Literatura

Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, Debolsillo, Ciudad de México, 2018, 432 pp.


Sergio López Monterrubio

Me es difícil elegir música para leer. Nunca con voz, a lo mucho tarareos ininteligibles, pues las palabras me resultan una distracción para las que estoy atendiendo, razón por la que acudo al piano solo, rock instrumental o jazz. No es osadía decir que Manual para mujeres de la limpieza se debe leer con este último género, no solo porque los narradores mismos están constantemente hablando de la música que escuchan o recuerdan (Charlie Parker, Bud Powell, Sonny Rollins), sino porque la prosa de Berlin tiene ese ritmo sorpresivo, improvisado, que en sí mismo envuelve al lenguaje poético, siempre cuidando la concisión y la economía propias del género breve. La literatura es música y eso lo entienden los mejores escritores. Lucia Berlin (Juneau, 1936), con esta obra, se inscribió sin titubeos como parte de esos mejores, aunque fue pasada por alto en su momento. Es tarde, pero es hora de reconocerlo, porque este es un volumen atrasado, que tiene deudas vencidas y no pagadas con el público lector y crítico del género cuentístico.

Alguna vez leí que Mario Levrero les decía a sus estudiantes: lean más de lo que escriben, pero vivan más de lo que lean. En esa nota, se sabe que Berlin vivió una vida excéntrica, tumultuosa. Residió en El Paso, Nueva York, Oakland, Colorado, Chile, México. Asistió a un convento de monjas. Debido a una escoliosis lumbar tuvo que usar una molesta faja correctora de postura. Estuvo casada tres veces: una con un escultor y dos con músicos de jazz. Trabajó como mujer de limpieza, enfermera, recepcionista, maestra de literatura. Padeció alcoholismo y vivió de cerca los horrores de la adicción a la heroína. Cada vivencia en esta lista es su material crudo y en Manual para mujeres de la limpieza Berlin lo plasma con maestría, ficcionalizado, en cada historia.

El tomo arranca con “Lavandería Ángel”, un relato sobre las visitas de la protagonista a una lavandería y que bien se instaura como el fotograma de todo el libro, porque la vida de los personajes de Berlin transcurre en ambientes ordinarios, que devienen lúgubres, sórdidos y hasta ominosos. El fotógrafo Henri Cartier-Bresson decía que “es a través de la vida que nos descubrimos a nosotros mismos, al mismo tiempo que descubrimos el mundo que nos rodea”, lo que parecería obvio, pero en el marco de estos relatos es adecuado. Los personajes de Berlin –almas decaídas– salen y merodean en una búsqueda que se parece más a estar perdido. Ya sea para acompañar a una hermana en su agonía, como en “Volver al hogar”; para conseguir un trago y mantener a flote el alcoholismo antes de caer en la espiral vertiginosa del síndrome de abstinencia como en “Inmanejable”; o como en el relato que da nombre al título, donde una mujer viaja en autobús por su ciudad mientras enumera las normas tácitas y no escritas del oficio de la limpieza. Este es el perfecto ejemplo de los humanos de Berlin. Dice la narradora: “la gente rica que va en coche nunca mira a la gente de la calle, para nada. Los pobres siempre lo hacen… De hecho, a veces parece que simplemente van en el coche dando vueltas, mirando a la gente de la calle. Yo lo he hecho. La gente pobre está acostumbrada a esperar”. Ahora bien, no solo esto es el primer plano de algo más profundo, sino que el arco dramático de la protagonista se encuentra tan inmerso en su intimidad, que es entre los recovecos y observaciones humanas durante el viaje en autobús por donde Berlin logra intercalar una historia de pérdida, y aun de amor, que resulta un desafío para aquellos que saben dosificar sus lágrimas.

Se revela, pues, cuál es el hilo temático de estos cuentos, cuyo brillante tratamiento formal logra que convivan tanto lo tierno y lo cruel como lo tormentoso y lo lúdico. Es decir, aquello que a veces llamamos tragicómico. La buena ficción literaria no es autobiográfica, es autorreferencial. Por eso en el prólogo el hijo de la autora se halla diciendo: “las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad. Lucia decía que eso no importaba: la historia es lo que cuenta”. Imposible precisar qué datos personales incrusta la autora. No importa, porque el ingenio y la inventiva poco común con que Berlin imprime lo endeble y miserable de sus personajes se transforma en un profundo retrato de cierto tiempo y época que, no obstante, aún pervive hasta nuestros días.

