Literatura

Clara Janés, Las primeras poetisas en lengua castellana, Siruela, Madrid, 2016, 250 pp.


Ana Otero

“Desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones, ni propias reflejas, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí”, afirmó en 1691 sor Juana Inés de la Cruz en la Respuesta a sor Filotea.

De sor Juana se puede decir que el lector hispánico promedio reconoce su nombre y quizás pueda nombrar alguno de sus poemas o recitar algún verso de memoria (seguramente “hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…”). Y a pesar de que la historia de la literatura desde sus inicios cuenta con nombres de mujeres ilustres como Safo y Murasaki Shikibu, las obras escritas por hombres son las que han perdurado mayoritariamente en la memoria de los lectores y en las librerías. El caso se vuelve aún más dramático si se agrega la variable del idioma. Los más probable es que la mayoría de estos lectores solo reconozcan a los poetas clásicos en lengua castellana y no salgan de los nombres que nunca fallan: Quevedo, Lope de Vega y Góngora.

Ante esta situación, la poeta y académica española, Clara Janés, oportunamente nos recuerda que, como sor Juana, existieron muchas otras mujeres que tenían una inclinación a las letras e incursionaron en un terreno monopolizado por la pluma masculina: la poesía en castellano. Treinta años después de su primera publicación, Las primeras poetisas en lengua castellana recoge a cuarenta y tres poetisas en una excelente antología que lleva al lector a través de doscientos años de lírica hispánica escrita por mujeres. Como antóloga, Janés hace un excelente trabajo de recopilación y selección de poemas para crear una visión panorámica de la historia de la literatura en castellano escrita por mujeres de los siglos XV, XVI y XVII. Recuperar poetisas de esta época que casi nadie había leído ni escuchado no fue una tarea fácil y, mucho menos, rápida. Esta labor tomó a Janés años de investigación en los fondos de la Biblioteca Nacional de España en los que no solo se encontró con manuscritos y textos inéditos de estas autoras, sino también muchos otros datos de sus vidas y sus intereses, que eran muy variados e iban desde la ciencia hasta la filosofía, el teatro y la traducción.

La labor de investigación y recopilación de Clara Janés viene a llenar parte del enorme vacío documental y literario que hay en la poesía en castellano. Esta obra tiene nombres que es casi obligatorio incluir para entender la poesía en español de este tiempo como santa Teresa de Jesús, María de Zayas y Sotomayor y Luisa Sigea, que por escasa difusión de sus obras, era prácticamente imposible encontrarlas en ediciones no especializadas. Las primeras poetisas en lengua castellana nos presenta, junto con una esclarecedora y enriquecedora introducción de la autora, una selección de textos que manifiestan la clara importancia poética y filosófica de las mujeres en España y territorios españoles. En el prefacio de la antología, Janés escribe que la mujer llevaba a cabo su inclinación a las letras desde que se dejó el latín por el romance; a pesar de eso, existían –como no debe sorprender– injustas limitaciones impuestas a las mujeres que tenían el interés de desarrollar su intelecto o expresarse artísticamente. De esto, la ya mencionada María de Zayas y Sotomayor escribía: “¿Por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para las venganzas, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas?”.  Como consecuencia, la escritura femenina tenía momentos de florecimiento cuando coincidía con épocas en las que se favorecía esta inquietud de creación que sentían algunas mujeres.

La entrada al mundo de la literatura de las poetisas que se incluyen en la antología de Janés es, en su mayoría, similar: mujeres que tomaron los hábitos desde jóvenes y se dedicaron a la vida religiosa o damas de alto estamento, hijas de un padre intelectual como es el caso de sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega, Luisa Sigea o Juliana Morell. De la primera, destacan poemas con temáticas religiosas como “El jardín del convento”, texto que evoca imágenes de la naturaleza en su esplendor primaveral con el único propósito de servir a dios: “De tus hermosos labios, / del coral dulce afrente, / su cárdeno color / me muestran las violetas. / Majestuosa siempre / la cándida azucena, / tu bellísimo cuello / venturoso semeja.”

Las temáticas predominantes que abordan las poetisas siguen las inquietudes e intereses de su época; al igual que sus contemporáneos masculinos, ellas escriben ampliamente de la religión, el amor y el desamor, la muerte y el tiempo. Hay hallazgos importantes en la antología, tal es el caso de Juana de Arteaga, de quien se incluye un soneto, imitación de Garcilaso, que vale la pena leer y releer por el melancólico lamento que hace al amado: “Alegres horas de memorias tristes / que, por un breve punto que durastes, / a eterna soledad me condenastes / en pago de un contento que me distes. / Decid: ¿por qué de mí, sin mí, os partistes / sabiendo vos, sin vos, cuál me dejastes? / Y si por do venistes os tornastes, / ¿por qué no al mismo punto que vinistes?”

