Literatura

Sara Mesa, Mala letra, Anagrama, Barcelona, 2016, 191 pp.


Melissa González

En Mala letra, Sara Mesa saca a la luz las faltas que cometemos y los oscuros sentimientos que guardamos: el suicidio, la desigualdad, la culpa, el acoso, el abandono, etc. En “Mármol”, por ejemplo, los estudiantes de catorce años aún no tienen noción de la muerte, y menos el deseo de quitarse la vida por voluntad propia; lo ven como algo que ocurre, pero que carece de significado, pues solo se presenta en adultos y viejos. Sin embargo, cuando les llega la noticia de que el niño Mármol se ha tirado del balcón de su casa, cae sobre ellos el peso y la conciencia de la muerte: “Que las abuelas se tirasen por los balcones no nos impactaba, pero por qué tuvo que hacerlo el niño Mármol […] con sus recién cumplidos catorce años, sus risas, sus gestos” (p. 26). El cuento también retrata las distintas reacciones y posturas ante el suicidio por parte de los profesores. Está el maestro de ciencias que opta por el silencio, el de Letras que no puede contenerse y rompe en llanto, la de religión, que decide continuar con la clase de forma habitual, como si nada hubiese pasado, ignorando la espesa nube de tensión que habita en el salón: “¿Llevó hasta el final sus principios —la imposibilidad de aceptar el suicidio, la osadía humana ante el poder de Dios—, hasta negar incluso la compasión que se debe a unos niños?” (p. 28) Los alumnos, confundidos, no alcanzan a distinguir hasta qué punto su forma de actuar está relacionada con la materia que imparte o con su propia personalidad: “¿Fue una muestra de insensibilidad […] o solo de su desconcierto, de la incapacidad de expresar nada?” (p. 28).

     En “Apenas unos milímetros” todo gira en torno a un adolescente de quince años que padece una enfermedad que lo mantiene en cama; el movimiento mínimo de sus pupilas, que su pedagoga interpreta con un tablero con el abecedario, es su única forma de comunicarse con el mundo. En este cuento, Mesa pone en palabras lo que ha pasado por la mente de todos: la culpa de la salud frente a la enfermedad, la lucha constante de la sociedad por la igualdad de las personas que padecen una afección, que termina siendo un intento por normalizarlas, casi negando el hecho de que existen. El personaje de la pedagoga refleja la culpa de gozar de una buena salud al enfrentarse al adolescente en cama: “debo reconocer que me costaba, y mucho, mirarlo como si no pasara nada, como si aquello fuese de lo más normal” (p. 35). Sin importar lo que dijera o hiciera por su estudiante, no puede evitar sentirse mal consigo misma por la diferencia que existe entre el sano y el enfermo.

     “Mustélidos” comienza con un recorrido en un museo en el que Nuria, quien irónicamente tiene una fascinación por las nutrias, y su compañero de trabajo, se empiezan a conocer. Conforme avanza la conversación, el compañero queda cada vez más perturbado por la forma de ser de Nuria; no encuentra la conexión entre su emoción por los mustélidos y su libro publicado sobre historias de suicidios, depresiones y abusos sexuales. Al confrontarla, Nuria confiesa que es su válvula de escape: “conjuraba el peligro escribiendo sobre el peligro. Dándole forma al horror evitaba la realización del horror” (p. 188). Nuria siente que está en una cuerda floja que no tiene final, con todo tipo de desgracias abajo y que, al igual que las demás víctimas, puede caer en cualquier momento. La escritura es su forma de escape, su justificación por la incapacidad de ayudar a las víctimas al tiempo que se libera del peso de saber que las desgracias ocurren.

    “Mármol”, “Palabras piedra”, “Papá es de goma” y “Picabueyes” tienen como protagonistas a niños o adolescentes que se enfrentan a las dificultades de crecer en situaciones adversas. En el primer cuento, el estudiante de secundaria que salta desde su balcón deja desconcertados a compañeros y profesores al orillarlos a mirar de frente a la muerte. En el segundo, una chica pasa por una adolescencia tormentosa, plagada de castigos, insultos y sobreprotección, en la que toma conciencia de la desigualdad de género. En “Papá es de goma”, un niño de once años cuida a sus hermanos pequeños tras ser abandonados por sus padres. En “Picabueyes” una niña sueña con dejar atrás los arrozales de su pueblo para experimentar la libertad que nunca ha tenido.

     Los demás relatos tienen como protagonistas a adultos que cargan con el peso de los errores cometidos en el pasado. La joven madre de “El cárabo” se siente atraída por la oscuridad del bosque que la aísla de la realidad, en la que se pierde con su hijo por unas horas. La culpa, esta vez llevada al extremo, y la religión, vuelven a ser temas recurrentes en “Creamy milk and crunchy chocolate”, en el que una pareja que se conoce en psicoterapia pasa por un momento de lucidez, una epifanía que les permite reparar en sus errores y hallar refugio en el otro. “Nada nuevo” personifica el tedio, la falta de sentido y la resignación a través de un anciano que lo único que hace es sentarse desnudo en el taburete de la cocina a beber cerveza. La relación ya tensa desde años atrás de las dos hermanas en “Nosotros, los blancos”, se pone a prueba cuando ambas se ven involucradas en la muerte del hombre que iba a adoptar al bebé de la hermana mayor. Tras una noche de copas con su jefe, las dos mujeres de “¿Qué nos está pasando?” regresan a casa con sus familias llenas de rabia y repugnancia por haber llegado tan lejos con tal de asegurarse un puesto de trabajo.

     En Mala letra, Sara Mesa nos recuerda que la escritura no es una crónica de la realidad, como se advierte en uno de los relatos: “¡Pero no recuerdas los detalles! […] ¡Puedes equivocarte!” (p. 29). No se limita a retratar momentos vividos de la forma más precisa posible. Es más bien lo contrario: “la escritura como desagüe” (p. 188), o sea, la libertad de explorar lo que pudo haber sido, pero nunca fue, de compartir lo vivido desde una perspectiva personal. En este libro, la autora revela que no hay una forma correcta de escribir: pese a haber sido corregida por su maestro de la infancia –como se evidencia en “Mármol”– muestra la ironía de nunca haber aprendido a tomar el lápiz y aun así convertirse en escritora. En realidad, un escritor es alguien que no agarra el lápiz normalmente y que no escribe de manera correcta: la buena literatura se escribe con mala letra.

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