Literatura

Santiago Lorenzo, Los asquerosos, Blackie Books, Barcelona, 2018, 224 pp.


Rosa Martí

Parecía imposible, pero Santiago Lorenzo se ha superado a sí mismo. Todas sus novelas arrancan de una premisa tan impactante como aparentemente absurda, aunque en el fondo su discurso es mucho más lúcido de lo que podría parecer por las carcajadas (sí, es a ese nivel) que a menudo nos arranca. Esta vez es la historia de Manuel –que en realidad no se llama así–, quien en defensa propia agrede con un destornillador a un policía en un portal de la madrileña calle Montera y se tiene que esconder en un pueblo perdido. Sobrevive gracias a su tío, el narrador del relato, que le hace llegar mensualmente una compra del Lidl. Entre eso, lo que cosecha y los libros de la colección Austral que halla en su escondrijo tiene todo lo que necesita para vivir, y se da cuenta de lo bien que vive sin los engaños de la era moderna.

Los asquerosos es mucho más que una divertida comedia. Es una novela con varios niveles de lectura y una mirada reflexiva que se nutre de la rica prosa de Lorenzo, de su vocabulario único, de sus disparatadas ideas y de su singular desenlace. Los que hayan leído sus anteriores novelas –Los huerfanitos, Los millones y Las ganas– ya conocen el lenguaje del autor, y ese léxico tan suyo tiene su más alto exponente en Los asquerosos, su cuarta novela. Es un poco como si hubiera decidido soltarse la melena y llamar a las cosas por su nombre, y, como a veces las cosas no tienen el nombre preciso, Lorenzo se lo pone. Comparte así un idiolecto con el lector que enseguida lo hace suyo. Sus neologismos han calado para quedarse: entre mis amigos ya utilizamos términos lorencianos: horteridad, utilistrajos, chorranganada. Son palabras nuevas con regusto añejo, que deben de tocarnos alguna fibra sensible, algún recuerdo de la infancia, porque las comprendemos y hasta incorporamos, son neologismos viejunos que resultan auténticos y tremendamente subversivos. Recientemente, Letras Corsarias publicó un Diccionario de Santiago Lorenzo. Como sucede con el nadsat de La naranja mecánica, no se necesita un glosario para comprender ninguno de los términos, pero resulta un curioso divertimento y una manera de recalcar la importancia y flexibilidad del léxico.

Mi término favorito es mochufa, palabra que ya salió en Las ganas, con la que describe a los nuevos ricos urbanitas, a esa turba que todo lo arrasa con su mediocridad. Es un término que, según contó a Macarena Berlín el autor en el programa Los muchos libros, engloba a “los que encomiendan su salud al ácido hialurónico, los que lloran con la información deportiva, los que van a las colas, a colarse, los que consumen prensa rosa, los patriotas que no saben quién fue Alfonso XIII o no saben colocar en el mapa Álava. Todos ellos son Mochufa y ninguna de estas características es privativa o exclusiva. Todos tenemos alguna de esas peculiaridades”, y acaba: “Mochufa son los miembros de la Manada, no solo por sus asquerosas acciones, sino por la pinta que llevan y la pinta chulesca con la que salen de los juzgados de Sevilla”. Lorenzo, además, combina registros con la agilidad de un malabarista, cultismos con argot callejero, arcaísmos con sus peculiares lorencismos. Así habla de “arcana organicidad” o de “chorrudeces a palangana llena”. Tras sus líneas hay mucho de la obra de nuestros Siglos de Oro, bebe de Quevedo, de Lope, de Cervantes, en sus páginas se plasman pasajes que bien recuerdan a El buscón, a La dama boba, o a las Novelas ejemplares.

Pero si la forma es importante –el peculiar lenguaje, su hilarante prosa–, más lo es aún el fondo, y es que Los asquerosos tiene un fondo socio-político, yo diría que hasta una función social: es a la vez una crítica al despilfarro, un análisis sobre el consumismo y las necesidades creadas, y una reflexión sobre lo que nos hace felices. Lorenzo, sin dárselas de ecologista ni sostenible, se adelantó a Greta Thunberg para indicar –pero él desde el humor– que así no íbamos a ninguna parte. Sin darse cuenta, plasmando sus ideas en una novela cuya primera –y tal vez única finalidad– era entretener y divertir, acabó removiendo conciencias y demostrando una vez más que el humor no está reñido con la cavilación. Los asquerosos es también una reivindicación a la austeridad y un canto a la soledad, siempre que sean algo elegido voluntariamente, no impuesto por otros. Una llamada al silencio y un alegato en contra del ruido que nos rodea y que no nos deja pensar con claridad. Resulta conmovedor que Manuel sobreviva a base de escasa comida y abundante lectura.

Un guiño al lector –al lector instruido– es toda esa colección Austral de libros de diferentes colores que tantas alegrías ha proporcionado a los que ya tenemos cierta edad y desde niños sentimos una fuerte inclinación hacia las letras.

Larga vida a Santiago Lorenzo, porque sus obras son más necesarias que divertidas, porque mete el dedo en la llaga, pero nos saca una carcajada, porque con cada frase nos deleita, nos hace reír, pero también nos provoca una ligera sacudida, una leve conmoción. Los asquerosos, un libro con descarga eléctrica.

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