Literatura

Antonio Ortuño, La vaga ambición, Páginas de Espuma, Madrid, 2017, 120 pp.


Emilio Sánchez Menéndez

¿Qué es un escritor? Para lo mayoría de los mortales, el oficio de la pluma está hermanado con el modelo del hombre bohemio de facciones escuálidas, demacrado a fuerza de pasar hambres y alimentarse a base de cigarrillos, el espíritu maleado por las malas amistades con las cuales frecuenta parques, tugurios, prostíbulos y bibliotecas. Es el prototipo de hombre del cual las madres aconsejan a sus hijas que se alejen, pues amén de no poder mantener a una familia, este tipo de escritor suele no poner reparos a la poligamia y al consumo de vetetúasaberquédroga. El segundo modelo del escritor que se forja en el imaginario colectivo es aquel del hombre de mediana edad, de barba blanca y calvicie prominente, quien suele vivir en casa de su madre acompañado de perros falderos a los cuales saca a caminar tres veces al día, acompañado de un sombrero, una pipa y un bastón. A sabiendas de que este modelo resulta inofensivo para la honra de sus hijas, las madres se ocupan de advertir ahora a sus muchachitos que ningún hombre soltero de mediana edad a quien gusta pasar las tardes enteras departiendo con mocetes sensibles e inclinados a la poesía, puede tener buenas intenciones.

Pero las madres del imaginario colectivo pueden reposar ahora tranquilas. En La vaga ambición Antonio Ortuño nos entrega seis relatos que dinamitan el estereotipo del escritor “a la Baudelaire” o “a la Juan Ramón Jiménez” y que más bien tejen, en una prosa llana y en clave cómica, el día a día de Arturo Murray, un escritor renombrado de nuestros días, quien debe criar a dos niñas pequeñas, mantener a flote un matrimonio, pagar tarjetas de crédito y velar por la salud de su madre. La particularidad de este escritor es que forma parte del selecto club de “escritores de tiempo completo”, es decir, aquellos que no tienen una plaza universitaria, un puesto burocrático en el gobierno o una casa editorial, sino que viven exclusivamente de la pluma y todos sus derivados como becas, concursos literarios, impartición de talleres de novela, lecturas públicas, participación en programas literarios televisivos, hechura de guiones, etc. Narrados en su mayoría en primera persona siguiendo los códigos de los géneros del diario y las memorias, el mayor mérito de estos relatos estriba en permitirnos atisbar con placer voyerista a las tribulaciones de ese full time writer que debe congeniar el cambio de pañales de las niñas con la vida conyugal y las fechas límite para entregar manuscritos.

Con una trayectoria creativa que incluye seis novelas y cuatro libros de relatos, Antonio Ortuño (1976) saltó a la fama en 2010 cuando fue el único mexicano incluido en el listado de mejores escritores jóvenes el lengua española de la prestigiada revista británica Granta; previamente había sido finalista del Premio Herralde de Novela y en 2017 fue ganador del V Premio de narrativa breve Ribera del Duero por la obra que estas líneas reseñan. Al momento de escribir La vaga ambición Ortuño llevaba ya muchos años transitando por los hostiles vericuetos del medio literario y sabía que ningún escritor que se nutra solo a base de Bacardí Blanco o que pase las tardes enteras en amoríos con jovencitos al calor del fuego en un chalet de la montaña, puede alcanzar el éxito. Es por ello que La vaga ambición puede leerse como un manual de supervivencia para el escritor de tiempo completo. Es posible, dictan estos relatos, vivir con dignidad financiera, pagar la hipoteca mensualmente, salir a cenar con la pareja y comer filetes de a quinientos, siempre y cuando se tenga un tesón suicida y se esté dispuesto a echarse de cabeza en un ámbito donde pululan reseñistas hijos de puta, agentes tramposos, funcionarios de la cultura ineptos y reporteros de quinta. La vaga ambición tendría que ser, pues, lectura obligada para todo jovencito que aspire a hacer de la pluma su modo de vida. Si bien no encontrará en la obra de Ortuño consejos estilísticos para escribir grácilmente una novela, a la manera de Cartas a un joven novelista de Vargas Llosa, hallará las pautas para llegar al final de la quincena con algunos pesos en la bolsa, viviendo de la escritura.

