Literatura

Emma Reyes, Memoria por correspondencia, Almadía, México, 2014, 258 pp.


Guillermo Espinosa Estrada

Persuadir a alguien más a escribir sus memorias puede ser algo tan terapéutico como cruel. Depende del caso, claro está. Pero así, de forma abstracta, podríamos estar ante una de las formas más sofisticadas de la tortura. El ejercicio autobiográfico no ha dejado de ser, desde San Agustín, una confesión espiritual y a veces, como en fray Servando, una defensa legal. Basta haber estado en un confesionario y en un ministerio público para saber que ninguno de los dos lugares resulta cómodo.

Memoria por correspondencia, de la pintora colombiana Emma Reyes (1919-2003), está conformado por veintitrés misivas en las que la autora relata recuerdos de infancia por solicitud de su compatriota, el historiador Germán Arciniegas. Las cartas fueron escritas entre 1969 y 1997 –la extensión del periodo se debe, al parecer, a la reticencia de Reyes a continuarlo– y fueron enviadas bajo una condición: solo podrían publicarse después de la muerte de la pintora. Finalmente en 2012 apareció la primera edición colombiana para convertirse en un fenómeno de ventas: en 2014 salió la edición mexicana, en 2015 la española y la argentina y, este año, la traducción al inglés. Penguin la publicará en su colección de clásicos.

¿Pero qué sucede aquí? Es un libro que narra los primeros recuerdos de una niña de la calle. En sus páginas no falta el abuso, la violencia ni la escasez, y abunda el encierro y las heces. Una bacinica con meados y mierda que tiene que enjuagar todas las mañanas. El recuerdo de un hombre que, después de manosearla, orina sobre su pequeño cuerpo. La impotencia de una criatura que, debido a un ambiente hostil, no puede evitar orinarse en la cama (y los castigos que esto conlleva). Todo lo anterior siempre intramuros: encerrada en un cuarto en Bogotá, en una casa en provincia o en un convento de las hijas de María Auxiliadora. Lo que sorprende es que, a pesar de lo anterior, “no hay odio en estas memorias, ni resentimiento alguno”, como bien dice Francisco Hinojosa en el prólogo de esta edición, “al contrario… se percibe una alegría de vida”. Y no podría estar más de acuerdo, la gran virtud de Emma Reyes radica en esa alquimia: la de trasvasar el trauma y el dolor en sorpresa y experiencia estética.

Pero más allá de sus virtudes, lo que atrajo mi atención fue la presencia de lo que Sylvia Molloy designa como “lector privilegiado”. Este suele ser una autoridad que, por estar inmiscuida en algún proceso o polémica con alguien de menor jerarquía, hace que el otro termine justificando sus actos narrando su vida. Tal vez un caso paradigmático de este tipo de relación sea la de Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, con sor Juana: la “Respuesta a sor Filotea” sería el texto que se elabora para satisfacer las exigencias de este fiscal. En Memoria por correspondencia entreveo algo parecido: aunque solo podemos leer las misivas que manda Reyes, la presencia de Arciniegas es fantasmal y poderosa. Se le designa como “jefe” en algún momento, después dos veces como “sumercé”, y si bien al inicio la autora le recrimina porque no le hace “correcciones”, años después le pide que no la “regañe”, tal vez por sus demoras para terminar, y asegura que “no seguiría” escribiendo si no fuera porque avanzar es la condición que su lector privilegiado le ha impuesto para obtener un viaje a Rusia como recompensa.

Si el obispo de Puebla condenó a sor Juana al silencio, Arciniegas condenó a Reyes a hablar. Y aunque no tenía el poder de enjuiciarla –derecho que ostentaba el lector privilegiado en otros tiempos–, sí pudo juzgarla. Esta relación de poder se ilustra con un brevísimo testimonio del historiador que el volumen de Almadía recoge como epílogo: “ahora es una pintora celebrada”, concede Arciniegas, “pero no hay que olvidar lo que dice su diario [epistolario] de la infancia. Una vez la induje a que lo escribiera y alcanzó a redactar unas cien páginas, que son un modelo por la manera de atropellar el castellano, escribiendo ilusión con c y metiendo palabras de su francés alternando con las de su recordado castellano.” Los reproches no dejan de ser significativos; a un nivel simbólico, Arciniegas ostenta la misma autoridad que, en la cabeza de la pequeña Emma, tenía el Papa. “Mientras trabajaba, pensé que si supiera podría escribirle una carta al papa”, recuerda: “mentalmente le escribía cartas que duraban todo el día, en ellas le contaba toda mi vida, le hablaba del Niño, de Eduardo, de la señora María, de mi hermanita y le decía además que las monjas nos hacían sufrir de hambre.” La protagonista desiste de la idea de escribir al Vaticano y tal vez lo hace por el mismo motivo que se niega a escribirle a Arciniegas: descubre que, aunque las narre, ya nadie podrá ponerle un remedio a las tragedias de su vida.

Debido a la poca discreción de Arciniegas, García Márquez también leyó las primeras cartas de Reyes e, incluso, la presionó para seguir escribiéndolas. Y si las memorias del primero se titularon Vivir para contarla (2002), las de Emma Reyes se escribieron para ser ocultadas. Por ello la exigencia de permanecer inéditas hasta el día su muerte. Al final de la carta ocho, una de las más traumáticas de la colección, aparece el único gesto de indisciplina que Reyes tuvo ante su fiscal: “Sumercé, estoy triste porque esta carta no me salió como yo hubiera querido, pero no me siento capaz de repetirla.” Frase que devela el doloroso proceso de composición escondido tras una educada amabilidad.

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