Mientras uno lee a Berlin a menudo se encuentra boquiabierto y anotando signos de admiración en los márgenes. Mucho tiene que ver la potencia de su humor clandestino que, entre tanta tragedia y decadencia, llega a hurtadillas. La fórmula cómica es la de repartir la enfermedad de lo socialmente putrefacto para después recetarnos el antídoto humorístico, desde un ángulo femenino y poderoso. Eso sucede en “Mi jockey”, uno de los relatos más breves en el que un mexicano –al que la narradora se refiere como “un dios azteca en miniatura”– es recibido en el hospital con múltiples fracturas. La enfermera lo atiende y, experta en su oficio, es consciente que es un caso tratable, por lo que se ocupa más en el goce de desvestir y sabrosear la musculatura del afligido mientras nos deleita con la descripción de un momento de emergencia inusitada. Asimismo, en “Apuntes de la sala de urgencias, 1977”, una trabajadora del hospital describe el “numerito” que monta una paciente para tratar de acelerar su puesto en la sala de espera. “Sus alaridos suenan como Ornette Coleman en la época de ‘Lonely Woman’ ”, dice la narradora, que es ya el mejor símil que he leído este año.

Berlin teje los temas de sus cuentos en lo que pareciera cualquier día en la Americana de sus personajes para, al final, elevar a la superficie la mancuerna que hay entre la brutalidad y la incongruencia de la existencia, dos sentimientos con los que seguido nos encontramos durante la lectura. Es ahí donde reside el otro ingrediente de su narrativa: ante los embates de la vida, el humor de Berlin surge del momento en que sus narradoras identifican el absurdo de la existencia. No por nada en el prólogo Lydia Davis apunta, a propósito del cuento “Panteón de Dolores” –un relato donde la narradora rememora su pasado a partir de un Día de Muertos mexicano, mismo día en que, irónicamente, su madre fallece en California–: “En la historia, pero quizá también en la realidad; o la historia es una exageración de la realidad, percibida con tanta agudeza, y tan divertida, que a pesar de sentir dolor, hallamos ese placer paradójico en el modo en que está contada, y el placer supera el dolor”.

En una conferencia, Ricardo Piglia afirmaba que si Borges solo hubiera escrito los cuentos de cuchilleros situados en el arrabal porteño sería un escritor menor. Pero como también escribió los eruditos cuentos de la biblioteca, eso lo elevó a la literatura “mayor”. Nada tiene que ver Berlin con Borges, salvo en un elemento que también eleva su claro bagaje cultural: como muchos cuentistas, Berlin utiliza (no siempre) ese dispositivo narrativo en el que, con sagacidad, inserta la practica literaria en sus personajes, lo que le permite dialogar con la literatura de Chéjov, de Mishima, de Baldwin. Si hay una esencia en la narrativa de Berlin, eso que algunos llaman ars poetica, se muestra en “Y llegó el sábado”, cuento en el que la señora Bevins, una maestra de escritura para los reclusos de la prisión del condado, durante una sesión de crítica constructiva sobre los cuentos que escriben, les advierte: “El dolor está en la conciencia de que la felicidad no durará”.

A menudo se compara a Berlin con Grace Paley o Raymond Carver y algo hay de eso, pero me resulta injusto, porque solo es en parte. Claro que comparte algo de la mirada femenina de la primera y de la brevedad del segundo, porque, como dice la ocupada madre protagonista de Los ingrávidos de Valeria Luiselli, “todo lo que escribo es –tiene que ser– de corto aliento”. Los personajes de Berlin malabarean el ser madre, trabajar en al menos un empleo y, a menudo, mantener una adicción. Pero Berlin exhibe absoluto dominio y propiedad sobre sus historias, sencillamente porque algunas de las vivencias las conoce de primera mano, lo que informa de manera singular sus temas, que van desde la búsqueda, hallazgo y pérdida del amor, pasando por el refugio en los estupefacientes para sobrellevar un mundo que, en general, es un infierno, hasta la serenidad de la naturaleza en momentos atroces, o incluso trágicos y, por último, el envejecimiento y la soledad inevitables.

De este libro hay quienes han dicho que el cruce de personajes que conocemos y volvemos a visitar desde otro ángulo, perspectiva o mirada, puede recaer en lo monotemático. O que quizá a la edición le hubiera beneficiado suprimir algunos relatos. Es posible. Mentiría si por momentos no sentí el mismo reparo. Sin embargo, sería mejor dejar abierta la puerta al entusiasmo de cada lector, pues el universo de Berlin –si bien conciso, para nada sencillo– supone una invitación dirigida a un público de antecedentes e intereses diversos.

Cada tanto ocurren rescates literarios que nos hacen replantearnos el canon de una generación que creíamos consolidada. Es el caso de este libro de Lucia Berlin, que llega a tambalear lo establecido con un viento de frescura del pasado y que acarrea, subrepticia, como el trompeteo doloroso y feliz de Miles Davis, una musicalidad única.

 

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