Literatura

Giacomo Leopardi, Las pasiones, Siruela, Madrid, 2013, 200 pp.


Luis Vázquez

Giacomo Leopardi (1798-1837), con su caótica obra monumental Zibaldone, pensieri di varia filosofía e di bella letteratura, legó a los filólogos modernos un arduo reto de más de cuatro mil quinientas páginas. Obra póstuma, de infinitas posibilidades editoriales, constituye un prodigioso conjunto de voces, estilos y temas que abarca diversos intentos inconclusos de trabajos filosóficos, literarios y filológicos, resultado de la lucha entre la espontaneidad del pensamiento a vuelapluma y la realización de un sistema riguroso.

     Comenzado a sus diecinueve años, construido durante toda su vida e inconcluso al momento de su muerte, a los treinta y nueve años, en él Leopardi llevó el registro de sus reflexiones y apenas hay materia que no toque: historia, política, literatura, lingüística, filosofía, psicología, economía, cosmología, etc. Suerte de diario intelectual, el Zibaldone es la íntima enciclopedia fragmentaria de uno de los mayores genios literarios decimonónicos. Precisamente de las páginas del Zibaldone nace el inconcluso Tratado de las pasiones, que ha servido de base a Fabiana Cacciapuoti para la edición de Le Passioni en Italia. Siruela utilizó esa versión para publicar Las Pasiones, traducida al castellano por el poeta y experto en la obra leopardiana, Antonio Colinas.

     En materia temática, la obra enfatiza uno de los aspectos dominantes del pesimismo leopardiano: las pasiones humanas. Para el lector conocedor de las ediciones en castellano del poeta de Recaneti, Las Pasiones no ofrecerá sorpresas, sino tan solo una amplificación de uno de los cuatro ejes temáticos de la edición del Zibaldone publicada por la editorial Gadir (Zibaldone: Naturaleza, Razón, Pasión, Placer, 2010). Mientras que ésta ofrece cuarenta y seis páginas seleccionadas del pensamiento leopardiano referentes a las pasiones humanas, Siruela expone poco más del triple.

     El enfoque de Leopardi sobre las pasiones puede separarse en varias dicotomías: 1) el contraste entre hombres antiguos y hombres modernos; 2) la lucha entre naturaleza y razón; 3) la vida pasional (natural y sensible: vigorizante) y la vida indiferente, pasionalmente mediocre (donde predomina la razón, el tedio y la insensibilidad). Cada fragmento indaga, mediante un lenguaje no siempre claro, sobre una o varias pasiones humanas. Los textos temáticos son independientes entre sí, no hay nexos entre ellos, lo que podría oscurecer aún más la lectura de un lector apresurado.

     La estructura interna de Las Pasiones, así como del Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, es contraria a cualquier orden: es antisistemática, a pesar del sobresaliente afán leopardiano de darle un orden  al Zibaldone y a Las Pasiones. En este sentido, el poeta obedece a la característica típica del genio de querer abarcar todo. Predomina en Las Pasiones la incapacidad de resolución: las ideas de Leopardi viven de acuerdo a la naturaleza y se repiten, se mueven, se contradicen.

     El denominador común es la reflexión pesimista sobre la sensibilidad y el carácter humano. Leopardi pertenece al melancólico círculo de los poetas-filósofos desdichados. Las Pasiones está saturada de la bilis negra (sublime, aplastante) típica de su poesía. En su intento por tratar las pasiones humanas se manifiesta el pathos lúgubre de la vida del poeta. Sufrió males corporales que agudizaron su capacidad de observación y sensibilidad ante las desdichas humanas. Las Pasiones es el manifiesto de esa infelicidad a la que no es exagerado calificar de orgánica.

     La sociedad moderna, plenamente egoísta según el autor, produce pasiones desnaturalizadas y enfermizas, tedios existenciales y padecimientos del cuerpo. El hombre moderno alejado de la naturaleza, a diferencia del hombre antiguo, es incapaz de sentir emociones extraordinarias: las vive con baja intensidad, mediocremente, en forma de máscaras sociales. Incluso el hombre sensible y entusiasmado, al vivir sin halagos sociales, se acostumbra a no interesarse en nada porque ha perdido el amor propio. Desengañado de la experiencia de la vida, se torna egoísta, indiferente, estéril, enfermizo. La sociedad moderna produce caracteres racionales incapaces de exteriorizar la antigua espontaneidad natural. Para Leopardi, incluso el hecho de compadecerse ante una criatura débil y bella que sufre una desdicha implica un origen egoísta: el fuerte se complace secretamente en su superioridad sobre los débiles. A diferencia de los antiguos, que tenían a los dioses y al hado para quejarse de sus desdichas, el hombre moderno no tiene ilusiones sublimes. La Modernidad origina el aburrimiento vital, o sea, el vacío del alma. Los modernos se contentan, dice Leopardi, únicamente con la idea del suicidio como escapatoria del tedio y del odio completo hacia sí mismos.

     Los apuntes de Leopardi sobre el hastío, el miedo, la frustración, la envidia, la resignación, el arrepentimiento, la tristeza y el egoísmo, pero también sobre el amor a la vida, la contemplación, la resistencia, la esperanza, la voluntad, la alegría y la compasión, se antojan el único bálsamo posible de un hombre frente al desengaño, el sufrimiento y la angustia. No menos podía esperarse de quien escribió: “Amargura y tedio / es la vida, no otra cosa, y fango es el mundo” (“A sí mismo”).

 

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