Uno de los aciertos más notables de la antóloga es la selección de los poemas de cada poetisa. Se debe reconocer que Janés se enfrentó a un corpus amplio de textos de diferentes procedencias, estilos, épocas y calidad. Aunque no todas las poetisas antologadas hayan tenido una producción literaria del tamaño del de sor Juana, por ejemplo, el éxito de Clara Janés recae en que teniendo a escritoras con el corpus literario de sor Juana, santa Teresa o Cristobalina Fernández de Alarcón, haya podido escoger los textos que mejor las representaran como poetas. Los poemas que seleccionó también cumplen con otra función imperativa en una antología de poesía no especializada: no intimidan al lector. Esto es especialmente importante porque leer poesía es un reto para la mayoría de los lectores promedio y leer poesía que se escribió hace varios siglos, aún más. Así, el lector recién iniciado en la poesía castellana de estos siglos puede, con ayuda de las notas biobibliográficas y el prefacio a la nueva edición, recorrer seguramente dos siglos de lírica castellana sin perderse en el intento.

Lo anterior se puede decir de prácticamente todos los poemas seleccionados por Janés menos de uno: Primero sueño de sor Juana Inés de la Cruz. Desde su publicación en 1697 a la fecha, este titánico poema ha representado un reto para todos los lectores, eruditos o no. Aparte del Primero sueño, sor Juana Inés escribió sonetos de amor y desamor, igual que Juana Arteaga, pero casi dos siglos después; en esta antología, Janés incluye diecisiete poemas de la mexicana como “Soneto que contiene una fantasía contenta con amor decente”, que es uno de sus poemas más conocidos y que contiene los famosos versos: “Detente, sombra de mi bien esquivo, / imagen del hechizo que más quiero, / bella ilusión, por quien alegre muero, / dulce ficción, por quien penosa vivo.”

Es pertinente mencionar que los poemas que Janés incluye de santa Teresa tienen una función dual en esta edición, sirven para presentar a una de las escritoras más celebradas de su siglo así como para ser un hilo conductor entre presencias heterogéneas. Con versos como “Vivo ya fuera de mí, / después que muero de amor, / porque vivo en el Señor, que me quiere para sí; cuando el corazón le di/ puso en mí este letrero / que muero porque no muero”, su huella en la arena de la lírica religiosa española es importantísima y su influencia permea por siglos la creación poética de mujeres religiosas. Esto es especialmente notorio en esta antología por la inclusión de textos de algunas carmelitas descalzas así como discípulas directas de Teresa de Jesús como sor María de San José.

Sobre la obra de María de San José, la especialista María del Pilar Manero afirmó que se merece mayor atención de la que hasta ahora se le ha prestado. Este es el caso de la gran mayoría de las poetisas a las que incluye Janés en su antología. De aquí la importancia de esta obra; si bien no va cambiar inmediatamente el canon de la poesía castellana, definitivamente cambiará la idea popular que se tiene de que la escritura femenina es novedad de hace unos siglos y que las mujeres no han aportado a las letras en español. La calidad poética de estas mujeres se ha visto reducida por falta de consideración por parte de literatos y lectores, y han sido (cuando se han mencionado) reducidas a calidad de autoras “menores” o sin relevancia histórica y literaria.

Esta reedición a cargo de Siruela incluye datos biográficos de las escritoras, así como grabados o retratos de las mismas. Es importante notar que la selección de textos hecha por la académica sigue un orden bastante claro y lógico en el que le presenta al lector una muestra de voces diversas en unión. Así, el recorrido que el lector comenzó con Clara Janés en un archivero de la Biblioteca Nacional de España culmina en la Nueva España del siglo XVII con el monumental Primero sueño.

Las primeras poetisas en lengua castellana constituye un pequeño pero definitivo paso en la ampliación del canon de literatura que por años ignoró a autoras importantes. El efecto más importante de este libro es que ha abierto, finalmente, las puertas de la Poesía Castellana a autoras que se han ganado su propio peldaño ahí. Ahora nos toca a nosotros, los lectores, abrir las puertas al diálogo y al estudio de la obra de estas y más poetisas en nuestra lengua.

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