singular encanto, más allá del género literario. Para mí, su sentido hace eco en una entrada de los cuadernos de Albert Camus escrita en enero de 1936: “no se piensa sino por imágenes. Si quieres ser filósofo escribe novelas”. Mi madre, sin duda, es una pieza filosófica bien lograda. Su creación llevó una década por lo que, si hay algo que reclamarle, es cierta información repetida entre capítulos, señal de que tal vez la relectura no cobró fuerza en el proceso depurativo del autor. Nada que no se disculpe con la calidad de sus analogías; Inoue abre la narración con la imagen de su padre porque su pensamiento le ha revelado una conexión entre ciertas ausencias y el rostro con que nos escudriña la muerte: la partida del padre hace visible la mitad de dicho rostro y la de su madre hará lo propio con la mitad restante. No tener padres, de algún modo, permite que miremos de frente a nuestra propia muerte.

La batalla que libra su madre y los que la rodean con su demencia es el tema principal de la narración. Días, meses y años en que la anciana oscila entre la alegría y la malicia, el deterioro y el sobresalto, la repetición por olvido y la alucinación. La demencia es un planeta oculto en el “cerebro carcomido” de la madre al que los hijos no tienen acceso sino por medio de las suposiciones hechas mientras pisan la tierra de este, nuestro planeta racional. Comunicarse requiere de un esfuerzo mental donde la paciencia, el humor y la imaginación permiten respirar con alivio. No importa si se atraviesan ya solo puentes rotos. Todos se preocupan, pero son las mujeres quienes asumen el papel de cuidadoras. Los hijos tienen el privilegio del desapego ante los momentos críticos, si bien visitan y están pendientes de la condición de la anciana. Aun ella, en sus breves momentos de lucidez, pide que la cuiden sus hijas y no sus nueras. Parece ser lo más natural del mundo, una jerarquía familiar de los afectos poco cuestionada y aún funcional. La larga tradición, tanto oriental como occidental, nos dicta lo que conlleva ser hijo, ser hermana, ser padre o madre. Estas nociones suelen arraigar de tal manera en la mente de los involucrados que aun la madre de Yasushi Inoue es fiel a ciertas costumbres o prejuicios pese a la enfermedad: “Pero a Akio le habla de ese modo porque sabe que no es su hijo sino su yerno. A pesar de la demencia es perfectamente consciente de quién es quién”. La responsabilidad unida al sacrificio recae con mayor fuerza en las hijas y esto en la novela es expresado con dignidad. Ni Shigako ni  la otra hermana se quejan o protestan humilladas; por el contrario, hacen de la empatía una virtud, del heroísmo un acto sencillo y cotidiano que se repite como las frases e historias que la “abuela” cuenta una y otra vez durante el día a sus nietos que la creen loca. Esto último no quita que la comodidad con que los varones aceptan dicha tradición de cuidado tenga algo de alarmante.

La lucidez y serenidad con que Inoue escribió Mi madre acaba por ser el mejor homenaje a la experiencia en que está basada la obra. No el sentimentalismo, ni la visceralidad de los desesperados, sino un punto de vista racional que intenta abarcar la complejidad de un momento para el que ninguno de nosotros nace preparado: cuidar a un anciano en la última etapa de su vida que, paradójicamente, guarda gran similitud con la de sus primeros años. El escritor vivió muy poco tiempo bajo el mismo techo de sus padres y hermanos, por lo que la distancia fue una atmósfera familiar común. A eso sumemos lo antes dicho, las hermanas se encargaron por años del cuidado exhaustivo, pero eso no anula las breves temporadas en que el escritor nominado al Nobel cuidó de la demencia de su madre. Esta distancia, reflejada en el estilo de la obra, la utiliza como motor para comprender y así narrar con mayor profundidad. La escritura es una batalla contra el lenguaje, la enfermedad también. Demente, su madre se aferra a obsesivas ficciones en lo cotidiano que acaban por ser su tregua con el lenguaje antes de la extinción. La madre anciana vuelve a ser niña, pierde seriedad y razón, pero aún juega. La realidad, como la literatura, tiene un carácter especular. No sorprende que, más allá de la convención jerárquica familiar, la novela sea un intento por iluminar las zonas oscuras del misterio de una vida. Al diseccionar los momentos compartidos con sus padres, Yasushi Inoue descubre que lo pasado posee una capacidad plástica capaz de dotar de ambigüedad toda acción y gesto humano. Cada hijo es lector de una realidad rica en matices “y siempre [acabamos] sacando la conclusión de que los hijos no saben gran cosa acerca de sus padres”.

