Cine

Oliver Laxe, Lo que arde, España, 2019.


Gonzalo Vásquez

La tercera película de Oliver Laxe, Lo que arde (2019), no perdió tiempo en encender a los espectadores. La cinta ha sido premiada en el Festival de Cannes en la sección Un Certain Regard; en los Goya dejó huella llevándose el premio a mejor fotografía por el espléndido trabajo de Mauro Herce y no hay que pasar por alto el galardón a Benedicta Sánchez, que sorprendió en la gala llevándose el premio a mejor actriz revelación a los 84 años. El cineasta, nacido en París y criado en Galicia, se aleja de sus dos trabajos previos (Todos vós sodes capitáns, Mimosas) para volver a la tierra que le vio crecer, Lugo. El film apenas alcanza la hora y media de duración, pero quizás su tono con atisbos de documental pueda llegar a cansar a un espectador acostumbrado a las secuencias de cambio de plano constante.

El inicio de la película podría concebirse como un adelanto de lo que vamos a asistir: por un lado, la naturaleza, y, por otro, la acción del hombre. En esta primera secuencia descubrimos, en un plano con poco movimiento y a una gran altura, una máquina derribando un árbol tras otro durante la noche. Laxe declaraba que la escena fue bastante compleja puesto que la imprevisibilidad de la caída de los árboles impedía grabar desde tierra, por lo que tuvieron que iluminar y rodar con drones. Esta circunstancia acentúa el valor de la escena, tanto por el mensaje como por su forma técnica. El poder irrefrenable del hombre no tiene descanso ni en la oscuridad de la noche.

La historia comienza cuando observamos al protagonista de mediana edad, Amador, en un bus volviendo a casa, después de haber estado en la cárcel por provocar un incendio. Todo el paisaje que contempla desde el autocar choca con aquello a lo que Laxe nos tenía acostumbrados con sus obras anteriores ambientadas en zonas desérticas. El primer encuentro de Benedicta con su hijo es distante. Ella está en el huerto y él fuera, ambos se miran inmóviles y callados durante un largo rato hasta que Benedicta consigue preguntarle: Tes fame? Cuestión que resonará durante toda la trama, puesto que ella intentará que Amador sienta que no ha cambiado nada. Sin embargo, será difícil: todos los vecinos del pueblo saben quién es y qué ha hecho. Alguno incluso se atreve a hacerle una broma relativa al fuego. Desde el principio Laxe nos invita a conocer la Galicia rural, la que él recuerda de su niñez mediante escenas sencillas pero cargadas de intención cultural, a modo de reivindicación: vemos la forma de preparar el fuego, el poner a tostar el pan encima de la plancha, los vientos constantes del valle, la lluvia espontánea que riega todo el paisaje lleno de eucaliptos…

De esta manera podemos observar uno de los temas principales de la película: el encuentro con la naturaleza. Amador intenta sobrellevar la vuelta trabajando, como cuando hace pastar a la vaca de su madre, pero esta termina hundiéndose en un lodazal del que Amador consigue sacarla con grandes esfuerzos. Es difícil que el hombre conviva con la naturaleza, sobre todo cuando el primero piensa que con su única presencia todo puede girar y, además, con la pretensión de que todo gire alrededor suyo. Benedicta puede ser la única capaz de convivir con la naturaleza, porque la respeta, no intenta adueñarse ni someterla. Lo vemos cuando contempla serena todas las tierras que la rodean, no se agazapa ni ignora el imponente verde que destella su alrededor. En otra escena se refugia de la lluvia bajo un árbol ancestral, no muestra disgusto ante la situación, espera que termine para continuar su vida. Son pausas que la naturaleza concede al ser humano, en este caso a Benedicta, que este debe respetar. La postura de la anciana incide también en la relación con su hijo, al intentar que Amador preserve su vínculo de respeto con lo que le rodea, tanto con los vecinos como con la naturaleza, aunque esta pretensión sea compleja.

