Literatura

Rossella Di Paolo, La silla en el mar, Peisa, Lima, 2016, 88 pp.


Isaac Magaña Gcantón

Rossella Di Paolo (1960), una poeta peruana nacida en Lima, publica, en 2016, un libro de poemas que se titula La silla en el mar. Di Paolo, sin embargo, no es ninguna primeriza y La silla en el mar no es tampoco su primer libro. Di Paolo ha publicado antes cuatro poemarios, por lo que esta es la quinta de sus producciones. Aquí una cronología: Pruebas de galera (1985), Continuidad de los cuadros (1988), Piel alzada (1993), Tablillas de San Lázaro (2001), La silla en el mar (2016). Ninguno de estos libros —dicho sea de paso— de más de cien páginas; entre todos, alrededor de trescientas. Algo que sin duda me tienta a reformular la primera línea de este texto para mejor decir: Rossella Di Paolo es poeta —una poeta que publica poco— y tras poco más de treinta años de carrera apenas ha terminado el quinto de sus poemarios.

Pero habría que avanzar con tiento: que si bien lo anterior es descriptivo, es, sin embargo, impreciso. Porque habría que decir, quizá, para quienes no están familiarizados con el trabajo de Di Paolo, que detrás de esa obra breve, cocinada a fuego lento, hay una razón de ser; quiero decir, convicciones claras, un proyecto (a la data, con frecuencia, se le escapan estas cosas). Por ello es igualmente preciso apuntar que La silla en el mar es, además de, sí, el quinto de los poemarios de Di Paolo, la poética que organiza el resto de una obra que, por el modo en que vuelve siempre a los mismos temas para no obstante echar luces sobre callejones desconocidos de la interioridad y lo público, y el particular modo de hacer sorpresivo cada uno sus cierres, ha alcanzado ya un tono que la distingue de cualquier otra obra latinoamericana contemporánea.

Pero vayamos al libro, que en él se encuentran algunas de las claves para entender, por ejemplo, los porqués de la brevedad de su proyecto, o dicho de un modo más preciso, el porqué entre Tablillas de San Lázaro —memorable piedra que nos recuerda que es el dolor, a pesar de todo, también perfectible— y La silla en el mar —novedoso montaje de los personajes de Bartleby, el escribiente y Moby Dick como continuidades con temperamentos afines—  media una brecha de quince años. Y es que en “Densa / silla / abierta / detiene / el mar / la tierra / las estrellas”, acaso ángulo del libro, se encuentra algo más que un poema: la clave de lectura de toda su obra. Una silla, quizá de playa, quizá de plástico, con las patitas temblorosas pinchadas en la arena, detiene y modifica el curso del mar, y con ello, también, el de la tierra y las estrellas. Lo que vale para decir que, contra las producciones grandilocuentes que se presentan como posmodernas y suscriben las efímeras modas académicas, Di Paolo arriesga un poemario de unidad clásica cuyo gesto no está en la supuesta irreverencia o en las formas desesperadamente novedosas, sino en la pertinencia con la que vuelve a los autores del pasado —en este caso, a Hermann Melville— para desafiar las tecnocracias y acentuadas vanidades de la contemporaneidad.

Porque ante todo, La silla en el mar es una oda a la improductividad —a lo estéril e insuficiente— que, ojo, no es la misma del burgués que se posa en una silla porque tiene seguridad y una renta ya ganada. No, la de aquí es el gesto de individuos con una rutina y un horario, que trabajan porque se lo demanda la precisión de su sustento y que, por tanto, ponen la vida al ruedo. La voz, aquí, es la del hombre de oficina, el pescador, que lanza los dados y se presenta al trabajo para, denodado, asumiendo las consecuencias, no hacer nada. Una postura, un gesto, la salud: “No soy el esclavo del señor de cierta edad / espinas el pecho o babas / no se hará en mí según su palabra / babas babas / no se hará en mí el verbo carne de acción / no serviré oh no serviré para nada”. Lo que para nada es una declaración menor: si Jacques Rancière está en lo cierto cuando dice que lo político no es sino la construcción de un espacio en el que la experiencia y las posibilidades de acción han sido democratizadas para otras subjetividades, la operación de Di Paolo es un gesto revolucionario que colectiviza la acción mínima: la piedra en el zapato que deviene montículo de grava. De allá que cuando dice “los buenos bartlebys para nada / no hacen nada / con alivio de la historia / con más alivios de clips y folios / maestros en la gracia difícil / de mirarse fijos fijamente / sobre una mesa fija / en un pie / uno / solo”, La silla del mar está dando un banderazo de guerra, un llamado a todos los buenos bartlebys que tengan la disposición de incomodar el sistema haciendo de lo inoperable su ritmo; en el camino, la introspección de lo esquivo. La utopía, dice Theodor Adorno, no se encuentra en lo predecible, sino en la efectividad de acertar un puñetazo desde la esquina impensada. Acaso, para ser combativo, el poema habrá de incumplir con las expectativas. Sólo así, al lector interrumpirá su transparente inercia, la experiencia homogeneizada. Un poema, se dirá. Sí. Pero también todo esto: un acto combativo contra la mecanización de la vida.

Más que el panfleto y el himno —efectivos en su momento para colectivizar las varias voces— la poesía de Di Paolo se hace memorable desde las singularidades de la experiencia personal. El dolor y el tedio, la frustración de no pertenecer o ser ignorado, sentimientos descarnadamente presentes en los versos de La silla en el mar, hacen surcos en el camino para visibilizar sensibilidades sepultadas por el creciente prestigio de la velocidad y el éxito. Siendo fiel a la lírica y sin pretensiones de hacerse entender como contemporánea, la poesía de Di Paolo se afirma, con este libro, como una voz urgente que nos modifica el tiempo y pone el dedo sobre llagas mentidamente cicatrizadas y comprendidas. Hay libros y hay obras —ha dicho Martín Kohan recientemente— que un día terminamos y ahí quedan; hay otras, sin embargo, a las que un día entramos y no salimos nunca. Acaso Rossella Di Paolo pertenece al segundo grupo.

 

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