Literatura

Ahmet Hamdi Tanpinar, Lluvia de verano, Sexto Piso, México, 2016, 88 pp.


Clarissa Rodríguez Ábrego

Todo comienza por casualidad: una lluvia que hace que los caminos completamente opuestos de dos seres se crucen. Ahmet Hamdi Tanpinar (Estambul, 1962), en Lluvia de verano —originalmente publicada en 1955 bajo el nombre de Yaz Yağmuru—, saca a relucir los aspectos más contradictorios de la condición humana: el deseo de poseer algo inalcanzable y el miedo de que, al tenerlo, pierda su encanto; la incesante necesidad de buscar una justificación para cada uno de nuestros actos; cargar con el peso de una vida insoportable que no conduce a ninguna parte.

Sabri, el protagonista, ha dejado de esperar, de querer más. Ha caído en la cuenta de que no es capaz de conservar nada de lo que ama: casado y con dos hijos, su única compañía son Karagöz y Hacivat, dos personajes producto de su imaginación, de su irreparable soledad; constantemente entran en sus pensamientos para echarle en cara su realidad. Son, en cierta forma, su conciencia: dicen lo que Sabri ya sabe, pero niega rotundamente; como si al negar sus pensamientos lograra eliminar lo que siente por ella, “pero como era imposible y cada idea y cada sentimiento siempre llegaban con otros parecidos, opuestos, previos y posteriores, acababa viviendo a trozos” (p. 53). Sabri tiene la manía de intentar resolver todo lo que se le presenta en la vida. No deja nada a la ligera. Al conocerla, su único propósito es comprenderla. Ella, por otro lado, es como la hiedra que se enreda en un árbol, llena de pensamientos y facetas que se entrelazan sin sentido. Para Sabri, es casi una obligación moral resolver el enigma que esta mujer representa.

Ella. Nunca conocemos su nombre. En realidad, Sabri ni siquiera se lo cuestiona cuando la encuentra en su jardín. Es como si no saberlo aligerara la carga que ella provoca. Sabri tiene la necesidad de que se quede como un sueño, como algo inalcanzable, irreal: “todo su ser parecía negar cualquier idea de realidad en aquel día tan opresivo. Más que un ser humano, podía ser un sueño” (p. 14). Saber que es imposible estar con esta mujer le otorga cierto alivio. Hace que no se sienta inútil por no poder darlo todo por ella, por no arrojarse furiosamente hacia la única persona que, en mucho tiempo, lo ha hecho sentirse vivo.

Es “lo inesperado en persona“, una joven de indiscutible belleza que llegó para quitarle la pasividad al mundo de Sabri y lo abrumó de amor, remordimiento y un sentimiento de indefensión: “Sabri tembló como si su casa, su felicidad, todo lo que tenía estuvieran a disposición de otra persona“ (p. 17). Algunas veces tiene el peculiar comportamiento de una niña con ganas de conquistarlo todo; otras, el de una mujer con miedo hasta de su propia sombra. Pero, ¿de dónde proviene ese misterio? La novela gira en torno a un único evento: una casa que arde. Esto aclara, en cierta forma, el porqué de su cambiante personalidad: cuando ella era niña, la casa en la que su familia vivió por generaciones quedó reducida a cenizas. Ahí ella solía escuchar las conversaciones de otros, apropiándose de lo que habían vivido los demás. Porque su vida entera –la vivida y la añorada– pertenecía a esa casa, una parte de ella se esfumó el día en que esta desapareció.

Es entonces cuando el enigma se resuelve. Nos damos cuenta de que ella introduce a Sabri en su mundo solo para que advierta que no hay forma de salvación, que cada quien carga con su pasado sin poder librarse de él y que ahora él también debe hacerlo. Debe aceptar lo que es. Lo que está destinado a ser. Tanto Sabri como la mujer saben, desde un inicio, que su relación terminará incluso antes de empezar. No podía ser de otro modo: estar juntos implicaría vivir en una rutina llena de culpa, de desencanto, del temor a ser descubiertos.

Hacia el final del libro, ambos comprenden que no hay escapatoria posible: su relación no podía ser más que una pausa, un respiro. Por su propia naturaleza, estaba condenada a ser efímera. Para Sabri, fue una forma de reanimarlo, de hacerlo sentirse vivo; para ella, fue la constatación de que sus fantasmas nunca la dejarían sola, que no podría hacer nada para ahuyentarlos y tendría que aprender a vivir con ellos. Y es que, en el fondo, lo suyo no fue más que una lluvia de verano: algo que llegó de pronto y se esfumó; una tormenta que no duraría para siempre, pero que los dejaría con el recuerdo de una emoción y, al mismo tiempo, la incertidumbre de lo que pudo haber sido.

 

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