Literatura

Leonora Carrington, Leche del sueño (adaptación infantil y edición facsimilar), Fondo de Cultura Económica, México, 2013.


Liliana Muñoz

La obra de Leonora Carrington (Inglaterra, 1917) plantea siempre, en cualquiera de sus formas, un desafío a lo inescrutable, a la extraña belleza que define a los sueños y las pesadillas. En el fondo, las creaciones de Carrington parecen partir de la noción de que sólo a través del arte –del enigma que es el arte– se puede acceder a la totalidad del ser humano, no a su superficie o a su realidad inmediata sino a esa “otra realidad”, la del reverso, en donde habitan los miedos y el deseo. Leche del sueño es un universo conformado por criaturas híbridas, seres ambiguos que dialogan en todo momento con el misterio que los invade o los rodea. La doble publicación (edición facsimilar y adaptación infantil) permite apreciar Leche del sueño en parte como lo que es en realidad –una libreta, con la prosa improvisada de Leonora, sus bocetos y notas al margen–, pero también como una obra concluida y depurada, pues la edición infantil prescinde de algunos de los textos más breves del facsímil. De cualquier modo, Leche del sueño es, en esencia, un libro en donde los protagonistas –Juan sin cabeza, el niño Jorge, Humberto el Bonito, entre otros– se enfrentan a sí mismos y al mundo adulto con las únicas armas que poseen: la risa, el disparate y la travesura.

     Carrington, me parece, fue una femme-enfant en vida y arte, no en el sentido en que lo entendían Breton y los surrealistas –una mujer frágil, una musa– sino a su propio modo, uno muy carringtoniano: una niña rebelde que hace y deshace la realidad según su capricho. No es raro entonces que la principal virtud de Leche del sueño estribe justamente en develar a esta Leonora, la más auténtica y la más mordaz, en cuya inteligencia se gestan historias a la vez felices y terribles: un cuento sobre un niño al que le gusta comerse la pared y cuya cabeza se transforma en casa, otro sobre una mujer blanca vestida de negro que llora lágrimas azules y verdes, un cuento repugnante sobre flores de carne de chivo, otro sobre un zopilote que se coagula en una gelatina. Y es que los personajes de estos cuentos, niños en su mayoría, no parecen tener conciencia del orden que rige al mundo exterior: en el mundo de Carrington todos, incluso los adultos, se suman al juego (particularidad que comparte, dicho sea de paso, con Lewis Carroll, otro obsesivo de la infancia).

     Una aclaración preliminar: Leche del sueño no tiene la intención de ser una obra propiamente literaria (intención que sí encontramos en otros libros de cuentos de Carrington, como La dama oval, La casa del miedo o El séptimo caballo y otros cuentos), aunque acaba siéndolo en la medida en que propone una relectura de nuestra infancia y de sus momentos más álgidos. El talento de Leonora no reside, en realidad, en la prosa o en sus trazos, sino en su capacidad para construir un imaginario sólido e inagotable que nos lleva a cuestionar nuestra naturaleza y a inquirir en todo aquello que no terminamos nunca de descifrar. Creo, por tanto, que sus obras pictóricas, escultóricas y literarias parten de un mismo núcleo creativo y solo difieren en los medios que emplean para dar forma a sus obsesiones. Prueba de esto son, por ejemplo, los notables paralelismos que guarda “The Inn of the Dawn Horse”, su célebre autorretrato, con los cuentos “El primer baile” y “La dama oval” (1939), que aparecen más o menos por los mismos años y que poseen elementos comunes: la hiena y el caballo como símbolos del deseo y la rebeldía. En los casos en los que los límites del lenguaje se interponen, Carrington recurre a la pintura o la escultura (y viceversa), para aproximarse a lo intangible desde otra perspectiva. En Leche del sueño, el texto y el boceto van siempre de la mano: en algunas ocasiones, el dibujo es más bien un complemento que enriquece la lectura (especialmente en “Juan sin cabeza”, “El cuento feo de las carnitas”, el “Cuento feo del té de manzanilla” y el “Cuento repugnante de las rosas”) y en otras sucede lo contrario, como en “El Monstruo de Chihuahua” y el “Negro cuento de la mujer blanca”, en donde el dibujo precede al texto y lo sobrepasa. Imagino que ese fue el criterio que siguió el FCE al tomar la decisión de suprimir, en la edición infantil, algunos de los cuentos –los que en el facsimilar carecen de título y tienen la apariencia de ser sólo apuntes hechos al vuelo–, pero conservar en cambio los dibujos (el de la señorita Gómez Castillo, los del Señor Bigote Bigote y su familia, la cajita que muerde y la máquina janzanahoria); las transcripciones de estos últimos son meramente descriptivas y no hacen más que enfatizar las peculiaridades de los personajes (“El señor Bigote Bigote/que tiene dos caras-/come moscas, baila-/aquí está su guajolote”), cuando la sola ilustración ya lo ha puesto de relieve.