A su vez la demencia moldea la personalidad de una mujer adulta y altera emociones y actitudes sin descanso. El escritor ve la enfermedad como una serie de espíritus que se posesionan de su madre por medio de deseos irracionales. La voluntad inquietante de la demencia despierta el interés de los hijos por contemplar de su madre  “la titilante llama azul del instinto que ardía en algún lugar de su cuerpo y de su mente decadentes”. Entrar en contacto con esa intimidad a ratos tétrica permite a Inoue poner en duda que la vida vaya siempre hacia adelante. También nos forma el retroceso: volver a sentir y expresar lo ya vivido. Bajo ese influjo, envuelta en esa niebla densa que al avanzar entierra décadas de su vida, la madre se desconoce y a ciertas horas se reconoce, y este detalle extraído de su historia le permite sorprenderse, ¡ella vivió eso, ella estuvo ahí!

En medio del asombro, el desasosiego y la ternura, la memoria de la madre sufre una revolución que instala en el presente cierta tensión en la que participan todos los que la rodean. La enfermedad desdibuja una vida y a un tiempo deja al cuerpo encarnar épocas remotas. Una madre demente es un espíritu errante, puede ser una niña malcriada, una adolescente que no para de hablar de su primer amor, una madre que busca a su hijo perdido “como una gata busca a sus cachorros” o una abuela orgullosa que “preparaba el té para los invitados a pesar de que no había llegado nadie”. Ese “disco rayado”, esa “máquina estropeada” no deja de ser la última oportunidad que un hijo tiene de estar al lado de quien le dio la vida. Durante aquel último tramo de acompañamiento, Yasushi Inoue describe las dificultades de establecer una comunicación que no se apoye tanto en el pasado o en las referencias compartidas y ceda su sitio al estar incierto, a lo voluble. Los hijos adultos, como él, deben cambiar de papeles y hacerse cargo de los padres mediante una crianza que cultiva no un crecimiento en relación a los deseos futuros, sino tan solo un cuidado humano antes de la próxima desaparición. Es necesario dar un paso hacia la templanza y asimilar que “para tratar con una mujer de ochenta y cuatro años hay que ponerse en la piel de una mujer de ochenta y cuatro años”.

Mi madre fue llevada al cine en 2011 por Masato Harada y premiada en el Festival de Cine de Montreal. En términos de prestigio brinda a la carrera literaria de Yasushi Inoue una digna condecoración. No se convirtió en médico militar, como la protagonista de esta obra esperaba. Eligió el periodismo, las novelas, los cuentos, la poesía y se involucró en guiones para series televisivas y adaptaciones cinematográficas como Sword for Hire (1952) de Hiroshi Inagaki —con Akira Kurosawa en la fotografía— basada en la novela por entregas Sengoku Burai, que Inoue publicó en el medio Sunday Mainichi. Su lugar en la tradición internacional de las letras japonesas del siglo XX se sigue escribiendo. Su oficio, digno y lúcido, reivindica una historia entre millones dictada por un olvido violento. La demencia de su madre lo enfrentó consigo mismo y lejos de llevarlo a una resignación pudorosa y muda, lo condujo a una reflexión poética sobre la identidad y los afectos.

Nueve años de indagar en el sentido de una vida que apenas conoció, de interrogarse a sí mismo sobre la pertinencia de aferrarse a reparar lo que ya no tiene remedio: “la expresión que adoptaba mi madre cuando intentaba recordar —el cuello ladeado, la cabeza gacha y la vista fija en el regazo— contenía la humildad y la pena de un penitente obligado a confesarse. Pensé que no tenía ningún derecho a forzarla a evocar su pasado”. Nueve años de un cuidado amoroso, de un agradecimiento por esa espera espantosa e insólita que le permitió pasar más tiempo con su madre y recabar un archivo mental que después transformaría en esta obra literaria.

Cuando Yasushi Inoue se dirigía a Izu para velar a su madre “hacía un día radiante y el monte Fuji estaba precioso”, la imagen le hizo pensar “que era muy propio de [su] madre haber elegido un día tan radiante para morir”. Si bien la enfermedad algo tenía de ausencia anticipada, simbólicamente el funeral es el momento sagrado donde la ausencia definitiva de la persona muerta es la protagonista. Los japoneses son muy meticulosos en sus rituales, estos momentos graves y otros en apariencia intrascendentes llenan las páginas de Mi madre, una novela sobre el valor que tiene la vida sin importar la distancia que hay entre ella y el olvido o, su versión más fatal, la muerte.

 

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