Y ahora volvamos al tema de la clave cómica. Hace ya varios lustros que Jorge Ibargüengoitia probó que la mejor herramienta para tirar de su pedestal a un prócer era el humor. A la sazón del estilo del guanajuatense, Ortuño se vale del equívoco y de la farsa para develar que la vida diaria del escritor de tiempo completo está lejos de las alfombras rojas, los flashazos y el glamour que parecen constituir el platillo cotidiano de Xavier Velasco y Juan Villoro, y se aproxima, más bien, a una comedia de los errores constituida por presentaciones de libro caóticas en pueblos rascuaches y programas de televisión improvisados en los cuales presentadores incompetentes convierten al escritor en el hazmerreír de la pantalla. La vida de Arturo Murray parece estar marcada por un hado errático. El relato “El príncipe con mil enemigos”, por ejemplo, comienza:

 

–Maestro: no quiero alarmarlo pero tiene un alacrán caminándole por todo el omóplato.

Con esa frase, tan semejante a su ampulosa poesía erótica, el licenciado Ramón Moctezuma Vélez, director de educación del municipio de Río Bajo, interrumpió mi lectura en la Casa de la Cultura de San Uberto.

Reaccioné con gallardía. En vez de pegar de berridos, al estilo de mi amigo Esteban Gallego cuando lee en voz alta, me limité a dar una ligera sacudida, como si bailara la samba, para que el animal escurriera. Y lo hizo. Pero no sin antes, me temo, hacerme sentir el piquete de su aguijón.

 

Ni Baudelaire ni Juan Ramón Jiménez, Arturo Murray tiene más en común con el K. de El Castillo, el hombre de a pie quien intenta entrar a una fortaleza cuyos propietarios le han contratado para hacer un trabajo del que no sabe su naturaleza. A diferencia de K., Murray no se achica ante un sistema (en este caso, el establishment literario) que parece infranqueable, sino que navega por sus aguas con cándida y ácida placidez. La acidez parece un mecanismo de defensa del narrador que le permite caricaturizar a los personajes del medio literario como esperpentos, constructos que resultan cómicos por lo exagerado de sus defectos. Así, el reportero quien entrevista a Murray en un programa de televisión “era gordo, ceñudo, enfundado en un traje severo de predicador”. En otro programa de televisión al cual acude Murray, el narrador describe a uno de los actores como un tipo quien “andaba convidando cocaína a quien se la pidiera pero luego subió a escena y se puso a llorar por las adicciones de la juventud”. Nuevamente en la línea de Ibargüengoitia, Ortuño no deja títere con cabeza.

Y por último. Todo escritor de tiempo completo tiene una mamá y un papá, a pesar de los cuales, o por los cuales escribe. Tal vez la única parte de La vaga ambición en la cual el narrador abandona la acerba máscara de la farsa para internarse en los vericuetos más dulzones de la novela de aprendizaje es el momento en que construye a los personajes de los progenitores de Murray. De esta construcción emerge un padre ausente, anestesiado en los menesteres afectivos, charlatán profesional quien gusta hacerse pasar por médico entre ricachonas oxigenadas frente a las cuales procura no mostrar la vieja carcacha que constituye su medio de transporte. Y una madre fajada, alejada de su hijo a fuerza de los horarios laborales y de la carencia de pensión alimenticia, escritora soterrada quien invariablemente saca la casta por su vástago y quien le enseña que escribir es “la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivos”. Así se las gasta, Ortuño. Balanceándose cómodamente entre la detracción del ámbito literario y el montaje de un singular mundo íntimo. Como solo los escritores curtidos lo hacen.

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