Literatura

Friedrich A. Kittler, La verdad del mundo técnico. Ensayos para una genealogía del presente, Fondo de Cultura Económica, México, 2018, 369 pp.


Sebastián Pineda Buitrago

La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica (1932), el famoso ensayo de Walter Benjamin, y “La pregunta por la técnica” (1954), el también famoso texto de Martin Heidegger, son los precursores de la serie de ensayos reunidos en este libro póstumo de Friedrich A. Kittler (Alemania, 1943-2011).

El impacto de la ensayística de Kittler ha sido tal que en la academia alemana y angloamericana surgen constantes seminarios con el nombre de “Kittler Studies” como sinónimo de “Media Studies” (confróntese en YouTube). Kittler fue alumno de Heidegger en Friburgo, pero no fue heideggeriano; leyó y citó a profundidad tanto a Foucault como a Derrida (con este último hasta publicó un libro en coautoría), pero tampoco fue foucaultiano o derridiano. Kittler encarna la mejor tradición filológica y filosófica renovada por Nietzsche en El nacimiento de la tragedia (1871) y La ciencia jovial (1882), esto es, lo dionisiaco y lo apolíneo, cuya aplicación contemporánea permite explicar la dialéctica entre arte y técnica, entre capitalismo y esquizofrenia, entre feminismo y sexualidad.

Es cierto que el cine y el gramófono y posteriormente la televisión, el estéreo y lo multimedia rompieron el monopolio que desde tiempos inmemoriales había tenido el texto escrito o alfabético. Pero, en lugar de abrazar los “Estudios Culturales” en detrimento de los “Estudios Literarios”, Kittler se apoya en la crítica literaria e histórica para estudiar a profundidad la técnica que hizo posible aquellos inventos. Se despoja de cualquier tono lastimero y hasta echa a un lado el concepto de “humanidades digitales”. Lo suyo no es reflexionar estéril o tristemente sobre la técnica. Por el contrario: a lo apolíneo de la tecnología le añade lo dionisiaco del arte. Repara en que ambos son inconcebibles si no aparecen a la par.

Las vocales de nuestro alfabeto son en sí una nemotécnica tremenda, cuyo origen mitológico Kittler data en la aparición de las sirenas entre los versos 184 y 191 del canto XII de la Odisea de Homero. Ellas le dicen a Ulises que, quien las escucha alegremente, “se va conociendo mil cosas”. Ellas simbolizan las vocales, las musas, de donde se desprende nuestra palabra música. Ulises no quiere que sus marineros oigan a las sirenas, según Kittler, porque ellas saben que él huye del fracaso de la Guerra de Troya y que en sueños lo persiguen voces femeninas de viudas e hijas huérfanas; las sirenas encarnan las cinco vocales que los griegos crearon justamente para poder escribir y reunir los cantos orales y ciegos de Homero. Las cinco vocales siguen siendo los principales signos del tejido textual que rodea nuestro mundo.

Son exquisitas las referencias literarias, científicas y musicales de Kittler. Una novela de Thomas Pynchon, Gravity’s Rainbow (1973), ambientada en la Segunda Guerra Mundial, le sirve para explicar cómo el erotismo jugó un papel clave en la revelación de las bombas V2, las que lanzaban los nazis desde una isla en el Báltico y cuya órbita describía un arcoíris antes de golpear Londres y Amberes entre 1941 y 1944. Las V2 permitieron más tarde los cohetes de combustible líquido que comenzaron a abandonar la atmósfera hacia el espacio exterior, hacia la conquista de la luna y la Vía Láctea.

Kittler rinde un constante homenaje a Alan Turing, el matemático de Cambridge, quien descifró el algoritmo de las comunicaciones nazis y develó la posición de todo un aparato de guerra. A Turing debemos el hardware de la computadora de hoy, con sus miles de transistores en un chip de silicio, capaz de almacenar toda la información conocida y dejar en ridículo las pretensiones de los antiguos “ilustrados” o “intelectuales”. Para Kittler ya no estamos en la Galaxia Gutenberg sino en la Galaxia Turing.

