Literatura

Peter Handke, La tarde de un escritor, Alfaguara, México, 2019, 116 pp.


Mónica Sánchez Fernández

La tarde de un escritor requiere al menos dos lecturas. Una primera, sosegada, bajo la luz de una lámpara. En esta, el lector sigue dócilmente los pasos del flâneur, del paseante que protagoniza esta novela y que podría ser, ¿por qué no?, Peter Handke.

A lo largo de esta ficción, el escritor describe, como “un botánico de las aceras” (Baudelaire dixit), los paisajes que le conducirán a su anhelada periferia: “El cuclillo, las margaritas, el botón de oro y las ortigas muertas vivificaban el rígido armazón del terreno”. Simultáneamente, el lector recrea esa sucesión de imágenes y de sensaciones. Se deja llevar por la aparente linealidad del camino. Sin embargo, una vez que concluye esta novela (breve, lúcida) podría asaltarle la siguiente pregunta: “¿Y ahora?”. Ahora se sugiere una segunda lectura en la que el lector reincidente desbroce el paisaje de palabras y se introduzca en el laberinto de círculos concéntricos que propone el autor.

En el universo libresco de quienes estamos “enfermos de literatura” (El mal de Montano de Enrique Vila-Matas nos ofrece un vademécum del tema), autores y lectores deambulan por la periferia entre soliloquios y cortocircuitos. Se buscan. Según Alberto Manguel: “Leemos nuestras propias vidas y las de otros, leemos las sociedades en que vivimos y aquellas que existen más allá de nuestras fronteras, leemos imágenes y edificios, leemos lo que se encuentra entre las pastas de un libro”. En La tarde de un escritor nos cautiva el vagabundeo de un hombre de letras que se sostiene gracias a sus lecturas. Todas ellas alimentan y configuran su deriva.

“Una tarde de diciembre, a la luz cambiante del ocaso, un escritor, sentado a su mesa de trabajo, decide dar un paseo por el mundo, deambular por patios, plazas y callejuelas, perderse por arrabales y volver a su casa amparado ya en la oscuridad”. La primera lectura se conforma, sin poner reparos, con esta sinopsis de la editorial. La segunda lectura, no. ¿Cómo no menciona siquiera que ese escritor “se sentía amenazado por la pérdida del habla”? ¿Cómo no destapa el hecho de que más que de un escritor nos está hablando de un lector que amalgama sus lecturas con un paisaje interior del que no puede escapar por mucho que vague?

Abramos de nuevo el libro y repitamos la experiencia lectora. En la segunda inmersión en el texto, más lenta, más inquisitiva, nos detenemos en la escueta dedicatoria: “Para F. Scott Fitzgerald”. Es hora de tirar del hilo.

En 1972, en Carta breve para un largo adiós, Peter Handke introduce en su trama a El gran Gatsby. Quince años después, un relato breve del autor estadounidense se convierte en la columna vertebral de La tarde de un escritor. Esta novela se nutre hasta la médula del relato homónimo de Fitzgerald, Afternoon of an Author (1936), magnífico cuento de escritor-busca-la-palabra-precisa, sufre-ante-la-posibilidad-de-enmudecer, sale-de-casa-y-hace-del-paseo-la-solución-a-su-bloqueo.

Merece la pena que nos detengamos en otros textos que recorren la misma vía. Por un lado, Robert Walser y El paseo (1917): “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”.  Por otro, de 1927, Rondar por las calles: una aventura londinense (rescatado, en México, por Luigi Amara en su antología El arte del paseo inglés), de Virginia Woolf. Escrito el mismo año en el que publicó Al faro, este texto, ejemplo de la literatura ambulante de altos vuelos, arranca del siguiente modo: “Quizá nadie, nunca, se haya apasionado por un lápiz. Pero hay circunstancias en las que puede resultar increíblemente deseable contar con uno; momentos en que nos disponemos de hacernos de un objetivo, de una excusa para recorrer medio Londres entre la hora del té y la cena. Así como el cazador de zorros caza para preservar la crianza de zorros, y el golfista juega para que se preserven los espacios a la intemperie de la acción inmobiliaria, cuando nos invade el deseo de vagar por las calles el lápiz se vuelve un buen pretexto”.

La literatura de Handke surca, con inusitada libertad, por un complejo sistema de vasos comunicantes (de correlatos) que se alimentan de voces previas, a las que insufla un nuevo aliento. Pero no es eco, sino urdimbre que mueve sus propios hilos. Si Virginia Woolf encontraba en la búsqueda de un lápiz la excusa perfecta para salir y crear, Handke sentencia: “Lápiz, puente que conduce a casa”.

