Literatura

Alberto Chimal, Los atacantes, Páginas de Espuma, México , 2015, 113 pp.


Carolina Herranz

Más que un libro de terror en el que aparecen criaturas sobrenaturales, Los atacantes de Alberto Chimal (México, 1970) es una colección de cuentos que denuncia, y a la vez se burla, de nuestra vida moderna: sus personajes viven bajo las influencias del internet, siempre están siendo observados por alguien más y se ven constantemente violentados por el mundo cibernético. En las siete historias que constituyen esta obra, Chimal se acerca a la zona de la penumbra, de las amenazas y las identidades indefinidas, en donde reina la “belleza terrible” y donde lo desconocido y lo aterrador cohabitan. Con un tono irónico que hace que las tragedias sean, quizá, aún más aterradoras, la obra describe una realidad cercana y nos estremece por su cotidianidad. Si algo distingue a Los atacantes es la irónica crueldad con la que se trata a los personajes.

            Los cuentos se escriben desde un presente en el que el lector tiene el poder de vigilar a los protagonistas en sus momentos más íntimos y no se ve afectado directamente por lo que les llegue a suceder. En este sentido, el libro también es un consuelo, en tanto que lleva las situaciones más comunes al extremo y hace que parezcan lo suficientemente lejanas como para que su peso no recaiga directamente sobre el lector: “a sus víctimas siempre se les ve de lejos, siempre les va peor que a uno, y además uno puede entender lo que les pasó, cómo se pusieron en peligro, qué error cometieron… En la vida real uno no entiende por qué le va mal. Pero aquí sí se entiende todo” (p. 72).  Por otro lado, los protagonistas no son capaces de contemplar la totalidad de la situación en la que están inmersos y de la que no tienen escape: “no podrían haberlo visto porque para ello se hubiera requerido que tuvieran una visión sobrenatural, más allá de toda percepción humana del tiempo y del espacio, y además una capaz de percibir no solo todo el espacio ni todo el tiempo sino también el tono, tristísimo, trágico, de cada instante y causa y efecto. Solamente el creador del mundo y sus iguales pueden percibir tales cosas” (p. 84).

            Quizá este acto de vigilar sea la síntesis de todo el libro: Las criaturas de terror aparecen como seres irrelevantes para la sociedad, con identidades ambiguas, como humanos que vigilan, que siempre vigilan, como el propio lector. De repente, este también se convierte en un monstruo; a lo largo de la obra se (con)funden las identidades del atacante, la víctima, el lector o el narrador. El terror que se experimenta en Los atacantes tiene que ver con que todos los involucrados están en una posición de vulnerabilidad; todos tienen acceso a toda la información, pero a la vez están expuestos a la observación.  El internet y la tecnología no solo aparecen como un método para conseguir información, sino que también funcionan como un instrumento para mostrar historias; cuentos como “Connie Mulligan”, “Arte” o “Tú sabes quién eres” se perciben a través del filtro de un objeto tecnológico.

            La angustia aumenta según avanzan los relatos y los personajes buscan, cada vez más, huir “del atacante”. La única manera que tienen de hacerlo es encerrarse en ellos mismos, en un lugar en donde nadie, ni siquiera nosotros, lectores, tengamos acceso. En “Tú sabes quién eres”, la protagonista cambia de vida, primero en las redes sociales y después empieza a transformar su forma de vestir, sus rutas, etc., para ocultarse de un stalker irreconocible; en “Connie Mulligan”, uno de los personajes también decide mudarse de ciudad buscando huir de un acosador. En “Él escribe su nombre” o “Aquí se entiende todo” los personajes caminan por la ciudad sin fijarse siquiera en quiénes los rodean; hablan con los demás, pero no les miran a la cara: son individualistas y solo tienen contacto vía internet. Los atacantes, por su parte, están por todos lados y buscan observar cada vez más de cerca.

            La obra da un giro inesperado en “Arte”.  A partir de esta narración el tema del acoso y del miedo a la vigilancia queda en un segundo plano para hablar de otro tipo de miedos universales como la muerte o la decadencia. “Arte” es, sin duda, la mejor obra de esta antología de cuentos. Esta historia apocalíptica es la máxima expresión de la decadencia, pero también de la majestuosidad de la misma. El relato se destaca por su belleza poética y por la cantidad de imágenes que se calcan en la memoria del lector: “Arte” se lee regocijándose en lo terrible, disfrutando la belleza de la destrucción en todo su esplendor.

            La segunda mitad del libro continúa con un tono brutal y doloroso. Igual que en Los esclavos, las historias están llenas de violencia física y mental, cuentos como “Él escribe su nombre” o “Aquí se entiende todo” se asemejan por su naturaleza sadomasoquista. No es la primera vez que Chimal representa los miedos de la sociedad en sus obras y escribe sobre temas de la actualidad, ya lo hizo en Los esclavos; sin embargo, los cuentos de Los atacantes son novedosos tanto por su contenido como por los saltos drásticos que van de la tragedia a la comedia en la misma historia. Chimal consigue fundir el humor y el dolor, y coloca a su lector en una posición desde la que es imposible juzgar a los personajes. La principal diferencia entre Los atacantes y otras obras del autor como Gente del mundo o Los esclavos radica en un tono que funde la crueldad, la tristeza y lo cómico. Al leerlo, el lector no puede evitar sonreír haciéndose cómplice de la crueldad y la ironía, pero, cuando lo termina, se da cuenta que la sonrisa se le ha congelado en el rostro.

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