Si la historia de la ciencia es la historia de la guerra y de las grandes corporaciones industriales, ya no hay escritores o autores. Hay sujetos o súbditos de la corporación Microsoft o Apple. Si pensar es pensar quién manda (según Nietzsche y después Foucault), Kittler propone entonces construir una sociología a partir de la arquitectura del chip, es decir, que las reglas gramaticales de la computación sean completamente asequibles, de tal manera que accedamos al hardware del Word sin pagar por este. Pues, para él, el software es fantasmal e inexistente: una manera de hacernos pagar y consumir datos como borregos (sheep y chip suenan idéntico en inglés).

En la medida en que la historia de la técnica es la historia de la guerra, Kittler devela criptografías bélicas y psicodélicas en ciertas canciones de Pink Floyd y de los Beatles. En la batalla submarina de la Segunda Guerra Mundial, en la que el ruido fue decisivo, los ingenieros alemanes inventaron la máquina de carrete magnetofónico, mientras los ingenieros británicos un disco de alta fidelidad, capaz de hacer audible incluso las sutiles diferencias de timbre entre dos submarinos diferentes. Cuando, en 1946, Berlín yacía bombardeado y fraccionado, Berth Jones junto con otros ingenieros de audio de Inglaterra y los Estados Unidos visitaron los laboratorios de guerra del Alto Mando alemán. Hallaron, entre los aparatos tomados como botín, una máquina de grabación de cinta que los nazis habían empleado en la guerra para tratar de descifrar los códigos. Los estudios de Abbey Road, donde los Beatles comenzaron a grabar sus discos, fueron provistos con estas máquinas de cintas magnetofónicas, como la serie BTR. La industria británica comprendió que la tecnología sonora en la detección de submarinos entonces podría aplicarse a usos “pacíficos”. De modo que, para Kittler, la lírica de la posguerra en sentido literal está en una canción de los Beatles, “Yellow Submarine”, “con todos sus efectos de marcha militar y trucos de localizadores de sonido”. Un concierto de pop o de rock, en efecto, controla y calma el lado guerrero, sexual y musical –dionisíaco– de miles de jóvenes alborotados.

La sexualidad y el feminismo explican también numerosos cambios tecnológicos más allá de las teorías o ironías psicoanalíticas. Kittler se remonta hasta el Banquete de Platón para explicar, con Lacan, cómo en las fiestas ocurren cosas que trastocan el orden habitual. Pues en la celebración olímpica por el nacimiento de Afrodita, según relata Diotima en el Banquete, la diosa de la pobreza, Penía, emborrachó de néctar al dios de la abundancia, Poros, para seducirlo y tener de él un hijo. De modo que Eros nació nueve meses después de Afrodita, la surgida de la espuma, más exactamente, la surgida del pene de Urano, cortado y extendido por todas partes por la seducción y las artimañas de Gea. Eros no es mortal ni inmortal: unas veces vive encogido y en la miseria por la naturaleza de su madre, pero otras veces se hincha y florece lleno de abundancia por la naturaleza de su padre. Eros, pues, es el pene. Codificado por el eje del sexo y el placer, el falo se ha asociado simbólicamente con el poder. Este, sin embargo, depende de la “estrategia de la debilidad”. En ningún caso la mujer ha quedado relegada de las grandes conquistas o aventuras. Lo demuestran Penía en el Banquete y las sirenas que asaltan a Ulises en el canto XII de la Odisea. Ellas, las sirenas, le llevan al astuto Ulises bastantes kilómetros.

La lucha entre los dos dioses griegos Dionisio y Apolo es la lucha entre el sonido y la imagentesis (sonido, danza, música) y antítesis (imagen, pintura, escritura) cuya síntesis comenzó a revelarse en la ópera de Wagner (imagen de luz arrojada sobre una pantalla oscura, según dijo Nietzsche en El origen de la tragedia, 9, I, 55) y posteriormente en la pantalla cinematográfica. El cine es la imitación del movimiento y de las imágenes de los sueños, de las formas oníricas. No en vano el psicoanálisis de Freud y la industria del entretenimiento surgieron como correlatos uno del otro.

Para terminar esta reseña, he de decir que cualquier comentario sobre La verdad del mundo técnico se queda corto ante el abanico de interpretaciones que suscita. Es el mejor libro que he leído en mucho tiempo y que continúo releyendo. Oxigena los estudios literarios y culturales de nuestro tiempo. Reta y desafía al mero filólogo y al mero “culturalista” a que se interesen por la divulgación científica y a que abandonen su sitio de confort.

 

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