“Antes de llegar a la puerta del jardín, súbitamente, el escritor dio media vuelta. Fue a la casa, subió corriendo a su cuarto a sustituir una palabra por otra. Solo en ese momento se percató del olor a sudor que desprendía la habitación y vio las ventanas empañadas”. Así termina el primer capítulo de La tarde de un escritor. El segundo comienza completando la escena: “De repente se le quitaron las prisas. De repente la casa entera, a pesar de estar vacía, resultaba cálida y hogareña gracias a una palabra nueva”. ¿Cómo no recordar a Oscar Wilde, otro vagabundo literario, un neurótico de la palabra precisa y de la sintaxis intachable? En De profundis, el irlandés finisecular reconoció su gusto por el paseo: “Me divertía ser un flâneur, un dandy, un personaje mundano”. Pero, al igual que el protagonista de la novela de Handke, Wilde experimentaba una verdadera zozobra cuando descubría “malas hierbas” en su trabajo literario: “Me pasé todo el día trabajando en las pruebas de uno de mis poemas. Por la mañana puse una coma y por la tarde la volví a quitar”.

Oscar Wilde detestaba la incorrección y, con gran ironía, trazó la diferencia entre literatura y periodismo, donde la premura, provocada por la inmediatez, desemboca en una lluvia de patadas a la gramática: “El periodismo es ilegible, la literatura no se lee”. En La tarde de un escritor también se detecta esa animadversión hacia el periodismo: “Como tantas veces, se dijo que al comprar el periódico había cometido su primer error, y se propuso echarle únicamente una hojeada, a ser posible andando, y a continuación dejarlo en la papelera”. En otro párrafo, el periódico le sirve al escritor para cubrirse de la lluvia. Las palabras mojadas, las palabras que se diluyen, o el papel desgajado, no parecen importarle.

Lo que sí le interesa, y mucho, al álter ego de Peter Handke es la crítica literaria: “Algunas veces había descubierto que la crítica también era un arte en sí misma —el hallazgo de un punto cardinal que hiciera justicia al tema, al que también podría llamarse “visión”, y luego el desarrollo minucioso de esa visión al igual que en cualquier otra obra; sin embargo, la regla que predominaba en tales páginas era presentar un esquema completo en el mejor de los casos, y en el peor un juego falso en el que el interés por el tema cedía de inmediato ante unas segundas intenciones clarísimas, y donde en lugar de hacer una crítica, se hacía politiquilla”. (Que nuestro lápiz-teclado nos libre de semejante infamia en las páginas de Criticismo).

¿Qué punto cardinal, qué visión crítica, le hará justicia a La tarde de un escritor? Descubrimos en Peter Handke al lector ávido y al escritor paseante que busca, a la luz de las teorías de Guy Debord, su poética en la psicogeografía urbana. Camina y duda; crea. “Su vida de escritor, con responder en todo a sus sueños, él la veía como algo provisional: todo lo definitivo le resultaba, desde hacía mucho, inquietante”. No hay paseo sin deriva y sin azar. Tampoco lo hay sin el deseo de vislumbrar la periferia (“la guarida”). ¿Comparten pretensiones el paseo y la literatura? Sí.

“¡La de frutos que hay en las lindes del bosque, en cambio la gente los busca en el centro, que es donde no hay nada!”, nos dice al final de La tarde de un escritor ese misterioso traductor, que optó por el silencio y que, por tanto, renunció a su obra personal.  En la última linde de esta novela se encuentra otra cita. En este caso, tomada de Torcuato Tasso, una obra teatral de Goethe: “… todo está ahí, y yo no soy nada”. ¿Nada?

“¿Qué quería decir ‘obra’ ”? —se pregunta el narrador de nuestra historia—. Una obra era algo en que el material casi no era nada y el ensamblaje casi todo”. Peter Handke, gran lector de Goethe y de Walter Benjamin, entre otros muchos, se debate entre la previsión agorera de Benjamin (“el arte de narrar está llegando a su fin”) y la búsqueda de salida, a pesar del agotamiento de la experiencia. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, pronunció: “En mi infancia, cuando llegaba el momento y cuando el tiempo lo permitía, mi madre me contaba, una y otra vez, acerca de personas de la aldea (…): no historias, sino narraciones cortas. Eso sonaba, al menos para mis oídos, como ‘acontecimientos únicos’, para usar la frase de Goethe”. O dicho con otras palabras (suyas también extraídas de El cielo de Berlín): “Y si alguna vez la humanidad pierde su narrador, al mismo tiempo habrá perdido su infancia”.

P.D: Una queja contra Alfaguara México: ¿por qué en la reedición de, al menos, cuatro obras de Peter Handke han puesto idéntico reclamo comercial en la faja del libro? Han rodeado La tarde de un escritor, El miedo del portero al penalty, El chino del dolor y El momento de la sensación verdadera con un mismo y machacón eslogan: “La novela más emblemática del Premio Nobel de Literatura”. ¿En serio? ¿Las cuatro? ¿Falta de imaginación? ¿Falta de presupuesto? ¿O el reino del mercado haciendo de las suyas sin respeto alguno a la obra del autor y a la inteligencia de sus lectores?

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