Parece que Laxe ha intentado poner de manifiesto la insignificancia del ser humano frente a su entorno, pese al intento de introducirse forzosamente. Lo vemos cuando la máquina pretende abrirse paso entre un sinfín de árboles, el viaducto entre las montañas, las figuras humanas entre el horizonte verde… Plantea un contexto en que el ser humano es fácilmente engullible. Otro de los temas principales que el film plantea es la acción del hombre. Precisamente la acción pasada de una persona en concreto, Amador, es lo que da sentido a toda la obra. El hecho de que Amador haya incendiado un bosque provoca que la conexión entre él y la tierra se haya debilitado, motivo por el cual intenta redimirse. El protagonista es un hombre que cuida y conoce su alrededor. No quiere que su vecino reconstruya la casa vieja de su familia para convertirla en un hostal para turistas. Cuenta a su madre que los eucaliptos son una especie invasora cuyas raíces ahogan a los árboles circundantes y que, aún sabiéndolo, siguen plantándolos. Amador es callado, pero las pocas palabras que emanan de su boca están cargadas de melancolía porque sabe qué sucede en el exterior y por el conflicto que mantiene en su interior. Los vecinos no aceptan lo que Amador hizo en el pasado, pero no sabemos si se arrepiente de ello y él tampoco se esfuerza en integrarse: rechaza las invitaciones para trabajar o para comer que le propone el vecino que está reconstruyendo su casa. Es el único que extiende la mano a Amador y lo hace por petición de Benedicta, que encarna la sabiduría y el respeto por los ancianos. Otro de los personajes que intenta ayudarle es la veterinaria. La situación más íntima en la que se encuentra Amador es el momento en el que ambos van en una camioneta transportando a su vaca mientras escuchan Suzanne de Leonard Cohen. La mujer sabe quién es Amador, pero no se deja llevar por prejuicios y tímidamente intenta conocerle, incluso da la falsa impresión de que puede suceder algo entre los dos, lo que nos hace recordar lo que dijeron a propósito de la canción de Cohen: “Para que te guste la música no es necesario entender la letra”.

El film navega lentamente entre imágenes de la sierra de Ancares (Lugo), mientras conocemos al protagonista a través de los ojos de terceros y contemplamos la vida rural. Parece que nos sumergimos en un gran sosiego hasta que el viento vuelve a azotar todo lo construido y el fuego reaparece. El bosque arde y todos los habitantes cercanos tienen que abandonar sus casas. Somos espectadores de cómo el fuego se propaga de una forma bella y conmovedora. Algunos críticos afirman que no se ha filmado tan bien un incendio desde Days of Heaven (Terrence Malick, 1978), con el poder embelesador y, al mismo tiempo, destructor del fuego. Las escenas fueron rodadas con una cámara Super 16 y sin ninguna manipulación de la imagen, lo que confiere una profundidad añadida al encuentro del espectador y la imagen. Apagado el fuego, Laxe nos sigue cautivando al mostrarnos con una insólita sensibilidad la desolación del bosque calcinado a través de un caballo cegado con las piernas temblorosas, o por medio de la figura de Benedicta caminando por un campo carbonizado. El suceso señala directamente a Amador, quien baja impasible al pueblo, donde recibe un puñetazo del vecino que intentó ayudarle y termina en el suelo. Benedicta le ayuda a levantarse mientras ambos permanecen callados dejando con la duda al espectador sobre si provocó o no el fuego.

Oliver Laxe nos brinda una obra cautivadora. Somos testigos de una relación materno-filial sencilla y pura, con un telón de fondo naturalista que reivindica la identidad cultural gallega (además, el que la obra íntegra esté en gallego realza ese propósito). De forma más tímida se posiciona desde una perspectiva anticapitalista dejando entrever el problema climático con la deforestación, por ejemplo. La relación que muestra entre el ser humano y la naturaleza llena el marco del contexto que nos plantea el cineasta gallego, con el que nos trae de vuelta al imaginario la importancia del tema en el audiovisual. Por último, no hay que olvidar el excelente manejo de la narración de Laxe, que pone en duda –y sin tratarlo de manera trivial– el fin último de la cárcel, la reinserción. Lo que arde (2019) es una de las películas españolas imprescindibles de la década.

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