Literatura

Mariana Enríquez, Los peligros de fumar en la cama, Anagrama, Barcelona, 2017, 208 pp.


Frida Conn

Cuando abordamos un género tan ejercitado como el relato de terror, podríamos decir que a estas alturas se han agotado las sorpresas: un bicho vampírico escondido entre las almohadas (El almohadón de plumas), una deidad tentacular (Cthulhu), una mansión repleta de seres deformes (El obsceno pájaro de la noche) y hasta un ente alienígena que toma la forma de un payaso (It), entre otros. En esencia, sobra decir, la idea persiste: el miedo no lo provoca el aspecto de la criatura en cuestión, sino la mera posibilidad de lo desconocido, de lo ajeno, irrumpiendo en la vida cotidiana.

En Los peligros de fumar en la cama (2017), Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) recurre, más que a lo insólito, a la crueldad virulenta y al morbo latente para replantear el concepto del miedo: “La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla…Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la vista”.

Los doce relatos que conforman la antología son una denuncia contra estigmas sociales y realidades repulsivas. Si funcionan es, en gran medida, porque toman lugar en escenarios donde se recrea el terror urbano que ha doblegado a la sociedad latinoamericana por años. Son las enfermedades mentales y las desapariciones forzadas, venganzas viscerales y obsesiones destructivas, las que conforman el universo que la argentina viene a consolidar después de Las cosas que perdimos en el fuego (2016).

En “Cuando hablábamos con los muertos” cuatro adolescentes juegan a la copa (o ouija) para comunicarse con los padres desaparecidos de la Julita. Para encontrar al muerto de su preferencia, cada una debe aportar a un desaparecido y la pobre Pinocha paga las consecuencias de no tener uno para la ofrenda: “La Pinocha quedó mal y los padres nos acusaban –pobres, tenían que acusar a alguien– y decían que le habíamos hecho una broma pesada, que la había dejado medio loca. Pero todas sabíamos que no era así, que la habían venido a buscar porque, como nos dijo el muerto Andrés, ella molestaba”. ¿Es injusto? No importa, aquí no se puede olvidar ni un momento que aquel que no ha vivido en carne propia la desgracia, tiene una deuda con el resto del mundo. Para solidarizarse, hay que sufrir también.

En “Chicos que faltan”, Buenos Aires protagoniza un suceso sin precedentes: los niños desaparecidos regresan en hordas, llenando los parques y reclamando un espacio en esa ciudad que poco pudo hacer por ellos. Pronto, los resucitados se convierten en los abandonados, porque incomodan. Incomoda saber que están de vuelta, incomoda saber que aquello que regresó no corresponde al hijo de los recuerdos: “¿Los matarían a todos, como había visto pedir a una madre por televisión, una madre que decía que eran como cáscaras, que esos chicos no tenían nada adentro?”. Del sobreviviente se espera consuelo, dolor, algo, ¿para qué, si no, regresó?

A diferencia de Las cosas que perdimos en el fuego, en esta antología hay una vena más sádica y una intención –quizá muy evidente– de abordar lo prohibido de manera escandalosa. La trata de personas, la pedofilia y el abuso infantil son circunstanciales en más de un relato porque, a final de cuentas, siempre han estado ahí. La protagonista de “Dónde estás corazón” odia al hombre que la hizo anormal, “el hombre que me había hecho una enferma, con su pene cansado frente al televisor, y esa cicatriz hermosa”. Sus fetiches por los enfermos cardiacos o pulmonares (fantasea con el pálido Ippolit y el miserable Tadzio) la orillan a vivir un romance terminal, en más de un sentido: “Ni siquiera protestó cuando le dije que estaba aburrida. Que quería verlo. Apoyar mi mano sobre el corazón despojado de costillas, de jaulas, tenerlo en mi mano latiendo hasta que se detuviera, sentir las válvulas desesperadas en un abrir y cerrar a la intemperie. Sólo dijo que él también estaba cansado. Y que íbamos a necesitar una sierra”.

Dejando de lado a los tísicos de ensueño, ya lo decía Sartre, “el infierno son los otros”. En relatos como “La Virgen de la tosquera” lo más aterrador no son los perros infernales que devoran a Silvia –con todo y su “culo chato”– ni la Virgen negra que se esconde en una cueva. No, el verdadero terror lo provocan los deseos adolescentes que no tienen límite: “Era nuestra amiga grande, la que nos cuidaba cuando salíamos a fumar porro y encontrarnos con chicos. Pero la queríamos arruinada, indefensa, destruida”.

En “El aljibe” Josefina vive aterrada del subterráneo, de las sombras, de dormir con un brazo destapado o de salir a la calle. Cuando su hermana Mariela le dice que hay una manera de curarla, de regresar a ser la Jose de antes, parecería que el amor fraternal será ese consuelo salvador. Pero no, claro que no. Cuando Josefina llega con la bruja que va a limpiarla de todos sus miedos, le explica que no es posible: “Ellas te los querían pasar, que te iban a cuidar decían. Pero no te cuidaron. Y yo lo tuve que tirar. A la foto, la tiré al aljibe. Pero no se pueden sacar. No te los puedo sacar porque los males están en la foto tuya, y ya se habrá podrido la foto… Se quisieron salvar ellas, nena. Esta también. –Y señaló a Mariela”.  Queda claro que el mecanismo de las fuerzas ocultas viene a menos.

El horror, a fin de cuentas, es una experiencia más cercana a lo natural que a lo sobrenatural. Su esencia radica en la posibilidad, así sea remota, de que aquello que más nos aterra nos encuentre al doblar una esquina, al apagar las luces, al abrir nuestros párpados. Mariana Enríquez consigue estimular nuestra imaginación, pero no logra convencernos de los peligros de fumar en la cama.

 

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