Literatura

Franco Félix, Maten a Darwin, Caballo de Troya, México, 2018, 560 pp.


Jorge Morteo

Quizá toda escritura responda a la necesidad de un escritor de salpimentar una lectura dilecta y, digamos, regurgitarla: formar un magma propio, una mezcolanza. Es, quizá, una necesidad innata de quien escribe para transmutar la experiencia propia con la hechicería de sus mayores literatos a cuestas. Acaso el truco del cocinero es velar las influencias más evidentes en esa comilona sajona que es la Literatura.

Maten a Darwin tiene una notoria veta wallaceana. Y decirlo no va en detrimento de su autor. Si bien la novela de Félix funge como homenaje al coloso de los claroscuros –como todo coloso– que fue DFW, Maten a Darwin va más allá de la simple celebración estridente y el copy-paste ramplón. O, acaso para continuar con el símil culinario, convendría decir que Maten a Darwin no es una obra de brebaje edulcorado, sino un licor de extracción propia. Por ello es errado tildar a Franco Félix (1981) como uno más de los epígonos del escritor nacido en Ithaca que terminaría sus días colgado de una viga a los cuarenta y seis años de edad. Las diferencias entre ambos autores abundan, y acaso son bastante palmarias; sin embargo, Maten a Darwin es una obra necesaria en el panorama actual. La novela otorga una dimensión extra a la literatura nacional que, es factible, abrirá nuevos caminos en la carretera de paisajes repetitivos que a veces es la República y sus sabores –o sinsabores– insípidos (el nuestro es un momento en el que hasta los libros parecen pre-cocidos, listos para consumir después de haber sido calentados en el microondas de la crítica o las editoriales).

La novela de 560 páginas de Franco Felix está cimentada en un terreno que tiene algo de absurdo y mutante. A través de una plétora de personajes estrafalarios, que llegan como  vendavales y tolvaneras, para desaparecer de golpe, y reaparecer páginas más tarde, la novela de Felix discurre en el éter de la levedad. Y en cierta forma, estas velocidades distintas de caminata –o vuelo– le brindan cierto ritmo a la narración, cierto dinamismo. La trama del libro es la llegada de Dios a la Tierra, y el combate por parte de Joseph Ratzinger y sus huestes católicas para frenar el intento de cambiar el status quo. Además, en las páginas de Maten a Darwin transitan mini-tramas paralelas que van tejiéndose a medida que corre el metraje de la historia; por ejemplo, hay un destacamento de narcos que pretenden resarcir el nombre de la Virgen de Guadalupe, un par de personajes superdotados con Síndrome de Down, una especie de nazi punk sádico, y un puñado de renacidos (sin mencionar a las estrellas del showbusiness que salpican las distintas secciones, por ejemplo, Bruce Willis; también hay un largo etcétera). Además del agón central entre la deidad, que en realidad se trata de un extraterrestre recién llegado a la Tierra, y Joseph Ratzinger, los demás personajes variopintos no desmerecen de la promesa apertural de las páginas iniciales de Maten a Darwin. Lo que distingue a la novela de su familia sanguínea más evidente (Entrevistas breves con hombres repulsivos, La broma infinita) es el tenor de disparate existencialista que fluye por el medio millar de páginas. Félix abreva de la metaliteratura y las argucias del posmodernismo. No obstante, se aparta un tanto de DFW, estrella polar. El Wallace más posmoderno fue aquel de la obra temprana (La escoba del sistema y La niña del pelo raro). El Wallace abrazado por la posteridad fue de corte mucho más tolstoiano que pynchoneano. El de Franco Felix es un humor que muta de un párrafo al siguiente: un humor amorfo, en el que juegos de palabras conviven con párrafos de tono sombrío (algo tienen de Firebanks, también hay pizcas de Flann O’Brien lamido por el teatro del absurdo). Asimismo, lo que Franco Félix construye en Maten a Darwin es una producción nada discordante con la realidad fragmentaria y ridícula en la que estamos imbuidos; sobre la que también se han vertido farragosos ríos de tinta, acaso de forma más teórica (Bauman, Lipovetsky) que narrativa (Palahniuk, Eggers). Maten a Darwin esboza un fresco que capta los matices, las incongruencias, la falta de cohesión de hogaño, el mundanal ruido que atosiga el discurrir de la vida post-milenio. El nuestro es un páramo de realidad irracional por el que galopamos. Para apaciguar la cólera de un volcán activo, un feminicida, a modo de sacrificio, lleva a su víctima hasta las faldas del coloso; una fosa clandestina atestada de cadáveres es descubierta a menos de 10 kilómetros de la que otrora fuera un paraíso de cocoteros; y así podemos seguir hasta la náusea. Nada de esto es literatura, pero estas historias reales bien pueden tener cabida en las páginas rocambolescas de más de una docena de autores contemporáneos, incluido Franco Félix.

Además de los constantes tsunamis de demencia, Franco Félix describe los inicios de una religión sui generis (¿qué religión no es, hasta cierto modo, única?). Los portavoces, los nuevos profetas y los acólitos de esta vida nueva sobreviven después de una glaciación, cuando solo permanecen los detritos de una conflagración atómica.  Acaso esta sea la parcela más interesante de Maten a Darwin, la de la regeneración final. Con una cantidad considerable de notas a pie de página, algunas breves, otras mucho más dilatadas, notas atestadas de tecnicismos, un poco para exorcizar, acaso, el embrujo wallaceano, la lectura del libro de Félix se ramifica y obtiene diferentes velocidades, distintas ópticas para abordar los jardines de los senderos que se bifurcan. Caminos que el lector puede decidir recorrer a su propio ritmo. Hay, ya se sabe, libros para correr, libros para trotar, libros para paladear repantingados en tumbonas. Acaso Maten a Darwin pertenezca a esta última categoría. Es el dinamismo de la prosa, en un momento en el que todas las prosas parecen homogeneizarse, lo que proporciona en Félix una impronta descollante.

La nota final con la que finaliza Maten a Darwin tiene un regusto finisecular. Todo apocalipsis, los saurios son prueba de ello, es el preludio de un nuevo inicio, un nuevo devenir. Si bien esta dista ser la primera obra de Franco Félix, en cuestiones de alcance y amplitud es quizá la más pretenciosa, por su picor estrafalario, su arrojo, su detour de tantos otros autores que prefieren recorrer el camino trillado. Faltará ver el derrotero que tomen las próximas entregas de Félix. Su futuro, sospecho, puede resultar satisfactorio o decepcionante, pero, definitivamente, no dejará indiferente al lector entusiasta que busca con zozobra encontrarle sentido al manicomio diario y hallar sosiego entre las páginas de una obra que no desmerece del prefijo de multitud: polifónica, polifacética, polimórfica.

 

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