     La edición facsimilar de Leche del sueño contiene dos textos preliminares y un epílogo que se encuentran ausentes en la edición infantil: “Entre cuentos y bestias sin nombre” de Gabriel Weisz, hijo de Leonora; “Contar espejos cóncavos” de Ignacio Padilla, y el epílogo de Alejandro Jodorowsky, “Las cosas son de quien más las necesita”, en donde se narra la historia del manuscrito. En ellos se revelan las condiciones originales en que estos relatos fueron concebidos y otros pormenores interesantes –el vínculo entre el surrealismo y el imaginario infantil, la relación de Carrington con la infancia, su predilección por el cuento–, pero no por ello indispensables para la lectura de Leche del sueño, un libro espontáneo y sencillo, a pesar de que en esa sencillez reside toda su complejidad. Leche del sueño busca recuperar la esencia de esas primeras lecturas infantiles, en las que no se leían las palabras, sino los dibujos, a la vez que se juega con el acto mismo de leer. Hay que precisarlo: estamos ante un libro que proyecta, de entrada, múltiples formas de relectura, condición inequívoca de toda obra de arte verdadera; el verso de Paz (“el surrealismo ha sido el discurso del niño enterrado en cada hombre”) describe sólo a medias la propuesta estética de Carrington: en sus obras, el núcleo de la sensibilidad artística no sólo surge en la infancia, sino que se alimenta de ella. Y no se requiere de gran imaginación para admitir que, por ejemplo, unos niños puedan ser felices a pesar de tener las cabezas pegadas en los lugares más raros de sus cuerpos, o que Don Crescencio, sin ninguna razón particular, prefiera un jardín con rosas de carne de chivo molido a uno con rosas naturales. Como en la infancia, en Leche del sueño no importa que las cosas no tengan sentido, con tal de que den lugar a la provocación y la risa.

      Los cuentos de Leonora Carrington habían sido invadidos, en su mayoría, por personajes esencialmente contradictorios: seres que no sabían si estar vivos o muertos, si ser animales o humanos, o una mezcla de vegetales, monstruos y espectros. Pero en Leche del sueño, Leonora Carrington escribe principalmente sobre niños y sobre adultos atrapados en su infancia. En “Juan sin cabeza” el protagonista, que posee alas en las orejas, deja escapar a su cabeza, que vuela divertida mientras él intenta atraparla; cuando finalmente lo logra, pide a su madre que la regrese a su sitio original, solo que “su mamá se la pegó en los hombros con chicle, pero como era de noche se la pegó al revés”. Lolita Barriga, alias “la señora Dolores Catapum”, persigue en “El cuento feo de las carnitas” a tres niños, a los que obliga a comerse unas carnitas podridas que saltan y hablan; como no lo hacen, les corta las cabezas (otro guiño involuntario a Carroll, aunque Lolita bien podría haberse fugado de algún cuento de Andersen). Otro caso es el del “Cuento repugnante de las rosas”, en donde el carnicero Don Crescencio cultiva rosas de chivo, hasta que aparecen las primeras moscas y entonces él “tomó unas tijeras y les cortó las alas a todas las moscas, que corrieron por el suelo y luego comenzaron a comer caquitas redondas de conejo”.

     En los cuentos de Leche del sueño, que parecieran combinar el humor surrealista con la estética rabelesiana, los personajes adultos también juegan, protestan y se salen con la suya; a veces, su comportamiento es incluso más infantil que el de los niños. Sin embargo, se trate de niños o de cualquier otro personaje, no hay castigos válidos ni tampoco desgracias que, en el mundo de Carrington, no puedan ser solucionados de la forma más simple: un cocodrilo aparece en la cama de Humberto para asustarlo, pero al verlo lo encuentra tan bonito que le sonríe: “desde entonces, Humberto y el cocodrilo son grandes amigos y, por supuesto, ahora el niño es todavía más antipático, pues siempre va a todas partes con él”.  La experiencia que adquieren los protagonistas a raíz del peligro o la travesura no es aquella de la que hablaba Blake en sus Songs of innocence y Songs of experience, pues en los cuentos de Carrington no trae consigo el desencanto vital ni la pérdida de la libertad: los niños aprenden y maduran, sí, pero al final es solo para volcarse sobre sí mismos y reafirmar, con creces, su propia autenticidad. En una de las últimas entrevistas que concedió antes de morir, Carrington confiesa: “no creo que ninguno de nosotros podamos escapar a nuestra infancia”. Porque Leonora, la niña atrapada en el cuerpo de la artista, hizo de su vida y de su arte el testimonio más auténtico de que la infancia, más que una etapa pasajera, era un estado del alma.

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